x

Pico y Placa Medellín

viernes

3 y 4 

3 y 4

Pico y Placa Medellín

jueves

0 y 2 

0 y 2

Pico y Placa Medellín

miercoles

1 y 8 

1 y 8

Pico y Placa Medellín

martes

5 y 7  

5 y 7

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

6 y 9  

6 y 9

Suscríbete Suscríbete

Una carta desde los montes

  • Juan José Hoyos | Juan José Hoyos
    Juan José Hoyos | Juan José Hoyos
10 de abril de 2010
bookmark

Hace unos años escribí una crónica sobre la historia de un viejo campesino que sembraba árboles. La leí en un bello libro del escritor francés Jean Giono. Él la escribió cuando ya era viejo para responder a una pregunta que le hizo una revista de su país: ¿cuál era la persona más extraordinaria que había conocido en su vida? Enseguida, Giono recordó a un campesino de Provenza, su pueblo. Lo había conocido caminando por los campos cuando tenía 18 años. Se llamaba Elzéard. Vivía en una región de páramos secos donde sólo crecían algunos arbustos. El hombre tenía los bolsillos llenos de bellotas. Cada cierto trecho, clavaba su barra en la tierra, enterraba una bellota y luego la tapaba con tierra. Estaba plantando encinas. Giono le preguntó si la tierra era suya. Él dijo que no. Le preguntó si sabía quiénes eran sus dueños. Él dijo que no. Suponía que era una tierra comunal pero dijo que no estaba interesado en conocer los propietarios. Y siguió plantando bellotas.

Cinco años más tarde, cuando acabó la guerra, el escritor volvió a su pueblo. El paisaje parecía igual, pero más allá de las casas de las afueras del pueblo había un bosque de oteros. Pensó que el campesino había muerto. En poco tiempo vio que no. Estaba vivo, y ni siquiera se había enterado de la guerra. Las encinas que había plantado ya eran más altas que él. Había un bosque de más de 10 kilómetros de largo. Corría agua por algunos lechos de quebradas que antes estaban secos. Por todas partes brotaban los sauces, la hierba, las flores, la vida.

Unos días después de escribir la crónica, me llegó una carta en la que alguien me decía que la historia había sido inventada por Jean Giono, y que Elzéard, el campesino que plantaba encinas, no existía. Yo, en principio, me negué a creerlo. Pensaba que era imposible inventar un personaje así. Agobiado por las dudas y con un poco de tristeza fui a la biblioteca de la Universidad de Antioquia y busqué una biografía de Giono. Respiré con alivio cuando al final del libro hallé esta versión de la historia: cuando era niño y lo llevaba a pasear por el campo los domingos, su padre, antes de salir, llenaba de bellotas sus bolsillos y luego las iba plantando en la tierra a medida que caminaban. Con el paso de los años, los campos que rodeaban el pueblo se fueron poblando de encinas.

Esa misma semana recibí una carta escrita a mano por un campesino de Caracolí, una de las antiguas estaciones del Ferrocarril de Antioquia en la ruta Medellín - Puerto Berrío. El remitente sólo puso en la parte superior del sobre, como única dirección: "Lista de Correos. Caracolí, Antioquia". La carta era hermosa. Decía que la historia del hombre que sembraba árboles era verdadera, pero que yo estaba equivocado porque él no había vivido en Provenza, Francia, sino en las montañas de Caracolí. Que su padre lo había conocido. Como prueba citó de memoria unas coplas que le había escuchado recitar a su abuelo cuando él era niño. Las coplas contaban la historia de un loco que sembraba árboles a diestra y siniestra por los montes que habían arrasado los hacheros para abrir claros en las selvas, vender la madera y luego sembrar pastos. La gente del pueblo decía que el hombre estaba loco porque no se preocupaba si las tierras en las que sembraba los árboles eran suyas, o de algún familiar. A él, como a Elzéard, no le importaba quiénes eran los propietarios. "Serán de nuestros hijos", decía cuando alguien se atrevía a preguntarle para quién los sembraba.

Anduve con la carta en el bolsillo durante varios días. Luego, no sé dónde, la perdí. Esta es una confesión tal vez un poco desusada: amo a Jean Giono y a su padre; también a Elzéard, el campesino de las bellotas, así me hayan dicho que no existe; amo al loco que plantaba árboles en los montes de Caracolí? Y le doy las gracias al campesino que me escribió la carta y me contó su historia. Él hace parte de la gente que llevo en el corazón. Dicen que una historia existe porque la escribe un autor. Yo pienso que las historias empiezan su verdadera vida cuando las lee un lector. Es un diálogo misterioso que uno entabla con gente de la que no ve su cara ni sabe su nombre. Son los lectores desconocidos a los que casi nunca puede uno contestarles aunque quisiera darles un abrazo. Ellos le dan sentido a mi oficio y a mi vida.

Te puede interesar

¿Buscando trabajo?
Crea y registra tu hoja de vida.

Las más leídas

Te recomendamos

Utilidad para la vida

Regístrate al newsletter

PROCESANDO TU SOLICITUD