Al cruzar las puertas de hierro del cementerio de Granada, en el Oriente antioqueño, lo primero que se ve es que las 124 bóvedas están vacías. Son 624 en total las que no están ocupadas por la muerte. La imagen es una suerte de metáfora que refleja cómo en un municipio como este, en el que arreció el conflicto a finales de la década de los 90, la muerte por hechos violentos no volvió a llamar. Eso mismo ocurre hoy en 243 municipios del país.
El pueblo ahora vive en medio de un espiral de paz y reconciliación, y la soledad del cementerio parece demostrarlo. Pero también se pueden ver las ofrendas florales que le dan color a un lugar en el que por lo regular la vida es gris.
Así lo percibe Iván, quien llega cada miércoles a las 10 de la mañana a visitar la tumba de su madre y, entre mosquitos y vecinos recurrentes, recuerda que la guerra lo desplazó durante 18 años, en aquellos tiempos aciagos de la violencia.
Vivió en Santa Marta (Magdalena) y otras ciudades de la zona Atlántica, en las que buscó refugio de los ruidos de las balas y la zozobra de las tomas y paros armados que ordenaban los bandos que amenazaron a sus vecinos, pues allí se mataron entre conservadores y liberales en los 50 y, años más adelante, fueron las Farc, el Eln y los paramilitares quienes delinquieron. La guerra solo vino a dar tregua en los últimos años.
La tranquilidad se percibe en Granada. Al frente de la iglesia Santa Bárbara, cuatro hombres ancianos, todos de sombrero, hablan del calor y el frío que parece intermitente con el pasar de las nubes tapando el sol, mientras cruza una chiva que pita y anuncia que emprende la ruta a San Carlos.
Mientras esa escena se da, Mario Gómez Aristizábal, filósofo de profesión y conocido como “el historiador” en el pueblo, reflexiona sobre la desgastada frase según la cual “todo tiempo pasado fue mejor”, pues, para Granada, hablar del pasado es mencionar el dolor; ahora hablan y viven en medio de reconciliación y solidaridad, que para él es lo que más ha servido a sus vecinos.
“La gente se organizó, con las víctimas, con el Salón de Nunca Más, y empezaron a trabajar en reconocer el dolor que representa la guerra y la importancia del perdón y reconciliación como camino de educación para influir en los resultados que hoy vemos, respirando paz”, dice Mario, quien interrumpe por momentos para saludar a quienes lo ven y lo saludan de mano.
Un refugio
Iván dice que regresó hace tres años cuando falleció su madre “me quedé porque el pueblo cambió”. Por fortuna en Granada la gente se muere de vieja o de enferma y no por la guerra que la azotó entre 1995 y 2005, principalmente.
Y no es alejado de la realidad. Medicina Legal, en su informe preliminar de homicidios en el país durante 2019, publicado a finales de enero, ubica a este municipio como uno de los 15 de Antioquia en los que no hubo registro de homicidios (ver infografía), mientras que en el país fueron 243 en total.
Gómez Aristizábal, para dar un ejemplo de lo que representa la solidaridad en su municipio, recuerda la marcha del jueves 9 de octubre del 2000, cuando buses llenos de granadinos llegaban desde diferentes ciudades del país a recordarles a sus coterráneos que no estaban solos.
“Se hicieron muchos actos en ese sentido, que influyeron para que el pueblo respire paz y tranquilidad, porque ni siquiera riñas o peleas entre vecinos se ven”.
Esta tendencia, de acuerdo con el exalcalde Ómar Gómez, se ha mantenido durante los últimos tres años y es algo que les permite vivir tranquilos. La reconciliación, la solidaridad y fortalecer los espacios culturales, deportivos y académicos son los que, a su juicio, han permitido este resultado.
“Las campañas que valoran la vida y la familia, y el trabajo de las diferentes instituciones del municipio se enfocaron en este tema”.
Duvián Giraldo, quien trabaja en la emisora municipal, señala que ese mensaje lo ha entendido en la comunidad, porque la violencia que sembró el dolor siempre fue ajena a los intereses del pueblo y “por eso rechazamos esos actos que nos duelen y que nos afectaron”.
En San Carlos, también golpeado por el conflicto para la misma época en la que se sintió más duro en el Oriente antioqueño, el año pasado solo hubo dos muertes violentas.
Cuando se le preguntó al sepulturero si esa realidad, expuesta por Medicina Legal, se reflejaba en la reducción de los entierros, simplemente dijo que sí, pero que no le gustaban las entrevistas, y cortó el intento de conversación. Se acomodó de nuevo la gorra que lo cubría del sol de 26 grados que hacían a las 2:40 de la tarde y siguió pintando de blanco la pared de la bóveda en la que trabajaba.
Vivir en paz
Ahora, si se realiza el cálculo con la proyección de habitantes del país, estimada en 49.395.678 para 2019, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (Dane), se puede establecer que la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes también bajó, ubicándose en 23,5, frente a los 24,34 homicidios que se dieron por cada 100.000 habitantes en 2018 y a los 24,9 de 2017.
La de hace tres años fue la más baja de las últimas tres décadas, según precisó en ese momento el entonces ministro de Defensa Luis Carlos Villegas, quien señaló que “en 1975, con un país de 18 millones de habitantes y hoy -2017- con casi 50 millones vamos a tener la misma tasa”.
Este resultado es, sin duda, una noticia positiva, pues Colombia cerró 2019 con 500 homicidios menos que en 2018, al pasar de 12.130 a 11.630 el año pasado. En perspectiva, este resultado es más positivo si se miran los homicidios de 2018, año que tuvo un incremento de 757 casos.
Para Jorge Restrepo, director del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac), es una noticia “excelente”, pues representa el quiebre en esa tendencia de aumento de hace dos años.
Para él, que en estos 243 municipios sus habitantes no tuvieran que llorar a un familiar o un amigo por cuenta de un crimen, representa que la política de seguridad está dando frutos y que “los profetas del desastre, que sostenían que el Acuerdo de Paz iba a producir mayor violencia, no estaban en lo cierto”.
Granada es ejemplo de nuevos tiempos menos violentos. De acuerdo con Mario Gómez Aristizábal, llegaron a tener entierros colectivos con hasta 20 muertos e incluso, cuando la violencia corría por sus calles de forma constante, tuvieron que ampliar las bóvedas del cementerio para no tener que enviar los cadáveres hasta Rionegro, donde los granadinos tenían que ir a dar el último adiós a sus familiares.
¿Y en el país?
Al revisar las cifras detalladas, el municipio más violento fue Cali, con 1.073 homicidios, seguido de Bogotá (1.055), Medellín (586), Barranquilla (310) y Cúcuta (241).
Sobre este escenario, el defensor del pueblo, Carlos Fernando Negret, mientras recorría Chocó en una misión humanitaria, le dice a EL COLOMBIANO que “donde ocurren los homicidios hay conflicto social”, ya sea por tráfico de drogas, minería ilegal o enfrentamientos entre grupos ilegales, por lo que la noticia de tener menos muertes violentas “es excelente”.
El pendiente que queda en el tintero es qué hacer para que esa tendencia de descenso se mantenga. Ante esto, explica el director del Cerac, el Gobierno debe plantear “una lucha contundente contra el crimen organizado”, pero que incluya un mayor control a la tenencia de armas, adelantando un desarme en el país.
Adicional a esto, el defensor asegura que para contrarrestar estos hechos “debemos tener mayor inversión social y construir Estado” y aunque suene a utopía, dice que “esa es la única manera de bajar estos índices y lograr la cifra de cero homicidios”.
Por su parte, como ejemplo de lo que sucedió en Granada, Eva Gómez, sicóloga de profesión y habitante de este municipio, quien también ha hecho parte de los procesos de reconciliación en el territorio, comenta que para lograr tal reducción se deben fomentar espacios que permitan la resiliencia de las comunidades, entendiendo que cuando “la persona puede tolerar situaciones, por difíciles que parezcan, podrá encontrar otros caminos para solucionarlas. Ya no desde la revictimización, la queja o el odio, sino desde otras miradas propositivas que le permitan tramitar sus conflictos”.
En el caso de Cali, que es la ciudad con el número más alto de homicidios, Santiago Londoño, politólogo de la Universidad Javeriana en esa ciudad, explica que el resultado tiene que ver con que la capital del Valle es “epicentro logístico” del tráfico de drogas, pues aunque los cultivos estén en la parte alta de Jamundí o el Cauca, “la ciudad está en la ruta para llegar al puerto de Buenaventura. Eso genera violencias por los ajustes de cuentas y el microtráfico” y, mientras “no se trabaje en cultura ciudadana y se promueva el respeto por la vida, eso no cambiará”.
Para la sicóloga Gómez, la respuesta está en las tasas de cobertura en educación, y los hechos le dan la razón.
Granada tiene una cobertura de 90,59 % y cerró el año sin homicidios, mientras que en la capital del Valle la cobertura solo llega al 73,7 % y cerró el año pasado con 1.073 muertes asociadas a la violencia.
Una moraleja llamada Granada, que muestra el camino para bloquear la violencia al romper las barreras de desigualdades que se viven en las ciudades donde hay más homicidios.