Si hubiera un ranquin mundial de puntería en el manejo de conflictos, Colombia ostentaría el primer lugar. La Operación Jaque ha sido un rescate impecable, sin antecedentes en la historia de los secuestros. La demostración con prueba de ADN de que el niño Emanuel sí era él mismo, los comprometedores archivos almacenados en los computadores del extinto Reyes y numerosos ejemplos de exactitud en acciones de inteligencia de la fuerza pública, afirman el enorme progreso del país en el campo de la investigación para la seguridad. La contundencia probatoria de las imágenes sobre campamentos de las Farc en Venezuela, exhibidas en la OEA, confirma esa capacidad descrestadora de dar en el blanco sin necesidad de disparar.
A propósito, la serie televisiva Operación Jaque (discutible por los desajustes del elenco actoral) revive momentos emocionantes de la historia reciente. Y acaba de salir el libro Objetivo 4 , del pertinaz periodista investigador Germán Castro Caicedo. No es ficción. Es realidad pura y dura. Ofrece cuatro relatos de suspenso (los leí sin tregua), demostrativos del talento, la constancia y el valor al servicio de la integridad vital de los colombianos. A esta obra, con todo y la calidad narrativa del autor, poco le falta para compararla con las novelas de John le Carré, escritor paradigmático del espionaje y la aventura.
No se diga más que somos subdesarrollados en materia de inteligencia estatal. Puede suceder que no siempre atine, que a veces se haya utilizado de modo cuestionable (en relación con interceptaciones telefónicas subrepticias e ilegales), que se frustren indagaciones graves por fallas del servicio, filtraciones imprudentes o boicoteos y sabotajes. Pero hay evidencias prominentes, como las citadas, de una ganancia notoria y progresiva (que debería extenderse a la seguridad urbana) que redunda en beneficio de la seriedad, la credibilidad y la respetabilidad nacional e internacional.
Por eso me parece tan disparatada la pretensión de establecer simetría entre la diplomacia colombiana y la del vecino incomodísimo, que ha tenido que limitarse siempre a replicar con ultrajes, rompimientos y disparos verbales con escopeta de regadera. En cuantas situaciones de tensión se han desencadenado, Colombia ha apelado a argumentos, datos, pruebas y respuestas incontrastables. Las tecnologías informática y audiovisual y hasta la genética (con lo del niño Emanuel) le han atribuido una consistencia si se quiere científica a la estrategia defensiva de nuestro país. La astucia, la imaginación, la inventiva, la audacia para encarar tremendos riesgos y, claro está, una dosis de buena estrella (así en algunas ocasiones haya habido descalabros fatales), caracterizan incontables operativos que deben ser justipreciados por la gente. La inteligencia colombiana, en fin, aplicada ahora a la diplomacia, es de admirable puntería. Lo otro es puntería sin la ene.
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