El panorama reciente de la economía mundial es ciertamente inquietante: ante la necesidad de una combinación compleja de políticas, que aúne estímulos fiscales de corto plazo y ajustes drásticos en el mediano y largo plazo, las economías avanzadas parecen vacilantes e indecisas.
En Estados Unidos, los partidos políticos tradicionales no logran anteponer los intereses nacionales a los intereses partidistas en la antesala de un proceso electoral que se antoja desde ya duro y desgastante. Como consecuencia de ello, la confianza de consumidores e inversionistas se deteriora aún más, y se torna lejana la perspectiva de una vigorosa recuperación del gasto privado, que dinamice la creación de empleos y aleje los fantasmas de una nueva recesión.
En la zona Euro, por su parte, la dificultad de establecer de manera rápida nuevos acuerdos institucionales, que garanticen una mayor coordinación de las políticas fiscales de los miembros de la zona y distribuyan adecuadamente las cargas de los rescates necesarios, limita la posibilidad de implementar esquemas creíbles de respaldo a los países en dificultades.
Ello no sólo genera riesgos de fracaso de los procesos de rescate, sino que también eleva los incentivos que países como Grecia tienen, para ensayar un eventual retiro de la zona, que combinando la devaluación de la moneda propia reimplantada con alguna forma de cesación de pagos, ofrezca alternativas a los electores desesperados, que se resisten a admitir un retroceso en el Estado de bienestar característico de las sociedades europeas. En ambos casos, se pone en riesgo el sistema financiero europeo, que se vería severamente golpeado por cualquier forma de cesación de pagos, haciendo aterradoramente cercano el riesgo de una nueva crisis financiera, de consecuencia impredecibles.
Por último, las mayores economías emergentes enfrentan dilemas complejos de política económica, porque avizoran simultáneamente riesgos de inflación y probables desaceleraciones en el ritmo de actividad económica, lo que hace incierto su crecimiento y limita su papel como motor alternativo de la economía mundial en tiempos de crisis.
¿Cómo puede una economía emergente pequeña como la nuestra, estar preparada para los tiempos difíciles que parecen avecinarse? No será posible, sin duda, evitar fuertes coletazos de la crisis, en caso de que las economías desarrolladas se vean abocadas a una nueva recesión. Como ya lo mostró la recesión de 2008-2009, las economías emergentes, aunque mantienen un nivel de crecimiento superior al de las economías desarrolladas, no están desacopladas de éstas (ver gráfico adjunto).
Pero sin duda, niveles moderados de endeudamiento, y resultados fiscales positivos o levemente negativos, son un activo invaluable para enfrentar la crisis.
En efecto, ha sido la combinación de altos niveles de endeudamiento con saldos negativos en las cuentas públicas, lo que ha puesto en duda la capacidad de algunos países desarrollados de pagar su deuda, y en consecuencia, lo que ha limitado su acceso a los mercados financieros, obligando a ajustes draconianos en sus economías. Tanto Grecia, como Portugal e Irlanda, presentan endeudamientos superiores al ciento por ciento del PIB (buena parte con el exterior) y déficits primarios, como lo ilustra la tabla.
Colombia, por su parte, presenta un endeudamiento público bruto del 43.4 por ciento en marzo de 2011, de la cual el 12.1 por ciento es deuda externa. Y cerró el año 2010 con un resultado primario negativo del 0.1 por ciento del PIB. Estas cifras, junto con el esquema de tasa de cambio flexible, que permite absorber choques externos a través del sistema de precios, son una buena presentación para una economía emergente, y una condición para que los efectos de una eventual recesión mundial sobre la economía sean los más moderados posibles. Además, dejan un pequeño margen de acción para practicar políticas contra-cíclicas, lo que resulta sin duda conveniente, dadas las complejas circunstancias por las que atraviesa el mundo.
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