La violencia que se apoderó en décadas pasadas del municipio de Urrao, de donde era oriunda doña Blanca Cartagena, no fue la que se la llevó con su hijo Juan José, de 7 años. El poder de la naturaleza, plasmado en el río Chigorodó, fue el artífice de lo sucedido con ellos.
Ella, una mujer de 51 años, entregada al cuidado de sus animales, cultivos y familia en una finca retirada del casco urbano de la vereda Piedras Blancas, de Chigorodó, cercana al resguardo indígena Polines, y él, un estudiante destacado, pero silencioso y tímido, como lo recuerda Maruja Molina, su maestra, dejaron a su familia, para unirse a los casi 12 vecinos que este río se ha llevado en los últimos años.
Recuerda Maruja que esta unión ya había sido anunciada por la naturaleza, desde hace más o menos un mes y medio, cuando en plena clase, en la Institución Educativa Rural Indigenista Polines, a la cual asistía el menor, y de la cual es ella profesora, les contó a todos sus estudiantes una historia mítica sobre la muerte.
“Lo que me llamó la atención de Juan José fue la historia que él me contó. Que él había soñado que se lo habían llevado y no lo habían regresado (...). ‘Yo sí tuve un sueño que la persona que murió hace 3 años me llevó, pero en sueños’”, recuerda con nostalgia.
Ese sueño, que le llegó a Juan José, fue una realidad el pasado domingo, cuando de regreso a su casa con el mercado familiar a lomo de mula y escoltado por su hermana de 14 años, terminaron él y su madre arrastrados por el río.
“Cuando llegaron a la orilla, su hija le dijo que no se metiera: ‘Mamá, está muy crecido el río’, y ella dijo: ‘No, yo tengo que llegar a la casa’, y él respondió: ‘Mamá, no se pase’, y ella se pasó. Ellas quedaron en un acuerdo. Yo paso y te doy la señal con un celular. Trataron de comunicarse con ella, y apagado, apagado”, narra María Inés Oquendo, amiga de la familia y maestra.
Blanca Cartagena y su hijo fueron despedidos en la tarde del martes por amigos y familiares.
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