En escasas 24 horas, los venezolanos pasaron del afán de conocer los resultados electorales del domingo a la incertidumbre de aceptarlos tal como se dieron.
El estrecho margen de diferencia entre los dos candidatos presidenciales, Nicolás Maduro y Henrique Capriles, con escasos 1,9 puntos y poco más de 262 mil votos en favor del primero, somete a Venezuela a la más peligrosa polarización política; y al ganador, a una ingobernabilidad de consecuencias aún impredecibles.
En semejante escenario, tanto Maduro como Capriles caminan con tacón de hierro sobre un largo cordón detonante que puede explotar en cualquier momento en las ya tensas calles de Venezuela, donde la crispación espera el momento de romper las frágiles filas de la tolerancia y el respeto por la democracia.
No ayuda para nada, ni antes ni ahora, el opaco papel que viene desempeñando la autoridad electoral, el Consejo Nacional (CNE). Impregnado de dudas y no pocas muestras de imparcialidad política, el CNE proclamó de inmediato como Presidente a Maduro, pese a las peticiones de la oposición y de buena parte de la comunidad internacional de realizar un recuento, uno a uno, de los votos físicos que sustenten los resultados electrónicos que dio a conocer el CNE.
¿Por qué esa premura del CNE de Venezuela de reconocer un triunfo que el propio ganador estaba dispuesto a revisar? ¿Será que la autoridad electoral hizo el trabajo con antelación sin prever lo dramático del cambio que venía?
Si alguien debe ofrecer ahora todas las garantías de transparencia y legalidad de los comicios es el CNE. Una salida en falso, Dios no lo quiera, podría ser la chispa que encienda la bomba de tiempo sobre la que está Venezuela.
Lo dramático de las cifras, lo exiguo de la diferencia, lo trascendental para el futuro de Venezuela, hace más necesario tener la cabeza fría. No sólo en el ámbito interno, sino dentro del vecindario y entre la comunidad internacional a la hora de celebrar o de viciar los resultados.
Ahora más que nunca debe primar la prudencia, que no la apatía y la complicidad ante los graves problemas que vive Venezuela, dadas las consecuencias que tendrá la forma como se resuelva esta difícil situación.
Aun aceptando como ciertos los resultados electorales entregados por el CNE, el futuro de Venezuela está hoy más comprometido que antes. El país ha quedado dividido quirúrgicamente en dos partes antagónicas y con graves heridas institucionales, tan peligrosas como latentes.
No es fácil saber qué hubiera sido mejor para los venezolanos.
Si un aplastante triunfo del chavismo y con él la prolongación de un modelo económico insostenible y dictatorial; o el cambio de rumbo, con una oposición todavía sin consistencia y visión de futuro, atrapada por añadidura en una telaraña de corrupción, ineficiencia y costosa burocracia que dejan 14 años de "revolución bolivariana".
La ecuación está sin resolver. El chavismo perdió ganando, y la oposición ganó perdiendo. El denominador común, empero, es que los venezolanos siguen atrapados en la incertidumbre que no se resuelve ni en las urnas, porque el mecanismo electoral que diseñó el propio régimen chavista está hecho para confundir, y no para promover el voto libre y transparente.
La estabilidad de Venezuela no sólo está en manos de Maduro y de Capriles, sino de todos y cada uno de los venezolanos que, como ellos dos, caminan sobre cordón detonante.
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