El Papa Francisco vino, vio y convenció. Su viaje de esta semana a Brasil comprobó que sus palabras se hacen carne y que sus mensajes van más allá de los modismos para convertirse en palpable realidad de una Iglesia que parece haber encontrado en el Sumo Pontífice el camino de regreso a su esencia.
La esencia de un hombre sin artilugios, con el ejemplo como credo y con la humildad como instrumento de cambio.
No han sido los millones de jóvenes y los centenares de adultos de todo el mundo los que se han puesto de pie ante el Papa, sino él a los pies de su pueblo. Tal vez por eso, pero no sólo por eso, es posible asegurar que estamos ante un hecho elocuente y real: la Iglesia ha encontrado en Francisco el mejor traductor de esa nueva evangelización y en los jóvenes sus nuevos e inmejorables intérpretes.
Sólo que no basta con ello. Se han sembrado semillas para el cambio, pero el camino está lleno de espinas. Si algo se le reconoce al Papa Francisco es no crear falsas expectativas, pero sí dar ejemplo.
Y lo sucedido esta semana en Río de Janeiro, a lo largo, ancho y movedizo de las playas de Copacabana, demuestra que América Latina no es sólo el "Continente de la Esperanza", sino que el Sumo Pontífice es la imagen joven de la Iglesia.
Los testimonios vivos de quienes han estado cerca al Papa, los que no tanto y, sobre todo, de los que lo hemos escuchado en la distancia son prueba de que estamos ante un ser humano extraordinario, humilde, sensible, valiente y sincero.
Su ya habitual "recen por mí" no es otra cosa que la petición de un líder consciente de sus limitaciones y de la necesidad de sacar a la Iglesia de los altares y ponerla de pie ante sus feligreses, so pena de que "se convierta en una ONG", como él mismo lo pronunció ante cientos de jóvenes argentinos que lo aclamaron en Río de Janeiro.
Es cierto que el Papa Francisco estuvo sólo en Brasil, pero su energía, carisma y don de gente se esparcieron por todas partes. Fue imposible no sentirnos sobrecogidos durante muchos momentos: su paseo entre la multitud por las calles de Río desafiando su propia seguridad; su visita al santuario de la Virgen de Aparecida; su encuentro con los jóvenes en Copacabana; su mensaje de esperanza a los habitantes de la favela de Varghina y el perdón a los presos con los que se encontró en el palacio arzobispal de Río.
Ha sido una semana intensa, pero llena de emociones y sentimientos.
La periferia ha visto y oído al Papa, y su mensaje será parte del incienso que impregne el nuevo despertar de la Iglesia, una iglesia viva y vigorosa, llena de obstáculos y de amenazas, pero hoy más que nunca dispuesta a hacer posible el sueño de la paz y la justicia social como escudos contra el afán desaforado del dinero fácil, el poder sin límites, la promiscuidad y las drogas.
Todo queda por hacerse, pero esta Jornada Mundial de la Juventud, que concluye mañana, deja semillas fértiles para seguir en la tarea interminable de volver a Dios y permanecer en Él, "pero no a través de imágenes y adoraciones, sino ayudando al otro, al pobre, en especial a los niños y a los ancianos", como lo proclamó el Papa Francisco.
Lo que sí es evidente después de este viaje es que el mensaje más directo del Papa lo envió a la propia Iglesia, no con palabras, sino con su ejemplo: hay que salir a las calles, untarse de pueblo y servir a los más pobres.
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