Estaba un poco deprimido el padre Nicanor. Se le nota en los ojos. Tristones, agrisado el verde de las pupilas y por allá, en la trastienda de la mirada, una mustiedad desleída, angustiante.
-Qué le pasa, padre Nicanor. Mire cómo está de bello el día, un paréntesis de sol en medio de las lluvias.
-Es el paisaje interior, el de la sociedad y las personas, el que me acongoja, hijo. Me ahoga la falta de tolerancia que se percibe en este ambiente enrarecido de las radicalizaciones.
-Yo pienso, tío, que es el precio que pagamos por nuestro tradicional maniqueísmo.
-Eso es. Somos maniqueos. Irremediablemente.
-Tiene usted razón, padre. Rendimos culto al doble principio. El bien y el mal. Aquí los buenos, allá los malos.
-Esa malsana tendencia a excomulgar, a anatematizar, a condenar a las tinieblas exteriores. En moral, en arte, en literatura, en política, en religión, en la vida social. Nadie escapa.
-No es ya la crítica, el disenso, sino la mirada inquisitorial.
-Sí. Uno no "es" simplemente. Tiene que ser "esto o aquello". Y lo peor es que si a uno no lo pueden clasificar como a una cosa de museo, no sirve. A la sociedad no le importa qué es uno, sino de qué lado está, según unos criterios establecidos intocables, con unas categorías en las que uno tiene que caber o no es nadie.
-Me gusta oírlo así, tío. Está usted rebelde, como un muchacho.
-Ojalá, hijo mío. Lo mío no es rebeldía de muchacho, sino desilusión de viejo. También te va a llegar a ti.
-Pero no se deprima, padre Nicanor. Tampoco es su culpa.
-No sentirse culpable es una típica actitud maniquea. Todos somos culpables de asumir la triste misión de ser archiveros de la vida, asesinos de la novedad, del estremecimiento creador, de la originalidad.
-Ser o no ser, tío. Esa es la consigna: se es o no se es, ¿cierto?
-En una sociedad intolerante, maniquea, no hay lugar para los matices. Lo marcan a uno en la frente, como a las reses en el anca. Bueno o malo. Santo o pecador. Bruto o inteligente. Católico o ateo. De derecha o de izquierda. Triunfador o fracasado. Cada uno con su ficha, con su nomenclatura, con sus datos y señales. Si no le cuadra lo establecido es un bicho raro.
-¡Qué tristeza, tío! Me gusta ver cómo va cogiendo usted el tono de la oratoria sin solemnidades que caracterizó sus sermones cuando era sacerdote activo y se arriesgaba a los baculazos.
-Qué peligro la intolerancia, muchacho. Y allá, al frente del rebaño, los pontífices del maniqueísmo ideológico, o del maniqueísmo político, o del maniqueísmo moral, con sus cencerros de trillados conceptos, arrastrando la grey. Usted por aquí; usted por allá. Cuidado con el lobo. Cuidado con los verdes pastos. No beber el agua de la fuente que corre al lado. No mirar en torno. Todos en fila.
Padre Nicanor, me perdona, pero a ratos usted también se radicaliza, ¿no cree?
-Gracias por decírmelo, hijo. Ese es el problema de una sociedad invadida por la intolerancia: que todos nos contagiamos y acabamos volviéndonos maniqueos para condenar a los maniqueos, y fanatizándonos a la hora de atacar a los fanáticos.
-Digamos que es una buena conclusión.
-Mejor, claro, que todo lo demás que hemos conversado. Tú me jalas de la lengua y me haces decir boberías. El hablar es siempre un mal consejero. La sabiduría está en el silencio. El saber callar es el mejor antídoto contra la intolerancia, contra el maniqueísmo. Que Dios, que es Silencio (como decía Fernando González) nos tenga de su mano.
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