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Una columna de humo negro se elevaba sobre el puerto de Beirut. De esas que provoca el combustible cuando arde, cuando se quema a un calor abrasador. Una luz encandiló entonces el cielo de ese 4 de agosto de 2020. Un hongo surgió y abrazo con una ola expansiva a la capital del Líbano. Una nube de gas amoniaco y óxidos de nitrógeno cobijó la ciudad. 218 personas murieron, 300.000 más se quedaron sin hogar.
“Una de las explosiones no nucleares más grandes de la historia”, calificó la ONG Human Rights Watch. El puerto quedó pulverizado, reducido apenas a escombros sobre los cuales se asentaría, días después, la escultura de una mujer libanés. Hecha de vidrio y metal retorcido, ondeó la bandera del país en pose altiva.
“La explosión me rompió el corazón. Estaba devastado”, explicó Hayat Nazer, el artista creador, a cadenas internacionales, “estaba traumatizado, pero honestamente, todos en el Líbano estamos traumatizados”. Como en la seguidilla de actos de una tragedia, la explosión de entonces...