Hace dos semanas, en un fallo histórico, un tribunal de Estados Unidos condenó a una compañía petrolera a indemnizar a una familia por los problemas de salud provocados por la explotación de uno de sus yacimientos usando la nueva técnica del fracking.
Desde 2008, padres e hijos empezaron a sentir migrañas y a sufrir vómitos, erupciones en la piel, hemorragias y fiebres. Luego de ir al hospital muchas veces y de someterse a exámenes de toxicología, los médicos encontraron que en su sangre había una veintena de químicos usados en la explotación de petróleo y gas mediante la técnica del fracking.
La primera vez que oí hablar del fracking -o fracturación hidráulica- fue en un documental presentado por la cadena de televisión HBO. La cámara mostraba las calles de un pueblo de California que parecía abandonado. Las puertas de las casas estaban selladas y por todas partes había letreros que decían: "Propiedad privada. Prohibido el paso". Los periodistas se demoraron mucho rato para encontrar alguien que les abriera una puerta. Era una pareja de campesinos que se habían resistido a abandonar su casa.
En un comienzo no entendí quién los estaba echando de allí en un país donde las leyes defienden la propiedad privada como uno de los valores más sagrados de la sociedad. El campesino abrió una llave de agua y acercó al chorro un fósforo encendido. Enseguida brotó una llama que se elevó casi hasta el techo. Luego, explicó que todas las fuentes de agua del pueblo estaban contaminadas de petróleo y gas en varios kilómetros a la redonda.
Solo entonces comprendí su tragedia. Una compañía petrolera había hallado en el subsuelo un yacimiento de gas de esquisto, un hidrocarburo que se encuentra atrapado en rocas sedimentarias de granos muy finos. Para liberarlo, es necesario fracturar las rocas inyectando agua a alta presión acompañada de arena y agentes químicos que permiten que el hidrocarburo fluya hacia la superficie.
Por supuesto que el petróleo fluye a la superficie, pero las petroleras inyectan al subsuelo, además de agua, un coctel de agentes químicos cuyos nombres no revelan, y entre los cuales está el benceno y 12 sustancias más que alteran el equilibrio hormonal, provocan vómitos, asma, hemorragias, alergias cutáneas y fiebres y pueden causar infertilidad y cáncer. Y además, se apoderan del agua. Las petroleras ofrecen a la gente comprar su tierra pero hasta el momento ninguna empresa ha aceptado su responsabilidad en los trastornos de salud de la gente ni en el desastre ambiental que causan.
Aunque la existencia de estos hidrocarburos escondidos en las rocas es conocida desde hace mucho tiempo, hasta 1990 no se había desarrollado la tecnología necesaria para extraerlos. Gracias al fracking, hoy la producción de gas y petróleo en EE. UU. se ha disparado. Se estima que cada año se perforan 25.000 nuevos pozos. En 2012, la producción de crudo no convencional alcanzó el 15 % de la producción total de EE. UU. Hoy más de 15 millones de estadounidenses viven a una distancia inferior a un kilómetro y medio de un pozo de extracción de los que usan el fracking.
La meta del gobierno es no depender más del petróleo extranjero en poco más de una década. Y lo está logrando. Pero ¿a qué costo? Las primeras protestas ya han estallado en California. Caleen Sisk, una líder espiritual de una tribu, dijo en una de ellas: "Si envenenan el agua y las montañas, nosotros no tenemos otro lugar adónde podamos ir. Esta tierra es nuestra tierra y nuestros hijos no pueden respirar gas ni beber dólares".
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