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Represas hidroeléctricas, la cara oscura del desarrollo

  • FOTO ARCHIVO REUTERS
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AFP | Publicado el 14 de mayo de 2019

Emisiones de gases de efecto invernadero, alteración de microclimas y comunidades indígenas desplazadas. Si bien son consideradas fuentes de energía renovable, las represas hidroeléctricas pueden tener efectos devastadores, advierten ambientalistas.

Los partidarios de la energía hidroeléctrica, que representa más de dos tercios de toda la energía renovable que se genera en el mundo, afirman que ésta es la mejor solución para aprovisionar de energía al planeta y luchar contra el cambio climático.

Además de garantizar una energía de bajo coste, es considerada como el sistema más eficiente, puesto que utiliza la corriente de los ríos, un recurso renovable, para generar electricidad, sin utilizar combustibles fósiles, como el carbón o el gas.

Sin embargo, para sus opositores, las hidroeléctricas provocan una serie de daños al medioambiente que pocas veces se contemplan en las etapas previas a su construcción.

Coincidiendo con el Congreso Mundial de Energía Hidroeléctrica 2019 que se abre en París este martes, un panel de ecologistas y de expertos de todo el mundo se dieron cita en la capital francesa para denunciar el impacto de estas faraónicas construcciones de hormigón sobre el calentamiento global.

“Las represas no son la solución al calentamiento global”, estima Gert-Peter Bruch, presidente y fundador de la ONG Planète Amazone, quien llama a cambiar el enfoque con el que se plantea esta controvertida cuestión.

Cuando se construye una represa, grandes cantidades de material orgánico quedan sumergidas. Estas sufren posteriormente un proceso de descomposición que termina con la formación de gases como dióxido de carbono, óxido nitroso y metano.

“Varios estudios científicos apuntan a que las represas contribuyen en realidad con al menos 4% de los gases a efecto invernadero, una cifra superior a la del sector de la aviación en todo el planeta”, sostiene Bruch, en declaraciones a la AFP.

“Pese a esto, la industria de la construcción de represas intenta dar a la hidroelectricidad una apariencia ecológica, para percibir fondos verdes para el clima que fueron creados por los Estados para financiar la lucha contra el cambio climático”, denuncia.

¿Qué vamos a poder comer?

Numerosos estudios afirman también que el desarrollo hidroenergético altera gravemente el ecosistema fluvial, destruye hábitats y modifica el caudal de los ríos. Sin olvidar el impacto social, con comunidades locales forzadas a desplazamientos o cambios de estilo de vida.

Solo en la cuenca del Amazonas, que contiene 20% del agua dulce líquida de la Tierra, hay unas 140 presas hidráulicas operativas o en construcción y se planean construir 428 más.

Líderes del pueblo indígena Mundurukú, del estado de Pará, en el norte de Brasil, realizaron un viaje de más de 40 horas hasta la capital francesa para denunciar la construcción de presas en el río Tapajós, que forma el núcleo de sus tierras tradicionales en el corazón de la Amazonía.

“Venimos desde muy lejos para expresar nuestra gran preocupación”, señala visiblemente cansado el cacique Arnaldo Kabá, ataviado con un tocado de plumas azules y rojas sobre su cabello negro. Habla en lengua Mundurukú y otro miembro de la etnia, más joven, traduce sus declaraciones al portugués.

Desde hace varios años los Mundurukú protestan contra los planes del gobierno brasileño de construir una serie de presas hidroeléctricas en el Tapajós y sus principales afluentes, que inundarían parte de sus tierras. La represa, según estimaciones, inundaría un área del tamaño de la ciudad de Nueva York.

“El río es como nuestra madre”, dice el cacique. “Si construyen presas en el río, ¿qué vamos a poder comer? Para nosotros los ríos son como para ustedes los supermercados, de ahí viene nuestro sustento”, explica.

Seguiremos luchando

“Quieren destruir nuestros ríos, nuestros bosques, nuestros modos de vida... Y todo esto se decide a nuestras espaldas, sin ni siquiera consultarnos”, abunda indignada Alessandra Korap, otra líder de esta comunidad autóctona.

Esta etnia ganó en 2016 una batalla con la suspensión de la construcción de la presa de Sao Luiz do Tapajós, uno de los proyectos claves de la expansión de la generación eléctrica en el Amazonas, después de que un organismo estatal suspendiera su licencia ambiental.

Pero los Mundurukú temen que el proyecto se reactive con el gobierno del ultarderechista Jair Bolsonaro, quien planteó la posibilidad de retomar los estudios para la construcción de centrales hidroeléctricas y prometió que no cederá “ni un centímetro más” para la demarcación de los territorios autóctonos.

Este tema es aún más sensible después del largo pulso de las autoridades brasileñas con las tribus indígenas por el proyecto de Belo Monte, que será la tercera más grande del mundo cuando concluyan las obras a fin de año, y que ha afectado fuertemente a las comunidades ancestrales del país latinoamericano.

“El nuevo presidente no quiere demarcar nuestras tierras sino acabar con ellas, pero nosotros estamos aquí para decir que seguiremos haciendo autodemarcación, seguiremos resistiendo, seguiremos luchando contra estos monstruos que quieren derribar nuestros bosques y matar a nuestros animales”, asegura Korap.

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