Comenzó este 2012 con escaladas guerrilleras en diversos puntos del país.
Preocupa el arreciar de la subversión en zonas en donde las políticas de Seguridad Democrática estaban demostrando sostenibilidad y eficacia.
En Chocó y Risaralda las guerrillas "intentan fortalecerse y recuperarse" denuncia la misma inteligencia militar.
Pero allí no terminan esos pronósticos pesimistas. Hechos dolorosos de los últimos días contradicen las mismas palabras presidenciales cuando sostienen que no se ha bajado la guardia frente a la subversión.
Cerca de Popayán, cerro de Santa Ana, las Farc cañonearon el radar y las antenas de la Aerocivil. En ocho horas de candeleo constante, mataron al comandante de la guarnición que velaba por la seguridad.
En La Guajira, cerca de la frontera con Venezuela, en donde Chávez nombra como Ministro de Defensa a un aliado de las guerrillas, ante el extraño silencio del gobierno colombiano, es atacada una unidad del Ejército, murió un soldado.
En Toledo, Antioquia, una patrulla del mismo Ejército es acosada con explosivos, dejando como saldo un soldado asesinado.
Y sigamos con este rosario, que parece interminable, de hechos tan dolorosos como delictuosos: diez municipios en Antioquia tuvieron un drástico racionamiento de energía eléctrica por la voladura de una torre conductora del fluido eléctrico.
Luego, también en este departamento, un contingente de la guerrilla irrumpió en cercanías de Mutatá, entrada a la zona de Urabá, para asesinar a varias personas, sindicadas de pertenecer a peligrosos contingentes delincuenciales. Parecería que a falta de presencia de Estado, grupos situados por fuera de la ley aplicaran sus propias normas, vale decir "ajusticiamientos".
En Acandí, Chocó, bandas criminales lanzaron fuego de metralla contra la policía.
En el Meta, la subversión atacó una caravana de 16 camiones cisternas con petróleo. Cilindros bomba y cargas de fusilería detonaron contra esos vehículos, en medio del pánico colectivo.
En Puerto Concordia, Meta, la subversión sitió por varias horas la estación de la Policía, matando a algunos uniformados.
En Toribío, Cauca, con bien dotados morteros, la guerrilla -y ya se pierde el número de los frentes de las Farc- acosaron el comando de la policía.
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Coincidencialmente se presenta esta escalada contra la Seguridad Nacional, con la decisión del gobierno Santos, -¿acaso con el fin de mortificar a su antiguo patrón?- de declararse víctima del engaño en el proceso que se adelanta sobre las falsas desmovilizaciones paramilitares. ¿Será que con esa discutida actitud -como lo cree Álvaro Uribe- se estaría incurriendo en un "apresuramiento, un prejuzgamiento y una presión" a la justicia? ¿Está ya dando los primeros pasos Uribe Vélez para ser definitivamente cabeza de un partido de oposición?
Además, mientras en el orden público hay asomos de deterioro, el presidente Santos se regodea con las buenas cifras que muestran los índices económicos, no así todos los sociales. Optimismo que lo lleva a declarar que está tan bien conducido el país, que ya solo se habla del chamán que impidió las lluvias torrenciales en su posesión.
Ojalá vuelva Santos a recurrir a este pintoresco personaje a ver si calma el resurgimiento de las tormentosas escaladas guerrilleras, ahora soliviantadas por el protagonismo del ministro y general venezolano Henry Rangel Silva, no solo el eje central de la conexión Chávez-guerrilla, sino el hombre de confianza del nuevo mejor amigo del presidente colombiano.
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