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HISTÓRICO
Un recuerdo de Silvia Galvis
  • Juan José Hoyos |
    Juan José Hoyos |
Juan José Hoyos | Publicado el 17 de abril de 2010

No soy capaz de imaginar a Silvia muerta. Tal vez no he podido sobreponerme al duelo. La siento viva en mi memoria, la siento viva cuando la leo. Tampoco soy capaz de imaginarla llorando. La primera imagen que tuve de ella fue la que se formó en mi mente leyendo sus artículos implacables, y luego sus novelas y sus crónicas. Las demás imágenes son como las de un portarretratos.

Viendo sus fotos, me impresionaban su belleza y su melancolía. Pero sobre todo sus ojeras. Sufre de insomnio, pensé, cuando la vi cara a cara, sin maquillajes, por primera vez. También pensé: sufre de tristeza. De sufrimiento. Fue en una casa en Bogotá, demasiado grande, demasiado sola. Su cuerpo parecía frágil, pero era resistente, como si hubiera sido hecho con un metal ultraliviano. Tenía la misma cara de las fotos. Sin embargo, cuando escuché su voz sentí que era de una sola pieza, indoblegable, como las mujeres de Santander, su tierra. Después de conversar con ella durante un par de horas tuve la impresión de que en esa casa no había nadie más. Ni siquiera un perrito.

Esa noche me contó varias historias sobre lo que nosotros llamamos La Violencia, como si habláramos de las guerras civiles del siglo XIX. Me dijo que uno de sus recuerdos infantiles era más o menos así: estaba metida debajo de una cama, escondida de los godos con su madre y sus hermanas. Así los llamó siempre. En su memoria, oía gritos, rezos en voz alta y disparos. No podía distinguir las inacabables guerras civiles del siglo XIX de nuestras tristes guerras del XX.

Nuestro siguiente encuentro fue con su segundo esposo, Alberto Donadio. Él era mi amigo desde los años en que trabajamos juntos en El Tiempo . Silvia y él se habían casado hacía poco. Estaban felices. Charlamos largo rato en "O Sole mío", un restaurante de Bogotá donde Alberto siempre comía spaghettis, yo alguna carne preparada con hierbas al estilo del sur de Italia, y ella casi nada. Se alimentaba como un pájaro, pero comía prójimo y sobre todo políticos como si fuera la redactora estrella de una revista de farándula.

Luego nos encontramos en Bucaramanga, la tierra de su familia. Había aceptado dirigir Vanguardia Liberal. Por esa época, estaban de moda las bombas contra los periódicos por cuenta de la guerra de los narcotraficantes contra el Estado y contra el Tratado de extradición de colombianos a Estados Unidos. Al periódico fundado por su padre, Alejandro Galvis, le pusieron una que destruyó buena parte del edificio.

Los demás recuerdos que tengo de ella son como postales de un álbum: Largas caminatas de noche por las calles de Bucaramanga. La luz de su cuarto encendida, casi hasta la madrugada: era una lectora febril. Conversaciones de horas y horas sobre los libros que estaba leyendo. Horas interminables en los sótanos del Ministerio de Relaciones Exteriores, con guantes de cirugía, una mascarilla y gafas, como una médica en una sala de operaciones, abriendo costales llenos de documentos. Era tal vez la primera vez que un periodista entraba a ese sótano buscando documentos de nuestra historia diplomática. Ella, que era alérgica al polvo. Trabajaba en su libro "Colombia nazi".

Después de su retiro de la revista Cambio y del periódico El Espectador , donde escribió algunas de sus mejores columnas, mis diálogos con ella fueron cada vez más escasos. Me enteraba de algunas cosas de su vida por las noticias que me traían los amigos. Por ejemplo, que estaba escribiendo su libro sobre " Los García Márquez ". O acabando " Soledad ".

La última vez que la vi fue en una de sus escasas visitas a Medellín. No le gustaban algunos recuerdos que tal vez le revivían estas montañas. Poco después me contaron que ya viajaba muy poco. Cada año, iba a su casa en Canadá. Era una casa que amaba y que pintó con sus propias manos. Visitaba a alguna amiga suya, como la historiadora Aída Martínez de Carreño, quien estaba enferma de cáncer y vivía en un pueblo de la Sabana. A veces, jugaba tenis. Y leía y escribía todo el tiempo. Su muerte fue una sorpresa difícil de aceptar. El día que murió en Bucaramanga, la editorial Planeta estaba imprimiendo su último libro. Sé que sufrió mucho al final de su vida por causa de una rara enfermedad, con la que luchó día tras día con el mismo valor con que se enfrentó a su oficio de periodista y escritora, pero no soy capaz de imaginar a Silvia llorando. Y todavía sigo sintiéndome incapaz de imaginarla muerta.