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El abandono se traga hoy al Centro de Medellín

Recorrido por los parques, la historia y la venida a menos del barrio más importante de Medellín.

  • El Parque Berrío en una mañana típica. FOTOS Julio César Herrera
    El Parque Berrío en una mañana típica. FOTOS Julio César Herrera
  • A Bolívar se le robaron la espada.
    A Bolívar se le robaron la espada.
  • Hombres duermen en el atrio, en todas las puertas de la Metropolitana.
    Hombres duermen en el atrio, en todas las puertas de la Metropolitana.
  • Habitante de calle se baña en fuente pública.
    Habitante de calle se baña en fuente pública.
  • El deterioro del espacio público es evidente.
    El deterioro del espacio público es evidente.
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Publicado el 16 de mayo de 2022

Las puertas de la Catedral Metropolitana de Medellín, originales en madera, están recubiertas de láminas metálicas. Permanecen cerradas casi todo el día, pese a que custodian la iglesia más importante de la ciudad; en el atrio duermen varios hombres, de cabelleras revueltas, indiferentes al sol del mediodía. Las puertas están cerradas para evitar la irrupción de borrachos que se dan cuchilladas a pleno día, o para prevenir, como se comenta que ya pasó, que en las bancas practiquen felaciones por negocio y placer.

A la Metropolitana —llamada Villanueva en principio— la construyeron con más de un millón doscientos mil ladrillos. Los de la parte baja, que conforman la base, están roídos. Por años han sido raspados para mezclarlos con bazuco. En forma de humo se han ido al cielo.

Fernando Vallejo lo describió así en la novela Casablanca la bella:

“Villanueva, la basílica, la catedral, la nuestra, nuestro orgullo, la más grande en ladrillo cocido en el mundo y séptima en tamaño bruto, desde hace años se la están fumando. Como va horadando la gota de agua la piedra sobre la que cae, poco a poco le han ido raspando los ladrillos, que van convirtiendo en humo. ¡Le encuentran propiedades alucinógenas hasta a Dios!”.

* * *

El día está límpido, el cielo azul, despejado. Hace calor en el Centro de Medellín. Frente a la Basílica, bajo una carpa que los protege del sol, hay tres hombres. Son vigilantes privados y se dedican solo a una cosa: custodiar la fuente. Hacen guardia las 24 horas.

—Este parque es pura calentura, compadre— dice uno de los vigilantes—. Estamos acá para que no se roben los bombillos de la fuente, para que no se metan a bañarse.

Al Parque Bolívar, como a otras zonas del Centro, lo han ido desvalijando de a poco. Otro de los vigilantes, entre risas, recuerda que a Simón Bolívar, el padre de la Patria, el Libertador, lo despojaron de su espada. Alguien subió, al parecer en la noche, y se la llevó. La cara de Bolívar sigue ahí, pétrea, pero ahora está inerme, indefenso ante los ladrones. Sobre su costado derecho quedó la huella donde alguna vez estuvo su arma. ¡Si robaron al prócer, qué será de los demás!

Caminando hacia el sur, sobre la izquierda, está el Teatro Lido, hoy de fachada descolorida. Unos hombres desarrapados, ociosos, descansan sobre las bancas. Son habitantes de calle que, desde la pandemia, se desplazaron desde el conocido Bronx, unas cuadras más abajo, hasta conquistar el parque. Hoy están asentados muy cerca de Bolívar; de cuclillas juegan con una cajetilla de fósforos, manotean, arman pipas de bazuco, gritan frases ininteligibles. “Se apoderaron de esto acá. De noche se dan cuchilladas hasta por un ‘plon’ de bazuco”, dice un comerciante.

El Parque Bolívar fue remodelado recientemente. En 2019 terminaron las obras que le dieron una nueva cara. Desde entonces lo han despojado de sus encantos. Hay 13 soportes vacíos en donde alguna vez estuvieron las canecas de Emvarias. Solo queda una. El resto se las llevaron, seguramente para fundirlas y con esa plata comprar bazuco o comida. Entre 2019 y 2021 se han robado 600 canecas en Medellín y reponerlas ha costado 90 millones de pesos.

Al sur del parque, los cauchos, las ceibas pentandras y las tronadoras ofrecen una sombra que alivia al caminante. Cruzando la calle aparece Junín en todo su esplendor, con su cafetería Versalles, El Astor, las palmeras que lo circundan. Es entrar, de sopetón, a otro mundo; desaparecen el olor a bazuco y mierda. No hay basura en el suelo.

Junín, que fue remodelado en 2011 durante la alcaldía de Alonso Salazar, ofrece la añoranza del siglo pasado, del esplendor comercial. Es tal vez la zona del Centro mejor cuidada, donde el espacio público está menos invadido. Una mujer toca el violín, un hombre, al son de la bamba, pone a bailar graciosamente a una marioneta. La gente se acerca, saca el celular sin prevención, graba el baile.

Y aparece, de repente, la estampa del Coltejer, erigido donde algunos recuerdan la fastuosidad del Teatro Junín, víctima del desarrollo. Sale el caminante a La Playa, la famosa avenida que resguarda en sus adentros a la quebrada Santa Elena. A una cuadra está el pasaje La Bastilla, el “refugio de novelistas y poetas” que bautizó el periodista Adel López en una crónica de 1891. Lejos de ser lo que fue —ese tertuliadero donde Tomás Carrasquilla o León de Greiff tomaban aguardiente— hoy es sitio de cantinas, de tomaderos de tintos. En 2019 fue remodelado el pasaje y hoy imita ese pasado remoto, literario y bohemio.

Un par de cuadras abajo, entre almacenes de tecnología, aparece la Plazuela Nutibara, el famoso Hotel Nutibara y la Plaza Botero, con sus 23 esculturas del maestro Fernando Botero. Está hoy rodeado por unas vallas instaladas el año pasado. La idea era cerrar el espacio para evitar los robos. Pero qué ironía, ¡se robaron las vallas! En las noches, con paciencia, destornillaron 22 vallas y se las llevaron para venderlas en las cacharrerías. La Policía recuperó 11, pero el resto, como la espada de Bolívar, desapareció para siempre.

Ahora la Plaza de Botero parece un muladar: solo quedaron los vestigios roñosos de las vallas que terminan de afearla.

También se robaron las verjas que separan los jardines. De las 125 instaladas ya se han llevado 20. En los jardines, algunos de ellos marchitos, se acuestan hombres y mujeres, de cara al cielo, a fumar marihuana o bazuco. Un policía de Turismo, entre risas, cuenta que a un compañero suyo le dio por invitar a la novia a la Plaza Botero. Terminó el turno, se cambió y la recogió. Volvió a la plaza vestido de civil, de noche, y se sentó en una banca. Para su mala suerte, lo atracaron. Al otro día, al contarles a sus compañeros, recibió burlas y un consejo: “No vuelva a hacer eso. Cómo se le ocurre traerla aquí, güevón”.

En plena pandemia se hicieron virales las imágenes de robos en la Plazuela, lo que provocó el cerramiento. Como no se había visto antes, los ladrones comenzaron a atracar en gavilla; entre cinco o seis cogían a la víctima, la zarandeaban con violencia y la tiraban al suelo para luego arrebatarle las pertenencias.

Ahora hay una sensación de tranquilidad. José Viveros, un turista panameño, dice que es la vez que más seguro se ha sentido en la Plazuela. Aunque se queja al ver que un habitante de calle, con una herida en la espalda, se baña en una fuente pública.

Caminando al sur se llega a La Veracruz. De fachada blanca, tamaño modesto, la iglesia resiste al embate del tiempo, en medio de prostitutas y borrachos. Desperdicios de comida, orines, frituras, perfumes, sudor de los caminantes. Todo se mezcla y deja un olor indescriptible.

Más arriba aparece el Parque Berrío, donde está la iglesia de La Candelaria: “Una iglesita blanca, bonita, en el costado oriental. Para más señas: en el atrio le aterrizan las palomas y adentro tiene un Señor Caído doloroso que alumbran miles de veladoras”, escribió Fernando Vallejo.

En las escaleras del metro, un hombre menudo canta música popular, amplificado por un parlante. El Parque es sede de Asotintos, organización formada por 430 mujeres que vende cientos al día. Deambulan con el café en la mano, de un lado al otro del parque. Mueven la economía del lugar. En un día bueno, cada una vende cinco termos, cada uno con capacidad para 12 pocillos.

Es decir que, si la cosa va muy bien, en un día bueno se pueden vender 25.800 tintos en el Parque Berrío. Pero no todas son cuentas alegres. En todo el Centro se comenta, en voz baja, la influencia de las Convivir, los grupos armados que mandan en la comuna. Es tal su influencia que ya han ido dos veces a cobrarles vacuna a los miembros de Asotintos. Un hombre armado les dijo, entre palabras amenazantes, que tenían que pagar vacuna. Gisela Ardila, la presidenta de la asociación, ya puso denuncia del hecho:

—¿Cómo vamos a pagar vacuna, si acá hay muchachas que se llevan 8.000 pesos para la casa? Acá estamos luchando por ellas y por que se respete su derecho al trabajo—, dice.

A un lado de la Candelaria, en el pasaje Boyacá, hay una venta de objetos de lo más inverosímil. Se ofrecen desde matarratas hasta películas porno de carátulas grotescas. Como en tantas otras partes del Centro, el espacio público está invadido.

Solo en el interior de la iglesia, lejos del barullo, se tiene un poco de tranquilidad. Es el único refugio que encuentran los que viven del centro: al abrigo de un doloroso Señor Caído.

Miguel Osorio Montoya

Comunicador Social-Periodista de la UPB. Redactor del Área Metro de El Colombiano.


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