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Ya no estamos en Kansas

  • Rodrigo Botero Montoya | Rodrigo Botero Montoya
    Rodrigo Botero Montoya | Rodrigo Botero Montoya
13 de octubre de 2010
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Con la célebre frase de la película El Mago de Oz ("Toto, I've a feeling we're not in Kansas anymore"). reacciona Dorothy, interpretada por Judy Garland, al descubrir que un tifón la ha transportado con su perrito a un mundo encantado.

Algo similar puede afirmarse con respecto a la actual situación financiera internacional. Estados Unidos está devaluando el dólar. Por razones de polarización partidista, el gobierno norteamericano ha quedado sin la opción de utilizar la política fiscal para estimular la actividad económica y reducir el desempleo. La Reserva Federal, que mantiene la tasa de interés de intervención cercana a cero, ha anunciado su voluntad de adoptar una postura monetaria aún más expansiva, bajo el esquema de 'quantitative easing'.

Devaluar el dólar favorece el interés nacional de Estados Unidos, en el sentido más restringido, por tres razones:

1. Por ser el único país del mundo cuya deuda externa está denominada en su propia moneda, es una manera (poco ortodoxa, por cierto) de licuar su deuda.

2. Contribuye a promover las exportaciones norteamericanas.

3. Sin necesidad de hacer explícita una retaliación contra la política mercantilista de la China, le asesta un golpe al valor de las reservas internacionales de esa nación que, en parte considerable, están denominadas en dólares.

Pero, además de ser la moneda de Estados Unidos, el dólar es la principal moneda de reserva internacional. Cuando la autoridad que emite dicha moneda se propone debilitarla en forma deliberada, puede afirmarse, sin recurrir a la hipérbole, que las ceteris han dejado de ser paribus.

Si, como parece ser el caso, Washington ha resuelto dejar de lado su responsabilidad hacia el resto del mundo, enfrentamos una situación inusitada para la cual no existe un precedente cercano (un referente remoto podría ser la decisión del presidente Franklin Roosevelt de abandonar el patrón oro, durante la Gran Depresión de los años treinta). Sea eso como fuere, para un país semiindustrializado de tamaño mediano, las formas convencionales de concebir la interacción con la comunidad financiera internacional se han vuelto menos relevantes.

Las siguientes reflexiones parten de la premisa que, en lo que concierne al manejo de la política cambiaria, estamos entrando a un territorio desconocido, desprovistos de un mapa confiable y sin la posibilidad de acudir a un guía experimentado. La autoridad que debía impedir las devaluaciones competitivas entre los países miembros es el Fondo Monetario Internacional. Pero el margen de acción del FMI es casi inexistente cuando los grandes infractores incluyen a una potencia económica y a su principal accionista.

Las economías emergentes que inspiran confianza a los inversionistas van a verse abocadas a enfrentar un torrente no deseado de flujos de capital externo. Para contrarrestar el efecto desestabilizador de un tsunami financiero, va a ser necesario acudir a instrumentos de política económica distintos de los tradicionales. El exceso de liquidez internacional, que resulta de las decisiones descoordinadas de la Reserva Federal, el Banco del Japón y el Banco Central Europeo, amenaza con infligir daños colaterales a terceros países. Como afirmaba Abraham Lincoln en otro contexto histórico, 'Por ser nueva nuestra situación, tenemos que pensar de nuevo y actuar de una manera novedosa'.

La mejoría en los términos de intercambio de Colombia tiende a revaluar la moneda nacional. Pero la magnitud del fortalecimiento del peso, y la velocidad a la cual ha tenido lugar, son inconvenientes. Representan un serio peligro para las exportaciones no-tradicionales, en particular para las exportaciones de manufacturas intensivas en uso de mano de obra. Se hace indispensable defender el proceso de industrialización y el nivel de empleo en el sector exportador.

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