La madrugada se rompió a golpes de fuego en La Guaira. Mientras muchos dormían, la Avenida Soublette y los barrios cercanos al puerto se convirtieron en escenario de una ofensiva aérea estadounidense que dejó civiles muertos, heridos y comunidades enteras marcadas por el miedo.
En Catia La Mar, al oeste del aeropuerto de Caracas, uno de los impactos alcanzó un edificio residencial de tres pisos. La explosión arrancó una pared exterior y sepultó la calma doméstica.
Allí murió Rosa González, una mujer mayor, según confirmó su familia. Otra persona quedó gravemente herida.
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En el mismo inmueble, una residente relató que el estallido la alcanzó de frente y estuvo a punto de perder un ojo. Jorge, un hombre de 70 años que prefirió no revelar su apellido, resumió el saldo personal de la noche en una frase seca: lo perdió todo.
Más hacia el puerto, el estruendo se sintió como un temblor. “Veía la bengala que llegaba y la explosión”, cuenta Alpidio Lovera, vecino del barrio Bolívar, en La Guaira.
El puerto y el aeropuerto, dos de los puntos neurálgicos del país, fueron blanco de los ataques que, horas después, el gobierno de Estados Unidos vinculó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro.
Al menos dos proyectiles cayeron sobre depósitos y contenedores en los muelles, a menos de 100 metros de zonas residenciales. Algunos contenedores quedaron destrozados; otros seguían humeando entrada la tarde.
12 horas después, bomberos y trabajadores portuarios aún removían escombros con una excavadora. Policías en moto, armados con fusiles, patrullaban el área para evitar saqueos, mientras curiosos grababan con sus celulares las rejas retorcidas y el concreto abierto por la onda expansiva.
El suelo quedó cubierto de vidrios y fragmentos metálicos lanzados a decenas de metros. La fuerza del impacto también alcanzó edificios públicos frente al mar y arrancó techos de zinc de casas antiguas en calles traseras.
“Nos activamos todos y sacamos a la gente de la comunidad para el cerro”, relata Alpidio, de 47 años, con la voz aún tensa. Su esposa está embarazada. “Si llega a caer un misil de esos aquí, no queda nada”.
Los ataques sobre el Puerto de La Guaira formaron parte del despliegue militar ejecutado por Estados Unidos durante la madrugada del sábado 3 de enero.
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Videos difundidos en redes sociales y reportes locales mostraron llamas en sectores de la infraestructura portuaria y daños visibles en una zona que, hasta esa noche, era solo tránsito, trabajo y mar. Desde entonces, La Guaira despierta con la resaca del estruendo y la certeza de que la guerra, aunque breve, pasó por sus casas.
12 horas después, bomberos y trabajadores portuarios aún removían escombros con una excavadora. Policías en moto, armados con fusiles, patrullaban el área para evitar saqueos, mientras curiosos grababan con sus celulares las rejas retorcidas y el concreto abierto por la onda expansiva.
El suelo quedó cubierto de vidrios y fragmentos metálicos lanzados a decenas de metros. La fuerza del impacto también alcanzó edificios públicos frente al mar y arrancó techos de zinc de casas antiguas en calles traseras.
“Nos activamos todos y sacamos a la gente de la comunidad para el cerro”, relata Alpidio, de 47 años, con la voz aún tensa. Su esposa está embarazada. “Si llega a caer un misil de esos aquí, no queda nada”.
Los ataques sobre el Puerto de La Guaira formaron parte del despliegue militar ejecutado por Estados Unidos durante la madrugada del sábado 3 de enero.
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“Traumático”: así fue la pesadilla en La Guaira
“Traumático”: así fue la pesadilla en La Guaira
La hermana de Alpidio, Linda Unamuno, de 39 años y con tres décadas en el barrio, estalla en llanto al evocar su noche de pesadilla: “A las dos de la mañana se escuchó el primer sonido. Salí a buscar a mi hija” de 11 años, en la habitación vecina.
“La onda expansiva rompió todo el techo de mi casa. Me arrinconé para proteger a mi hija. Realmente se escuchó el estruendo. No sabía qué es lo que estaba pasando. Pensé que el cerro se estaba cayendo”, dice, 26 años después de la tragedia de Vargas, un gigantesco deslizamiento de tierra que causó más de 10.000 muertos en esta zona.
“Cuando salí, fue que vi lo que estaba pasando. Hasta hace un ratico estaba llorando. Es traumático. No se lo deseo a nadie, de verdad”, solloza.
La hermana de Alpidio, Linda Unamuno, de 39 años y con tres décadas en el barrio, estalla en llanto al evocar su noche de pesadilla: “A las dos de la mañana se escuchó el primer sonido. Salí a buscar a mi hija” de 11 años, en la habitación vecina.
“La onda expansiva rompió todo el techo de mi casa. Me arrinconé para proteger a mi hija. Realmente se escuchó el estruendo. No sabía qué es lo que estaba pasando. Pensé que el cerro se estaba cayendo”, dice, 26 años después de la tragedia de Vargas, un gigantesco deslizamiento de tierra que causó más de 10.000 muertos en esta zona.
“Cuando salí, fue que vi lo que estaba pasando. Hasta hace un ratico estaba llorando. Es traumático. No se lo deseo a nadie, de verdad”, solloza.
“Está mal hecho lo que hicieron. Muy mal hecho. Muy mal hecho. Porque si ellos querían hacer lo que iban a hacer, lo hubieran hecho de otra forma. No asustarnos así como nos asustaron”, concluye.
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Un vecino, Alirio Elista, de 68 años, cuyo tanque de agua se rompió, asiente: “Hay que vivirlo para saber. La gente que dice que la invasión es la solución no sabe de qué hablan. Hay que encontrar una solución pacifica”.
“Ni Maduro ni tampoco María Corina (Machado), quiero una persona honesta que quiera el país”, agrega.
Recuerda los tiempos del boom petrolero, cuando el crudo corría a raudales. “Hoy en día gano 130 bolívares (unos 42 centavos de dólar) de pensión. No alcanza para nada. Pasamos hambre. Esto no va a tener solución de un día para otro, va a tardar 15 años para resolverse”.
“Está mal hecho lo que hicieron. Muy mal hecho. Muy mal hecho. Porque si ellos querían hacer lo que iban a hacer, lo hubieran hecho de otra forma. No asustarnos así como nos asustaron”, concluye.
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Un vecino, Alirio Elista, de 68 años, cuyo tanque de agua se rompió, asiente: “Hay que vivirlo para saber. La gente que dice que la invasión es la solución no sabe de qué hablan. Hay que encontrar una solución pacifica”.
“Ni Maduro ni tampoco María Corina (Machado), quiero una persona honesta que quiera el país”, agrega.
Recuerda los tiempos del boom petrolero, cuando el crudo corría a raudales. “Hoy en día gano 130 bolívares (unos 42 centavos de dólar) de pensión. No alcanza para nada. Pasamos hambre. Esto no va a tener solución de un día para otro, va a tardar 15 años para resolverse”.