Solo las tragedias ponen a Haití en el mapa informativo global. Terremotos, huracanes o hambrunas y, ahora, una epidemia de cólera han golpeado sin piedad a una población que vive de despojos en una situación dramática desde hace demasiado tiempo. Permítanme que recuerde de nuevo que el país más pobre del hemisferio norte fue considerado en sus orígenes un ejemplo para el continente al ser la segunda nación, tras EE. UU., en independizarse. Poco les duró la alegría a los haitianos, que primero tuvieron que arruinarse para vencer la marginación mundial por atreverse a fundar la primera república negra y antiesclavista del mundo (con base en compensaciones a la metrópoli francesa) y luego han dilapidado en luchas internas el potencial del tercio occidental de La Hispaniola. A razón de un golpe de Estado cada 6,5 años, Haití ha vivido 32 asonadas en 200 años. No es de extrañar que, con ese nivel de conflictividad, un 76% de los haitianos subsistiera hasta el terremoto de enero pasado con menos de dos dólares diarios (el 55% solo tenía uno en sus bolsillos). Tampoco que la mitad del presupuesto procediera de la financiación internacional a pesar de que fue fuente de la riqueza de Francia durante el siglo XVIII.
Las imágenes de mujeres y niños agonizando desnudos en las calles ante la indiferencia de sus vecinos demuestran lo que vale la vida en un país devastado. Una nación donde la población desata su ira sobre los cascos azules nepalíes de la ONU (culpables, según algunos políticos que a buen seguro viven a cuerpo de rey, de propagar la enfermedad) o sobre las sacerdotisas de vudú en vez de pedir responsabilidades a sus gobernantes.
Es cierto que en Haití no había casos de cólera desde hace 100 años. Sin embargo, las condiciones eran ya óptimas para su propagación antes incluso del terremoto del que se cumplirá pronto un año. Entonces, solo el 12% de la población disponía de agua corriente y tratada, y un escaso 17% vivía en unas condiciones higiénicas adecuadas. Un país sin alcantarillado, en el que las aguas de las lluvias torrenciales todo lo inundan, y donde la gente vive hacinada y defeca donde puede, es un caldo de cultivo ideal para extender una pandemia que comenzó hace 49 años en Indonesia.
La mayoría de los más de 2.500 fallecidos por el brote trabajaban en arrozales inundados en la región de Artibonite y habían bebido agua no tratada del río. El 78% solía defecar al aire libre. Es imposible pues determinar quién originó el primer caso.
Si el cólera o cualquier otro mal tuviera que elegir un país para vivir, elegiría Haití y, en concreto, las pestilentes calles de Puerto Príncipe, un gran basurero rodeado de aguas podridas, de políticos corrompidos hasta el tuétano y de un sistema enfermo, como han demostrado otra vez los recientes resultados electorales.
Por eso, ha llegado la hora de actuar. Ahora que la retirada de Afganistán tiene fecha de salida, propongo a Naciones Unidas que apruebe de urgencia un Plan Marshall para Haití apoyado únicamente por la mitad de las tropas que regresen de territorio afgano. Un plan millonario para construir una red de alcantarillado, para levantar escuelas y hospitales, para encauzar el agua de las lluvias y reconducir un país agonizante saqueado por una élite sin compasión. Si la fortuna empleada en Afganistán en estos tiempos de crisis mayúscula merecía la pena bajo la máxima de que los talibanes representan un riesgo para el mundo, imaginen la amenaza que comporta un país entero infectado de cólera. No podemos poner en cuarentena una nación para esperar a que muera.
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