Todos los días, miles de conductores recorren ciudades de Latinoamérica con una aplicación de transporte encendida. Para muchos, no se trata de un ingreso adicional ocasional, sino de una estrategia para enfrentar la falta de empleo estable y el aumento en el costo de vida.
Esa realidad es el punto de partida de un nuevo estudio del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que encuestó a más de 13.000 conductores de Uber en Colombia, Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Ecuador, República Dominicana y México.
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El objetivo fue analizar cómo se vive el trabajo en plataformas digitales en la región, más allá de los efectos temporales de la pandemia, y aportar evidencia para el debate sobre los desafíos que plantea la ‘economía gig’ en los mercados laborales latinoamericanos.
¿Quiénes son los conductores de Uber en América Latina y en Colombia?
El informe muestra una fuerza laboral diversa, aunque con rasgos comunes. El conductor promedio es hombre, tiene poco más de 40 años y más de la mitad cuenta con educación terciaria completa.
De hecho, el 74% de los conductores en Colombia tiene educación terciaria o superior, la proporción más alta de todos los países analizados. Además, un 9,4% cuenta con títulos de posgrado.
Para la mayoría, conducir no es su primera ocupación. Se trata de un trabajo que les permite enfrentar periodos de desempleo o complementar ingresos. Alrededor del 8% son migrantes, pero en países como Chile la cifra asciende a casi el 30%, lo que evidencia que la plataforma también funciona como una puerta de entrada rápida al mercado laboral para quienes llegan desde el exterior.
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La flexibilidad aparece como el principal atractivo. La mayoría trabaja entre 10 y 30 horas semanales y utiliza la aplicación como complemento. Casi la mitad asegura que no cambiaría este trabajo por un empleo asalariado si el ingreso fuera equivalente. La posibilidad de decidir cuándo y cuánto trabajar es, para muchos, un valor clave.
Ingresos: liquidez inmediata, pero poca estabilidad
El estudio revela una realidad social profunda: el volante ya no es solo un “extra”. Cerca de dos tercios de los conductores en la región dependen de estos ingresos para cubrir las necesidades básicas de su hogar.
En términos de rentabilidad, el panorama muestra brechas significativas. Mientras que el ingreso promedio por hora en la región ronda los 7 dólares, en Colombia la cifra cae a los 5,4 dólares, evidenciando una presión mayor sobre el trabajador colombiano para alcanzar sus metas diarias.
Esta precariedad se combina con un aumento histórico en la exclusividad. En el país, el 22,6% de los conductores declara que Uber es su única fuente de ingresos, un salto notable frente al 15,5% registrado en 2019.
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El margen para ahorrar o planificar a largo plazo también es reducido. Su nivel de endeudamiento es comparable al de la población general, lo que limita su capacidad para afrontar imprevistos. En Colombia, por ejemplo, la carga financiera es significativa: el 85,8% de los conductores afirma tener deudas y el 70,4% manifiesta dificultades para pagarlas.
En ese contexto, el trabajo en plataformas opera más como un “amortiguador” frente a choques económicos —recesiones, desempleo o crisis personales— que como una carrera de largo plazo. Ofrece liquidez inmediata, pero no necesariamente estabilidad sostenida.
Seguridad social: el gran vacío
Uno de los hallazgos más relevantes es la baja cobertura en seguridad social. Solo el 30% de los conductores realiza aportes a pensión y muchos no tienen acceso estable a seguro de salud. Aunque varios manifiestan intención de ahorrar para la jubilación, pocos cuentan con mecanismos efectivos para hacerlo.
En el caso de Colombia, el 74% de los conductores reporta contar con cobertura en salud, una tasa significativamente superior al promedio de la población económicamente activa del país (45%). En materia pensional, el 36% realiza aportes, una proporción que se ha mantenido estable desde 2019, pero que sigue evidenciando brechas en términos de protección para el retiro.
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El BID advierte que esta situación no es exclusiva de los trabajadores de plataformas. Refleja una debilidad estructural de los sistemas de protección social en América Latina, que siguen ligados principalmente al empleo formal y asalariado. Los trabajadores independientes (conductores, freelancers o emprendedores) suelen quedar por fuera.
¿Flexibilidad o derechos laborales?
El informe señala que los conductores no necesariamente reclaman una reclasificación automática como empleados tradicionales ni la totalidad de los beneficios laborales clásicos. Sus preocupaciones son más prácticas: desean mantener la autonomía, pero también contar con respaldo frente a enfermedad, accidentes o vejez.
Más que representar el futuro del trabajo, los conductores de Uber parecen reflejar el presente del mercado laboral latinoamericano: ingresos volátiles, alta informalidad y redes de protección débiles.
Para el BID, el debate de política pública no debería centrarse en si este tipo de trabajo debe existir, sino en cómo garantizar que la flexibilidad no implique renunciar a la seguridad a largo plazo.
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En ese sentido, la entidad propone avanzar hacia un modelo de protección social centrado en la persona, con beneficios portables y contribuciones flexibles que acompañen al trabajador a lo largo de diferentes empleos o plataformas.
“La pregunta para los responsables de política pública no es si el trabajo en plataformas debe existir, sino cómo garantizar que la flexibilidad no implique sacrificar la seguridad a largo plazo”, puntualizó el informe.