Salsipuedes: Una canción para no irse
Crítico

Diego Londoño

Publicado el 12 de febrero de 2019

Salsipuedes: Una canción para no irse

Salsipuedes es una expresión ya bien conocida por los latinoamericanos y colombianos, aunque para los argentinos es una ciudad en las Sierras de Córdoba, que se encuentra en el departamento Colón a 40 km de Córdoba, y para los uruguayos es la referencia a la nefasta Matanza de Salsipuedes, el ataque que el 11 de abril de 1831 se realizó contra indígenas charrúas en Uruguay, por parte de tropas gubernamentales a orillas del arroyo Salsipuedes Grande, afluente del río Negro.

Pero para los colombianos es la fiesta hasta el amanecer, la tierra prometida, la casa de la música, la rumba que nunca acaba, a la que muchos fueron pero nadie sirve de testigo, es el refugio de poetas, músicos, escultores y dramaturgos, y para no meterle más misterio, es la canción que baila todo el mundo, cada que quiere sentir a Colombia en los poros y a Lucho Bermúdez en el corazón.

Sin embargo, Salsipuedes es un lugar (foto), no muy lejano de Antioquia, en el Barrio Robledo, en Medellín, es una finca, un sitio de inspiración, un mito hecho escultura, poema, refrán y posteriormente, hecho canción.

Pero el mito tiene un alto grado de realidad, ya que Salsipuedes fue la casa y el taller del escultor antioqueño Jorge Marín Vieco, en un sector conocido como La Pola, en la vieja carretera al mar. Marín Vieco adquiere este terreno en 1939 donde construye su casa y donde recibe la cultura en toda su extensión, con todos sus personajes y con la bohemia y la inspiración como ambiente.

Fue un importante centro cultural a mediados del siglo XX, allí llegaron artistas de la talla del poeta Jorge Artel, del compositor Luis Uribe Bueno, Horacio Longas, León de Greiff y Pablo Neruda.

Pero el visitante sonoro fue el genio musical de Colombia. El sonriente muchacho de gafas y cabello perfectamente arreglado, Lucho Bermúdez, el músico que con sus canciones le dio al pueblo lo que es del pueblo; la alegría, el baile, música que jamás en la vida se imaginaron escuchar.

Él fue de visita a esta finca de Marín Vieco en 1948, y allí, luego de una tertulia musical y fiestera, bautizó el espacio como Salsipuedes, por lo amañadora de la casa, por la energía, por el ambiente, por los amigos, y por la alegría de aquella noche. Fue así que quedó como la finca en la que se entra, pero es bien difícil salir: “Vayan, a ver si salen fácil, no por la lluvia, es porque me amaño mucho allá”. De hecho, Lucho Bermúdez y Matilde Díaz fueron huéspedes por temporadas.

“Hoy quiero gozar, quiero vivir en Salsipuedes. Tierra de ilusión donde el amor nunca se muere. Ven, ven y verás de corazón a Salsipuedes y tu cantarás con gran amor a sus quereres. Eres muy rico Salsipuedes que no olvidaré que en tu recinto muchas veces de alegría soñé”.

Esta casa actualmente es un museo, que lleva ese nombre, un espacio para que los amantes de la escultura y la música conozcan de cerca la obra de uno de los artistas más importantes de la plástica en Colombia y además para que revivan los recuerdos mágicos que allí se vivieron.

Y si en algún momento usted va, no olvide que ese lugar fue la inspiración para el porro fiestero que ha puesto a bailar a toda Colombia desde hace más de 70 años: Salsipuedes.

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