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Un año más, un olvido menos

Una joven, que hace parte del grupo de Pioneros, en la propuesta de interacción que abrimos con nuestros lectores en el campo de la opinión, reflexiona sobre los balances de fin de año y la importancia de "la memoria" para dar sentido a muchos de los hechos sucedidos.

  • Un año más, un olvido menos | Archivo |
    Un año más, un olvido menos | Archivo |
03 de enero de 2011
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De no ser por esta cultura del nombre en que se haya inmersa nuestra historia, la falta de testigos a la hora de la muerte no pasaría de ser un suceso más de cuanto nos sucede -y no me refiero solo aquella muerte de la carne y la piel, sino una mucho más trágica: la del olvido-. Esa privación implica infortunio y desgracia pues es como si nunca hubiese existido y las conspicuas o atroces obras de la humanidad no tendrían eco en las generaciones por venir? ¿Qué es la memoria si no un eterno presente en el cual subyace la imperante necesidad de ser recordados, nombrados y reconocidos?

En este sentido, la memoria cobra un especial interés en el análisis del año que termina, en los balances que suelen ser tan prolijos por estos días en diversos temas y sectores, y en los espaldarazos o vuelta de espaldas que se han recibido por cuenta de los resultados respectivos. Que sea este el momento para repensar nuestra idea de "ser humano" en función de nuestra necesidad de recordar continuamente -y no solo con motivo de un año más que termina- la historia que nos antecedió, de tal forma que gestemos de manera constante un proceso de transmisión de experiencia y valores, por el bien nuestro y el de quienes nos sucederán.

La memoria es portadora de sentido, no intenta resolver los problemas, sino provocar que como seres humanos nos enfrentemos a las cuestiones fundamentales de nuestra existencia. Gracias a ella, vivimos el pasado en el presente, comprendemos que el pasado sigue abierto, que no ha concluido. Por la memoria, somos oyentes de las voces excluidas de la historia. Por la memoria somos lectores, receptivos y responsables, de nuestros actos, de lo que debemos repetir y lo que debemos prevenir.

Evitemos ser esos hombres y mujeres contemporáneos escépticos, consumistas, individualistas y facilistas. Abramos la puerta a la necesidad de recordar nuestro pasado de manera persistente y responsable para "limpiar" nuestra conciencia en una época donde el olvido pareciera ser el título de mayor demanda en el colectivo que habitamos.

Vislumbremos propuestas humanísticas que rescaten valores fundamentales del naufragio a que han sido arrojados como producto del olvido de fenómenos sociales, culturales, políticos e ideológicos. Como muy bien lo describe Ernesto Sábato en su libro La resistencia , "?hay algo que no falla y es la convicción de que -únicamente- los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana".

Aboguemos por un reencuentro con el otro por medio del rescate de una particularidad humana cuya debacle han forzado la globalización y la tecnología: el diálogo. Él nos permite unir nuestra condición humana en torno a la memoria y a la comunicación de valores que, como la dignidad y la libertad, merecen ser perennes, eternos.

De aquí la importancia de abordar los balances de este fin de año desde una conciencia vidente y realista de lo que deberemos ser y hacer gracias a lo que fuimos e hicimos vinculando siempre la memoria a una visión de justicia y dignidad.

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