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Los cómplices de al lado. La zona de interés, de Jonathan Glazer

19 de febrero de 2024
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La noticia apareció el 7 de diciembre del año pasado en The Economist y pasó más o menos desapercibida en Latinoamérica. Una encuesta cofinanciada por la revista mostraba que 20% de los jóvenes estadounidenses encuestados, con edades que iban entre los 18 y los 29 años, creía que el Holocausto era un mito. Y como si eso no fuera ya preocupante, un 30% adicional no sabía si el Holocausto era un mito. Uso por primera vez el dato de una encuesta en los 12 años de existencia que tiene esta columna, para que partamos de una certeza: hay que seguir haciendo películas sobre ciertas infamias de la Historia con el único fin de que las recordemos. Qué tipo de películas hacemos ya es otra cuestión.

Jonathan Glazer toma apenas la anécdota central y el título de la novela que el escritor británico Martin Amis publicó en 2014, para construir una obra completamente distinta en su carácter, mucho menos inclinada a la comedia satírica y más pensada como crítica grave. Para hacerlo imagina y describe con la paciencia y la frialdad que ya son parte de su estilo, la vida de todos los días en la casa donde vivió Rudolf Höss junto con su familia, durante los años que fue comandante del campo de concentración y exterminio de Auschwitz. Al centrarse en los quehaceres cotidianos (la familia reunida para darle un regalo sorpresa de cumpleaños, las fiestas en el jardín, las conversaciones de cocina de las esposas de los distintos oficiales de las SS) y rehusarse a que aparezcan las imágenes más usuales de la matanza nazi (los trenes cargados con pasajeros asustados, los prisioneros agotándose en trabajos forzados), Glazer consigue un efecto de cercanía en la audiencia que nos va incomodando al sentirnos también un poco cómplices de lo que pasa, como si fuéramos la esposa de Höss, que guarda para sí las mejores cosas de las que son despojados los recién llegados; o el hijo mayor, que colecciona dientes recuperados de entre las cenizas.

Esta atmósfera densa lo permea todo a través del sonido. Glazer prefiere no usar música en casi toda la película y opta por amplificar los ruidos (lamentos, gritos, órdenes) que le llegarían a la familia de Höss desde el complejo. Pareciera no afectarlos, aunque sabremos que sí ocurre en unas pocas escenas. Y es inevitable preguntarnos si Glazer nos acusa de hacer lo mismo. Puede que sí, que nuestra indiferencia ante las muertes de inmigrantes que buscan una vida mejor cruzando el Darién, o ante la guerra en Ucrania y el genocidio palestino a plena vista en Gaza, nos haga a todos un poco cómplices. Pero casi al final puntualiza que una cosa es la indiferencia que nos permite vivir (como las empleadas de los museos donde se exhiben los objetos de los judíos asesinados) y otra ese taco maligno que se les atraviesa en la garganta a quienes hacen negocio con la desgracia, como esos empresarios que construyeron las cámaras de gas. A ellos habría que recordarles que Höss fue ejecutado a muy pocos metros de su casa en Auschwitz. Y que no hay películas que lamenten su muerte.

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