Katiuska despierta temprano en Valencia, capital del Estado Carabobo, en la Región Central de Venezuela. Antes hacer las arepas del desayuno de su hijo de tres años, piensa en el precio del dólar hoy, el que manda en la calle, no el que anuncia el régimen chavista. René, su pareja, es albañil. Cobra cuando hay trabajo. No siempre hay. Viven contando billetes que casi nunca ven, dólares que entran y salen convertidos en transferencias, bolívares que pierden valor mientras el sol sube.
“Esto ya era jugar el juego del hambre antes de que cayeran las bombas”, dice René, con la naturalidad de quien ha aprendido a normalizar el caos y la confusión. Se refiere a la madrugada del sábado 3 de enero, cuando Estados Unidos bombardeó Caracas, capturó a Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores; y el miedo se metió en los mercados, en las colas, en las neveras vacías. La distorsión económica, esa brecha cambiaria, los sobreprecios, la dolarización de facto, llevaban años instalados.
El bombardeo del 3 de enero desató el pánico. Al día siguiente, colas antes de abrir. Supermercados levantaron rejas a las 11 de la mañana. La gente compró por miedo. Y los precios volaron.
Harina Pan de US$1,5 pasó a US$3. Carne de US$10 subió a US$18 o US$20. Mantequilla de US$2 a US$4. “Se aprovecharon”, dice Katiuska. Muchos compraron por temor a lo que vendría, eso pesó más que el bolsillo. “Fue un un abuso en medio de la angustia colectiva”, agrega esta joven venezolana.
En Venezuela hay una tasa oficial, la del Banco Central de Venezuela (BCV), fijada por el gobierno. A inicios de enero de 2026, rondaba los 304 bolívares por dólar, con variaciones hacia 308 y 330. Hay otra tasa, la del mercado “negro”, casas de cambio informales, remesas, cripto, negocios de barrio, que se mueve mucho más arriba, entre 460 y 560 bolívares, y que en momentos de pánico llegó a 750 y 800.
Esa diferencia no es una discusión técnica de economista, es la regla de vida cotidiana entre venezolanos. “Si el BCV está en 200 y el dólar negro o paralelo en 400, ¿qué hago? Vendo al negro”, explica Katiuska a este medio. No es rebeldía, es supervivencia, reitera.
Vender dólares a la tasa oficial “no sirve”, dice, porque rinde poco. De manera paralela, en cambio, la transferencia alcanza para comprar comida en supermercados que, paradójicamente, deben cobrar al BCV.
La jugada es simple, reseña Katiuska: vender dólares al precio más alto (el del mercado negro), recibir más bolívares y luego comprar en comercios que facturan al oficial. Así “sobra un poquito” para completar verduras, una mantequilla, harina. Un dólar oficial puede ser 325 bolívares; el no oficial, 750 u 800. “Quien logra vender al paralelo y comprar al oficial, gana más para comprar más mercado y no pasar hambre”.
Conozca más: “Recuperar la producción petrolera en Venezuela tomaría 15 años y hasta US$180.000 millones”
El supermercado y la mantequilla de 2 dólares en Venezuela
Los precios están en dólares, pero no siempre dicen la verdad. Una mantequilla “de 2 dólares” se cobra al BCV. 2 dólares por 330 bolívares cada uno. Pero cuando el dólar sube, sube todo. Y no siempre de forma proporcional. “Si la mantequilla costaba dos, te la ponen en 3,5 dólares”, cuenta Katiuska. Así las cosas, los comerciantes miran el dólar, el que sea, para cubrir alquileres, proveedores e impuestos.
También, los proveedores, dice René, exigen pagos en divisa y en efectivo. Nada de transferencias. Entonces el comercio sube precios para poder comprar dólares, el del mercado paralelo.
El círculo de la economía se maneja en costos con base en el mercado negro, ventas en moneda oficial, y ajustes preventivos de los precios. Nadie quiere perder. “Es el juego de la supervivencia”, insiste René. A ver quién gana, a ver quién pierde.
“Cuando salimos a la calle vamos a jugar el juego del hambre a ver quién va ganando y a ver quién va perdiendo, o sea, quién sobrevive, quién es el vivo, ¿me entiende?”, remata René.
El fenómeno atraviesa todo. Si alquila un local para vender ropa, el dueño le pide dólares. Si le cobran impuestos, llegan indexados al precio del dólar. Si compra mercancía, el proveedor quiere divisas gringas. El comerciante sube precios para no quebrar. El cliente vende dólares al mercado negro para poder pagar. Nadie quiere perder. Todos corren.
La lógica se repite con los bonos. A la hermana de Katiuska le pagan 120 dólares mensuales en efectivo. ¿Qué hace? Los vende al mercado negro para que rindan en bolívares, porque el supermercado cobra al BCV. Es más “factible, aunque ilegal. Si no, no alcanza”, dice.
El Gobierno de Nicolás Maduro buscó amortiguar la pérdida de poder adquisitivo con un subsidio denominado “bono de guerra económica”, equivalente a unos 120 dólares mensuales. Este ingreso se suma a otros apoyos de menor cuantía del Sistema Patria, como “hogares de la patria”, “economía familiar” o “beca universitaria”, que funcionan como complemento del ya reducido salario formal.
En Venezuela, desde hace varios años, no se decreta un aumento salarial nacional, lo que ha llevado a que los subsidios sustituyan, en la práctica, al ingreso laboral.
El salario mínimo en Venezuela se mantiene en un umbral simbólico, apenas un dólar mensual. Tras el colapso del aparato productivo durante dos décadas, el crecimiento registrado en los últimos años ha sido desigual y claramente insuficiente, concentrado en actividades comerciales y en clases sociales altas de Caracas y el centro venezolano.
Así las cosas, el salario mínimo oficial está fijado en 130 bolívares, menos de un dólar al mes. Ni maestras, empleados públicos y personal del Estado se salvan, “a nadie le alcanza”. Algunos hablan de US$3 o US$4 al mes.
Aun así, el ingreso promedio, entre US$60 y US$70, queda muy por debajo de la canasta básica, que ronda US$470 para una familia de cuatro.
¿Qué hace la gente? Trabaja doble. De día y de noche. Vende tortas, revende productos, se “rebusca” en el comercio. Según el economista Jesús Palacios (UCAB), cerca del 60% tiene actividades complementarias. Quien no puede, depende de remesas. Quien no recibe, queda a la intemperie.
Remesas: la cuerda que sostiene a muchos
La economía familiar se sostiene desde afuera. Hijos en Estados Unidos, Colombia o Perú envían dinero. “Mi hermano está fuera y manda mensual”, afirma Katiuska. Con eso ayuda a sus padres, a su hermana y a dos niños más en la casa. “Entre uno se ayuda”. Sin remesas, muchos caerían.
No todos envían. “Hay quienes no mandan nada”, lamenta. Pero la mayoría sí. Es la diferencia entre comer carne una vez por semana o no comerla nunca.
Tras el caos de enero, corrió el rumor de la mano dura. Una empresa del gobierno revisa precios; quien no se base en el BCV enfrenta multas o cierres. Comerciantes bajaron “un poquito” los precios, cuenta una vecina de Katiuska, en Valencia. También hubo presión contra quienes venden dólares al paralelo, para ellos hay detenciones, multas, revisiones de teléfonos por críticas al gobierno. El miedo regula tanto como la tasa. “Hay que ver para creer”, agrega René. “Hay que estar allá”.
A la conversación se sumó Yarelys Mendoza, comerciante en Caracas, quien explica cómo es el juego de la supervivencia venezolana. “En Venezuela el dólar tiene dos caras y ninguna da tranquilidad. Está el oficial, el del Banco Central de Venezuela, que sirve de referencia legal para precios, impuestos y balances contables. En enero de 2026 rondaba los 304 bolívares por dólar y es el que aparece en vitrinas, facturas y comunicados oficiales”.
Y está el otro, el que realmente manda en la calle, el dólar paralelo, el de las remesas, la informalidad y hasta las criptomonedas, que en el tránsito entre 2025 y 2026 se movió entre 440 y 560 bolívares.
Esa distancia entre un dólar y otro se siente todos los días. “Los salarios pierden valor apenas se pagan, los precios se corrigen con rapidez y la inflación no se va, solo cambia de nombre. En 2025, el bolívar se devaluó cerca de 83%, una caída que volvió a encoger el poder de compra de los hogares”.
Por ejemplo, en los grandes comercios, los precios suelen exhibirse al tipo de cambio del BCV, como exige la norma. Pero puertas adentro, muchas cuentas se hacen con el dólar paralelo (mercado negro) en mente. En los pequeños negocios no hay rodeos, se cobra directamente al dólar del mercado. Así, entre el papel y la realidad, el bolsillo del venezolano vuelve a quedar atrapado en medio de dos cifras y una misma certeza, que todo cuesta más de lo que parece.
Inflación que vuelve y dólares que faltan
La inestabilidad política empuja el dólar hacia arriba. Las sanciones y el bloqueo marítimo complican la exportación de petróleo, la principal fuente de divisas, y encarecen todo en Venezuela. El FMI proyectó para 2025 una inflación de 548% y un crecimiento de 0,5%, con un PIB 80% por debajo del pico de 2012.
Tras el 3 de enero, con la detención de Nicolás Maduro y la asunción interina de Delcy Rodríguez, el panorama se volvió aún más volátil. El profesor Palacios advierte una inflación también en dólares, es decir, precios que suben incluso en moneda extranjera. Si no hay ajuste a la baja, Venezuela puede volverse uno de los países más caros de la región.
Aunque la palabra “inflación” desapareció del discurso oficial, las cifras cuentan otra historia. El Observatorio Venezolano de Finanzas, integrado por economistas independientes, estima que el Índice de Precios al Consumidor cerrará el 2025 con una variación anual cercana al 590%.
“Todo el mundo se pregunta qué va a pasar, cómo será enero”, dice Yarelys, quien administra una farmacia en Caracas.
Cabe recordar que, en este momento, Venezuela está sostenida en una recuperación parcial de la producción petrolera y en un entorno algo más abierto al sector privado, por eso crecería más de cinco puntos en 2025, por encima de las previsiones iniciales.
Sin embargo, el desajuste cambiario, el alza persistente de los precios y la tensión con Estados Unidos reactivan el temor a un nuevo episodio de hiperinflación, como el vivido en 2018. De cara a 2026, si no hay correcciones de fondo, el panorama vuelve a ensombrecerse sobre una economía atrapada en la fragilidad.
Hay expectativas. El economista José Guerra, de la Universidad Central de Venezuela, señala que los anuncios del presidente Donald Trump redujeron el dólar paralelo más del 40% entre el 8 y el 13 de enero, cerrando brecha. Estados Unidos anunció que gerenciará la venta de 30 millones a 50 millones de barriles de crudo venezolano para exportar comida, medicinas y reconstruir el sistema eléctrico. El tutelaje podría durar años.
Además, la producción petrolera, que superó 3 millones de barriles a inicios de siglo, ronda 1,1 millones a finales de 2025. El negocio es una montaña rusa. The Washington Post advirtió que la economía está “al borde del colapso”. Pero una inyección de dólares podría aliviar.
Vender dólares al paralelo. Comprar al BCV. Rebuscarse. Trabajar doble. Recibir remesas. Ajustar por miedo. Evitar hablar. Comparar precios. Comprar menos. Cambiar carne por verduras. Guardar algo “por si acaso”. Es un manual no escrito, aprendido a golpes. En Venezuela, el dólar manda, aunque nadie lo diga. Y sobrevivir es, cada día, jugar al juego del hambre, como lo llaman René y Katiuska.