Daza también habilitó 15 cupos adicionales en el Hogar Juvenil Campesino localizado en el área urbana de San Carlos para que se alberguen los alumnos que viven en el campo y que suben a estudiar al Centro Regional de Educación Superior. De ellos, 13 están copados en este momento.
El alquiler de los inmuebles más alguna dotación básica se paga con recursos del erario —este año el presupuesto dispuesto son $304 millones—, pero cada muchacho debe poner la cama, el escritorio y los demás muebles que desee poner dentro de su cuarto. Adicionalmente, aportan en promedio $90.000 mensuales para servicios públicos, implementos de aseo, cualquier reparación que sea necesaria y para las reuniones de integración que suelen hacerse.
Personal de la Alcaldía les da a los chicos que lo necesitan acompañamiento psicosocial y asesoría personalizada cuando pasan por alguna crisis emocional que lo requiera.
La convivencia dentro de un mismo espacio durante varios años y más tratándose del periodo tal vez más importante de la vida, genera unos lazos indisolubles al punto de que los miembros de una “cohorte” llegan a sentirse como una misma familia.
Así se puede ver durante las festividades municipales del agua o en las navidades, cuando es común que arriben al parque de San Carlos y se trencen en abrazos interminables que evidencian ese gran afecto.
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“Es muy enriquecedor verlos acá o en otros espacios. Ellos son como esos hermanos que me regaló la vida”, apunta Darío Enrique Oquendo refiriéndose a sus excompañeros que compartieron con él la temporada que estuvo en la casa de Rionegro, como Jovany Alzate, quien hoy es zootecnista; Jhon Wilder Ríos, ingeniero civil; Liliana Murillo, psicóloga; Claudia García, la comunicadora social; Elizabeth Londoño, la contadora; Sebastián García, el abogado, y Santiago, el mandatario local; todos parte de su historia en el momento en que abandonó el confort del pueblo para irse lejos de su familia, a un lugar que le era extraño, con el fin de cualificarse para afrontar el futuro con mayores herramientas.
“Es una nueva etapa que nutre a todos, porque estas casas te permiten ver que la educación no es un privilegio sino que a uno le den una oportunidad”, recalca.
Oquendo asegura también que así se ha generado mayor arraigo, pues el agradecimiento de los chicos al saber que se educan gracias al aporte de todo el pueblo los lleva a querer hacerle su aporte a la comunidad local. Él por ejemplo actualmente es miembro de la junta del Hogar Juvenil Campesino y como contratista de la cooperativa Coogranada acompaña el proyecto de las residencias.
Entre los requisitos de quienes acceden a las residencias está tener un puesto en una institución de educación superior, ser de San Carlos o terminar el bachillerato allá, y que los padres no residan en Medellín.
En el caso de Oquendo, aunque nació en Mutatá (Urabá antioqueño), terminó desplazado hacia el municipio del Oriente siendo preadolescente para evitar que lo reclutaran los grupos armados ilegales y lo hospedaron en el Hogar Juvenil en tanto estudiaba en el colegio, de manera que su agradecimiento es todavía mayor.
Un día que bajó a Medellín a visitar la familia, en 2011, cayó en una “batida” del Ejército cerca de una estación del metro y se lo llevaron a prestar el servicio militar. Luego volvió con ganas de estudiar pero sin recursos y ahí fue cuando el padre Jaime Toro, coordinador entonces del Hogar Juvenil y de las casas universitarias, se ofreció a ayudarle.
Así fue como ingresó al programa de producción agropecuaria en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid, sede Rionegro, y a vivir en la residencia localizada en esa misma ciudad. Al tiempo y para ganar con qué sostenerse, trabajaba por horas en un supermercado.
“Saber que pagaba solo $150.000 para servicios era una gran ganancia. En Rionegro en ese tiempo había ocho casas porque la demanda era mucha –cuenta. Me animó mucho poder compartir con psicólogos, abogados, administradores, ingenieros; escucharlos interactuar en sus disciplinas le nutre a uno mucho. Cada casa se convierte en una familia donde yo comparto y asumo responsabilidades”, añade.
Oquendo se encontró en ese refugio de Rionegro con Santiago Daza, en 2014. Daza era hijo de un caficultor, músico y líder comunitario de la vereda Santa Rita al que la violencia desplazó hacia el casco urbano y se convirtió en concejal.
Había acabado de egresar del bachillerato con uno de los mejores puntajes Icfes de su promoción y le dieron una beca para Comercio Exterior en la Universidad Católica de Oriente. En medio de las tertulias que se formaban se fue gestando la idea de un movimiento político para lograr incidencia en su pueblo y así fue como nació Conciencia Colectiva, que llevó a Daza a la alcaldía, acompañado de varios de sus excompañeros de vivienda.
“El tema de las casas universitarias fue fundamental para proyectar el liderazgo en San Carlos, porque nos reuníamos jóvenes de diferentes carreras a dialogar sobre el futuro del municipio y compartir conocimientos”, apunta Daza, quien justamente allá inició su ejercicio de liderazgo, como coordinador de convivencia.
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Andrés Hernández forma parte de la actual generación de “inquilinos” de las casas universitarias. Desde noveno grado supo que quería estudiar medicina y al culminar once pasó a Uniremington a cumplir su sueño, pero lo claro era que con lo que ganan su mamá como administradora de un almacén en la zona urbana de San Carlos y los pesos que obtiene su abuela costurera, de 75 años, no daba. Obtuvo un préstamo pero apenas alcanzaba para pagar la matrícula semestral.
“Solo empaqué la ropa en un bolso que me regaló mi novia; la verdad, no tenía ni siquiera los pasajes para venirme a la ciudad”, relata.
En principio quemó la opción de quedarse donde una prima de su madre que vivía en el barrio Castilla, pero duró apenas un mes, no solo porque el transporte hacia la U resultaba oneroso, sino porque la convivencia entró en crisis por cuenta de las llegadas nocturnas por cuenta de la exigencia académica, y de las pocas condiciones que había en aquella vivienda de acogida para concentrarse en los tortuosos textos de fundamentación para la carrera.
De manera que la opción resultó ser una de las residencias de San Carlos ubicada en la zona nororiental de Medellín, a solo media cuadra de la estación Gardel del Metroplús. Paga $70.000 mensuales, mientras que una pieza individual en cualquier sitio de la capital antioqueña le podría costar hasta 20 veces más.
“Es una experiencia bastante nueva por estar lejos de la casa. Tienes que hacer tu propia comida, estar pendiente del aseo y de la universidad para no perder materias”, explica Andrés.
En esta casa de Manrique, aunque son 25 estudiantes (13 mujeres y 12 hombres) y todos jóvenes –Andrés, por ejemplo tiene 22 años-, reina el silencio. Cada uno vive concentrado en lo suyo y la única visita que se admite es la de familiares en primer grado de consanguinidad.
El inmueble, visiblemente antiguo y mal distribuido si se piensa en la lógica de un hospedaje, había sido antes ocupado por las Hermanas de la Providencia. De ese pasado queda en lo que puede llamarse sala, aunque no haya muebles, un remedo de ventanas al fondo y al lado izquierdo embellecidas con vitrales de colores, pues son el vestigio del sitio donde quedaba una capilla.
La casa cuenta con una salita para ver televisión y un espacio tipo biblioteca donde se guardan materiales universitarios que quedaron de los antecesores y pueden ser de interés para otros. Su decoración es minimalista, con pocos colgandejos y sin cuadros en la pared. Solo penden de los muros un par de tableros donde está la programación de las obligaciones para el mantenimiento de los espacios comunes.
La cocina queda en la parte posterior, con sus tres estufas, un poyo grande y varias alacenas. Luego hay un patio de piso hecho en adobe vitrificado, tan gigante que en él caben una zona para el secado de ropas, una mesa de comedor familiar, un palo de mango adulto como para dar cosechas y una cancha improvisada de basquetbol. A un lado está una espacio separado, con una poceta y dos lavadoras.
La ocupación del primer piso es mixta, pero separando por habitaciones a hombres y mujeres; el segundo piso es exclusivo para varones y el tercero para mujeres, claro, con sus respectivos baños.
A las nueve de la noche acá hay que estar metido en la respectiva pieza y si alguien deambula por las zonas comunes debe hacerlo sin molestar al resto.
Un coordinador o coordinadora que rota cada seis meses en el cargo se encarga de gestionar cualquier posible conflicto que se presente. Un encargado define los turnos semanales para lavar los baños comunes, barrer y trapear las distintas zonas comunes y consigna la programación en una de las carteleras.
Los turnos de las lavadoras se asignan de acuerdo con el orden de llegada, e igualmente se distribuye el espacio de las cuatro neveras disponibles, así como las alacenas, para que cada uno guarde su mercado.
En cuanto a la cocina, también cada uno debe contar con su menaje; lo único común es la parrilla para asar las arepas.
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“En ocasiones, han dejado ‘herencias’ como licuadoras, aunque suelen ser para personas específicas y no para el uso general de la casa”, explica Sara Marín, de 23 años, quien cursa el octavo semestre de Seguridad y Salud en el Trabajo, en el Tecnológico de Antioquia, y el año pasado fue coordinadora en esta casa de Manrique. Ella lleva ya poco más de tres años en la casa y, de acuerdo con los planes, se graduará este año para dejarle su lugar a alguien más que lo requiera.
Todos tienen los mismos derechos, pero donde se cumple el principio castrense de que la antigüedad da poder, es en la asignación de los espacios privados. De suerte que son los más nuevos los que deben compartir habitación con los primíparos, si es necesario, y cuando alguien sale y queda un cuarto libre, el derecho a escoger lo tienen en orden de mayor veteranía.
Lo general es que todos los “huéspedes” se sienten unos privilegiados y partícipes de una historia que en el pasado no pudieron contar muchos, como la secretaria de Bienestar Social de San Carlos, Erika Serna.
Ella estudió trabajo social en la sede de Medellín de la Universidad Claretiana y después hizo una especialización en la que imperaba el modelo “a distancia”, en la universidad Luis Amigó.
En aquel tiempo, recuerda, no existían las casas universitarias y por lo tanto le tocaba “volarse” los fines de semana después de trabajar en el pueblo de lunes a viernes. Luego, se devolvía desde Medellín el primer bus del lunes. El ritmo era frenético.
“Cuando eso ya existía la vía por Granada, pero era destapada, y aunque yo tenía familia en Medellín, los costos en alimentación y transporte eran altos”, apunta.