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Un cable fatigado, a mejor vida

LOS 4,1 KILÓMETROS del hilo de acero que sube a Santo Domingo Savio, tienen corazón de plástico. Se cambian por primera vez desde que el metrocable inició operaciones hace siete años.

  • Un cable fatigado, a mejor vida | Donaldo Zuluaga | Una labor dispendiosa es la desmontada del cable usado de las pilonas para empalmarlo con el nuevo, que se fabrica en Francia, bajo pedido, con un año de anticipación. Al cumplir su vida útil se debe cambiar para seguridad de los usuarios.
    Un cable fatigado, a mejor vida | Donaldo Zuluaga | Una labor dispendiosa es la desmontada del cable usado de las pilonas para empalmarlo con el nuevo, que se fabrica en Francia, bajo pedido, con un año de anticipación. Al cumplir su vida útil se debe cambiar para seguridad de los usuarios.
30 de marzo de 2011
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La gente mira con asombro esa rueda gigante que descansa en la base de la pendiente y desde la cual ya se desprende un cable grueso, tan fino como para jalar barcos, en el que penderán sus vidas en los próximos siete años.

Abajo, a pocos metros se encuentra la estación Acevedo; arriba, casi en la cima, se divisa la de Santo Domingo Savio, cuyos habitantes del entorno están obligados a caminar o a regresar al bus, porque estarán 15 días sin metrocable.

La razón fue todo un descubrimiento para Romelia Castaño, una mujer que vive hace 34 años en la zona, quien ayer salió a atender su venta semanal de jaleas. "Cómo que no hay cable, eso afecta porque nos sirve mucho", alcanzó a expresar mientras le decían que el servicio se suspendió por mantenimiento.

Aunque cada año los usuarios están habituados a esta tarea, la actual es más novedosa por ser la primera vez que se hace el cambio total del cable desde que el sistema inició operaciones hace siete años.

Es inevitable que curioseen o conversen con el grupo de 50 hombres (entre ingenieros y operarios), que ya extendieron unos 500 metros del cable nuevo en la cuesta de la calle 107, hoy el eje comercial de Andalucía, el Popular y Santo Domingo.

Tal vez les inquieta la prolongada suspensión, pero es que además de las pruebas de carga y control del sistema, y del cambio de algunas piezas por desgaste, esta vez se renuevan todos los 4.100 metros que tiene el cable.

¿Pero cómo se cambia el viejo por el nuevo? El ingeniero Ricardo Cano, jefe de Operación de Cables Aéreos del metro, precisa que en sitios específicos de la pendiente se localizan los equipos necesarios para extender el cable: un sistema de frenado y un malacate para jalar.

Y sólo observarlo impacta: su diámetro es de 50,5 milímetros, igual al que se va a cambiar, aunque parece más grueso por el uso.

Está hecho en acero inoxidable, con alma sintética (componente plástico), que le permite que tenga cierta flexibilidad porque en servicio hace una especie de vaivén.

¿Y cómo es el montaje? Primero se hace un descableado: bajar el usado de las pilonas y llevarlo al piso. Luego, desde la bobina o carreta portante se extiende una parte considerable sobre pequeños módulos para hacer la "retenida" de los dos cables.

Es decir, se hace un empalme entre el viejo y el nuevo, de modo que mientras se retira uno se monta otro. La tarea consiste en jalar loma arriba con un malacate, mientras que el viejo se baja con poleas.

Tanto al inicio como al final de la extensión del cable por el piso, se realizan dos retenidas que permiten mantener la tensión suficiente para jalarlo. "Tiene que estar tensionado a través del freno", dice Cano.

¡Y qué cable! El ingeniero sostiene que "es muy robusto", tanto que un solo metro pesa 10 kilos. Por eso se requieren varios hombres para apenas levantarlo.

Todo su diámetro lo conforman 6 torones o cables más pequeños, y cada uno, a su vez, está compuesto por 31 hilos de acero.

Habrá un momento en que aquellos torones, los viejos y los nuevos, se van a entrelazar en el suelo cuando se desenvuelva toda la bobina.

Entonces el sistema empezará a jalar los 4,1 kilómetros para "izarlos" en las pilonas hasta empalmar nuevo con nuevo. Y no cualquier empalme, pues se necesita un "abrazo" de 60 metros de los torones para garantizar el agarre entre las puntas.

Mientras transcurre el cierre, en la Panadería Andalucía, Martha Mejía tiene el rostro pintado de plenitud. "Aquí aumentaron las ventas, hay más gente que baja a pie a la estación y comprar más parvita".

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