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La primera banda de Andrés Calamaro
Crítico

Diego Londoño

Publicado el 29 de julio de 2019

La primera banda de Andrés Calamaro

Siempre me han interesado los inicios de los músicos, sus primeras exploraciones y las historias que tuvieron que vivir para que llegaran a ser la influencia inspiradora que generan en sus públicos. Como pasó con Juanes y Ekhymosis; Freddie Mercury y The Hectics; Kurt Cobain y Fecal Matter, entre muchos otros.

Por estos días, una de mis obsesiones es la vida y el sub mundo de Andrés Calamaro, por eso acá, comparto una de sus primeras experiencias musicales, antes de Los Abuelos de la Nada, de Los Rodríguez, y de convertirse en uno de los ídolos latinoamericanos del rocanrol.

El juego era simple y empezó de manera divertida con su amigo de infancia Marcelo “El Cuino” Scornik. Juntos empezaron a componer canciones, a crear melodías, armonías e historias que materializarían sus acelerados cerebros creativos e incontinentes.

Cada canción que salía de esa unión juvenil se la atribuían a una banda diferente, que podía ser Los Scornik, Los Calamaro o cualquier nombre que les diera la gana, pero llegó el momento de darle identidad y nombre a la creación. Allí, en Buenos Aires, nació la primera banda de Andrés Calamaro, antes de ser el emblemático músico de crespos interminables y lentes oscuros. La banda se llamó Elmer’s band, inspirada en Elmer Gruñón, un personaje ficticio de dibujos animados de la Warner Brothers, el cazador que solía aparecer en muchos episodios de Bugs Bunny y del Pato Lucas y que siempre estaba de mal talante. Su trabajo era tratar de atrapar a Bugs Bunny y, en ocasiones, también al Pato Lucas, aunque siempre todo le salió mal.

La banda estaba integrada por Andrés Calamaro, que a veces tocaba batería, a veces guitarra, a veces bajo, pero nunca tocaba el teclado, que curiosamente era su instrumento de cabecera; también por Eduardo Cano, un destacado y virtuoso bajista que además hizo parte de Los Twist; otro de los integrantes era Julián Petrína, un venezolano al que le decían Venao, uno de los mejores guitarristas que ellos mismos habían conocido en su corta carrera musical; y la última pata de la mesa, Marcelo “El Cuino” Scornik, el letrista, inspiración y gran cantante de la banda.

La sede de operaciones de esta juvenil banda, intensa como un dolor de muela, era en un restaurante llamado Le Chevalet, (El caballete) ubicado en una de las cinco esquinas del sector de Anchorena y Juncal, a las espaldas del Hospital Alemán en Buenos Aires. Este curioso restaurante era propiedad de dos bohemios franceses, un pintor y su mujer, Goto Jordán y Teresa, dos bohemios con olor y sabor de bar, con la mística de las calles de París, y el rocanrol de la furia argentina.

El restaurante tenía una dinámica extraña, pues dejaba de ser restaurante a partir de la media noche; en ese momento, había un recambio de público y además una transformación estética del lugar.

Durante el día, una especie de cofradía de bohemios adultos, con boina, bufanda y pipa, libros, vino, mate y comida francesa sabrosa. Muchos de ellos, acompañados de señoritas muy menores. Luego de la media noche, el lugar obtenía oscuridad, luces rojas y sonido punk. Los señores de boina salían, y entraban muchachos con abrigos negros hasta el tobillo, raros peinados nuevos, sonido de The Clash, Sex Pistols, Ramones, entre otros grandes del noise-anarco-pogo, todo un galimatías para los buenos vecinos del barrio, y hasta para la generación punk genuina que asistía noche a noche.

Fue en ese lugar, en Le Chevalet, donde tocaron Los Violadores, Trixy y los Maniáticos, Los Laxantes, y Elmer’s band, la única banda no punk del lugar, que hacía rock clásico y no les importaba, por el contrario, más duro tocaban. Siempre hubo resistencia con ellos en este circuito punk, pero en vivo lo disfrutaban, al fin y al cabo eran más punk que los punks. Cuando pasó esto Andrés Calamaro solo tenía 19 años, y esta primera banda solo duró un año.

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