Estación Reconocimiento, que podría tener un espejo, una báscula, un metro para medir anchos y alturas y las fotos de otros para ver que somos una especie con variaciones sobre el mismo modelo: dos ojos que miran, una nariz, una boca (que además de servir para comer tiene como oficio comunicar), dos orejas, pelo, dos manos y dos piernas (para que el cuerpo pueda ejercer sus conductas) y una piel débil en variedad de tonos.
Y en ese saber quiénes somos (en cuestión de figura y límites), también es necesario enterarse de dónde estamos y qué historia nos persigue. Porque, como decía Hörderlin, donde comenzamos permanecemos y nadie sale de la ciudad porque siempre cargamos con ella, con sus calles y aproximaciones, con sus exclusiones y sueños, como bien anota en su poema (la ciudad) Constantino Kavafis. Así que reconocernos es volvernos a conocer. O ver en lo que vamos.
Por los días de La fiesta del libro, el escritor (o poeta) Jairo Osorio Gómez (a quien le debemos que buena parte de la historia de nuestra ciudad haya salido de nuevo a flote), me regaló su último texto: En Medellín tocábamos el cielo.
El primer capítulo me lo leí mientras se iniciaba una conferencia sobre un libro de cocina. Los demás tomando tinto (y con el perdón de tanto aviso que hay por ahí) fumando, ya sabemos lo desobedientes que somos en las urbes. Quizá porque las pequeñas desobediencias (las de los que van al médico, los casados, los que dicen creer en D’s, los que tienen carro, los que compran contrabando, etc.) sea una aventura.
Las grandes desobediencias, como está estipulado y no sé si pactado, son delincuencia. Pero lo que viene al caso es el libro de Jairo Osorio Gómez, que se abre y de inmediato aparece Medellín en forma de andar poético, crítica y fotografía.
Porque un libro sobre una ciudad, antes que un análisis, es una vivencia. Y una definición de los espacios y las gentes, del pasado y el presente. Y la definición que más me gustó es la que dice que en Medellín todos somos montañeros: soperos, supersticiosos, quejones, exagerados, chismosos, mirones, depredadores del espacio y la memoria. Y convencidos de que con saber poco se está sabiendo mucho, asunto que se aplica peligrosamente en las ideas de la industria, el comercio y el Estado. Lo que da como resultado la ciudad que tenemos, a la que a veces hay que mirar cerrando los ojos y aplicando aquello de que los tiempos pasados fueron menos malos porque al menos se pueden cantar y, si es del caso, bailar. De todas maneras, el libro me situó en un espacio, una semicultura y una nostalgia.
Acotación: De Jairo Osorio he leído un bello libro sobre Lisboa, otro que narra a Niquitao (hablo de libros de ciudad) y este (promovido por el fondo editorial Unaula) que, como dice Jaime Jaramillo Escobar, es la obsesión de un enamorado de la ciudad. Un enamorado, pero no embobado, diría yo, que una cosa es querer y otra estar enyerbado.
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