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Primer septiembre con cero huracanes en el Atlántico en décadas: el Super Niño hace historia

Con la presencia de El Super Niño y otros factores atmosféricos, la temporada de huracanes en el Atlántico y el Caribe sufrió alteraciones que pueden ser una mala señal para próximas temporadas de ciclones.

  • Durante el mes de septiembre de 2026 se formaron 8 tormentas, sin embargo, ninguna alcanzó a ser huracán. Foto: AFP
    Durante el mes de septiembre de 2026 se formaron 8 tormentas, sin embargo, ninguna alcanzó a ser huracán. Foto: AFP
hace 3 horas
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Una calma poco habitual se instaló en el océano Atlántico al terminar septiembre de 2026: por primera vez en más de tres décadas, el mes cerró sin que se formara un solo huracán. Un hecho de estas características no ocurría desde 1994 y apenas se ha registrado en cinco ocasiones desde que comenzaron los monitoreos sistemáticos de la actividad ciclónica.

La anomalía resulta aún más llamativa porque septiembre suele marcar el punto máximo de la temporada de huracanes en el Atlántico. Es el periodo en el que, climatológicamente, las condiciones favorecen con mayor frecuencia que las tormentas tropicales evolucionen hasta convertirse en huracanes, un escenario que cada año mantiene en alerta a autoridades ambientales y organismos de socorro y prevención de desastres.

Pero 2026 rompió ese patrón. Septiembre terminó sin un solo huracán, algo que, además de este año, solo había ocurrido en 1950, 1962, 1972 y 1994.

La ausencia de huracanes también llevó a superar uno de los registros más recientes de la temporada: el de la fecha más tardía para la formación del primer huracán. Hasta ahora, ese récord lo compartían 2002 y 2013, cuando el primer ciclón de categoría de huracán apareció el 11 de septiembre.

La pregunta, entonces, es qué está frenando a las tormentas en un océano que, en principio, todavía reúne uno de los ingredientes fundamentales para alimentar estos sistemas: agua suficientemente cálida. Tormentas como Arthur, Bertha, Cristobal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo y Hanna se formaron durante la temporada, pero ninguna consiguió desarrollar los vientos necesarios para convertirse en huracán.

Una de las explicaciones señaladas por los científicos apunta a un fenómeno climático extraordinario: el llamado Super Niño. Su influencia ha modificado la circulación atmosférica a escala planetaria y ha alterado la distribución de las masas de agua cálida. Aunque en distintas zonas del Atlántico se han registrado temperaturas superiores a los 26,5 °C —el umbral aproximado a partir del cual el océano puede aportar suficiente energía para alimentar un ciclón tropical—, ese calor no ha sido suficiente para garantizar el desarrollo de huracanes.

La razón está en lo que ocurre sobre la superficie del mar. El Super Niño ha favorecido cambios en los patrones de viento que generan una fuerte cizalladura vertical: variaciones importantes en la velocidad y la dirección del viento a medida que aumenta la altura. Para una tormenta tropical, ese fenómeno puede resultar determinante, porque inclina y desorganiza la estructura del sistema e impide que la convección se mantenga concentrada alrededor de su centro.

En este caso, la cizalladura asociada al patrón atmosférico ha llevado a la presencia de vientos que, en algunas zonas del Atlántico tropical, superan los 74 kilómetros por hora. Para una tormenta que necesita un entorno relativamente tranquilo para organizarse, esa diferencia de velocidad entre las capas de la atmósfera funciona como una barrera que puede desarticularla antes de que alcance la fuerza de un huracán.

Lea también: Histórico fenómeno de El Niño alimenta la inusual sucesión de tres huracanes en el Pacífico

Hay otro factor que ayuda a explicar la inusual quietud del Atlántico: el calentamiento de la atmósfera. De acuerdo con explicaciones de la NASA, los ciclones tropicales necesitan una transferencia constante de energía entre el océano y la atmósfera para desarrollarse. Sin embargo, durante septiembre el aire sobre el Atlántico se calentó con rapidez y redujo el contraste térmico entre la superficie marina y la atmósfera.

Ese cambio también afectó la formación de grandes nubes y tormentas. Con menos nubosidad, una mayor cantidad de radiación solar alcanzó directamente el océano y permitió que sus aguas absorbieran más calor. El resultado es una paradoja: mientras la superficie marina continúa acumulando energía, las condiciones atmosféricas impiden temporalmente que esa reserva se convierta en la estructura necesaria para alimentar nuevos huracanes.

El Super Niño no es el único culpable de la ausencia de huracanes en septiembre

Aunque tanto el Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM como expertos de la Universidad Estatal de Colorado han mostrado la influencia de El Super Niño en la calma del Atlántico, también han dejado claro que hay una combinación de factores atmosféricos interconectados que aportaron en una barrera que impidió que las tormentas tropicales formadas pasaran a ser huracán.

Una de ellas son las intrusiones masivas de polvo del Sáhara, ya que desde el mes de mayo, corrientes de aire seco cargadas de polvo y arena han cruzado de forma constante el Atlántico. Este aire suprime la humedad y dificulta la convección necesaria para formar las nubes de tormenta que alimentan a los ciclones.

Otro fenómeno que ayudó al silencio del Atlántico es la Oscilación Cuasi-Bienal (QBO) que es un cambio periódico de los vientos zonales en la estratosfera del ecuador y que alterna de forma regular el soplar hacia el este y el oeste. Esta oscilación, junto a El Super Niño, reforzó un panorama desfavorable para la formación de huracanes, pues alteró las corrientes de aire en la región tropical.

¿Es buena señal que no hayan huracanes en septiembre?

Si bien los huracanes son temidos por comunidades debido a los destrozos que pueden ocasionar, el hecho de que no se hayan presentado no significa que no haya peligros, pues en algunos países caribeños y centroamericanos, tormentas tropicales débiles como Arthur o Edouard generaron graves inundaciones repentinas y rescates en zonas costeras.

Además, los huracanes cumplen una función autorreguladora esencial en el planeta, pues transportan grandes volúmenes de calor y humedad desde las regiones tropicales hacia latitudes más altas. Cuando se forman, liberan energía y favorecen el intercambio entre el océano y la atmósfera, equilibrando las temperaturas globales. Con su ausencia, se interrumpe el mecanismo natural de enfriamiento tropical.

Por otra parte, las lluvias torrenciales de los ciclones tropicales son fundamentales para la recarga de ríos, lagos, presas y acuíferos, representando en muchas regiones una porción decisiva de las precipitaciones anuales. Sin los huracanes, zonas continentales enfrentan severos déficits de agua, sequías agrícolas y caídas drásticas en los caudales de los ríos.

Científicos han advertido que los vientos, el oleaje y las mareas provocadas por estos sistemas en zonas continentales redistribuyen sedimentos y nutrientes, renovando ambientes en humedales y zonas costeras. La ausencia de estas dinámicas alteraría los ciclos naturales de aportación de nutrientes en dichos ecosistemas.

Un septiembre sin huracanes pudo haber generado una enorme reserva de energía térmica acumulada bajo la superficie marina. Esto, junto al factor de que El Super Niño tiende a debilitarse con mayor rapidez de lo que el océano se enfría, provocaría, por la alta temperatura almacenada en el agua, que en la próxima temporada se experimente una actividad ciclónica extremadamente violenta y repentina.

Siga leyendo: El Niño amenaza con temperaturas récord y radiación extrema al Valle de Aburrá hasta 2027

Preguntas y respuestas

¿Por qué no se formaron huracanes en el Atlántico durante septiembre de 2026?
La principal explicación señalada es la influencia de El Super Niño, que generó fuerte cizalladura del viento y calentamiento atmosférico. También contribuyeron el polvo del Sahara y la Oscilación Cuasi-Bienal (QBO).
¿Qué es El Super Niño y cómo afecta a los huracanes del Atlántico?
Según los expertos citados, El Super Niño modificó la circulación atmosférica global, redistribuyó masas de agua cálida y favoreció condiciones de viento y temperatura que dificultaron el desarrollo de las tormentas tropicales en huracanes.
¿Qué consecuencias puede tener la ausencia de huracanes para el clima y el agua?
Los huracanes ayudan a transportar calor y humedad hacia otras regiones y aportan lluvias que recargan ríos, lagos, presas y acuíferos. Su ausencia prolongada puede favorecer déficits de agua, sequías agrícolas y menores caudales.

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