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Cacería de monstruos
Crítico

Diego Agudelo Gómez

Publicado el 14 de marzo de 2020

Cacería de monstruos

Las esferas de poder que mantienen en marcha el capitalismo voraz de los Estados Unidos están infiltradas por nazis. Científicos, políticos, conspiradores. Las siniestras mentes brillantes que tramaron el exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial escaparon de cualquier tipo de condena. Asumieron nuevas identidades, asimilaron el estilo de vida americano, se convirtieron en miembros prominentes de la comunidad, enterraron su prontuario de atrocidades se mezclaron como ciudadanos del común en el país que derrotó al tercer Reich. Pero los monstruos no pueden mantener la mascarada durante mucho tiempo sin que supure el hedor de su maldad. Tarde o temprano, alguien reconocerá el fulgor infernal que todavía titila en el fondo de sus ojos. Tarde o temprano la víctima que sobrevivió se cruzará con el victimario que se oculta, y entonces empezará de nuevo una persecución, una cacería. Este es el argumento de la serie de Amazon, Hunters, protagonizada por un Al Pacino octogenario al mando de una brigada de marginales cuya experticia se pone al servicio de esta cruzada justiciera. La serie es un drama de crimen y acción, con pinceladas de humor tarantinesco y maratones de violencia que permiten que algunos personajes virtuosos en el arte de matar pavoneen sus sanguinarias destrezas.

El complot nazi sobre el que se sostiene la trama es siniestro. Un ejército invisible actúa en las sombras para oficiar un nuevo exterminio. Tienen dinero y poder. Ocupan altos cargos en la Nasa, en el gabinete presidencial de Jimmy Carter, en multinacionales que comercializan alimentos y agroquímicos (cabe aclarar que no es Monsanto la corporación a la que se hace referencia pero ¡cómo se parecen!), en el FBI, en la policía, en las instituciones que se erigen como pilares de una sociedad. Los sabuesos que los persiguen los eliminan uno por uno y descubren que siguen organizados, que la guerra está lejos de haber terminado, que son los muertos los únicos que han tenido el privilegio de ver su final.

La serie es un festín para cualquier lunático de las teorías de conspiración, pero lo que se alcanza a divisar en el fondo de los episodios eriza la piel. Quizás estamos lejos de que una organización criminal clandestina fragüe una limpieza racial masiva pero el fascismo que se incuba en el país más poderoso del planeta (antes del coronavirus), avivado por un líder que no esconde su desidia, pela su sonrisa en las escenas de Hunters. Una mueca de racismo, segregación, discriminación, odio puro, ignorancia y sed de poder es enarbolada por el colectivo maquiavélico que ocupa el lugar del villano en esta producción de diez episodios. Y aunque el estilo exuberante de la narración, que en algunos momentos añade incisos rocambolescos como un concurso de televisión para explicar el odio hacia los judíos, quiere acentuar el tinte de la ficción, no se deja de aclarar que los eventos tienen sustento en la realidad. Claro, no es un secreto que Estados Unidos y Rusia se pelearon por los cerebros más prominentes del aparato nazi. Científicos que se agregaron a las filas de cada nación como corredores de fondo en esa Guerra Fría que todavía hoy manifiesta sus coletazos.

Hunters es una serie de entretenimiento, no hay que tratar de adivinar en ella los ímpetus de una denuncia, sin embargo, el show tiene fisuras que nos permiten hacernos preguntas sobre la justicia y el paradero de los monstruos que no están ocultos en el armario o bajo la cama de los niños, sino que nos miran de frente, con descaro, convirtiéndonos en sus electores cuando en realidad deberíamos protagonizar la caza que de una vez por todas los ahuyente de nuestras vidas.

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