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Con gripa y un gabinete que nadie reconoce: crónica de uno de los últimos consejos de ministros de Petro

En uno de sus últimos consejos de ministros, el presidente volvió a hablar de gigantes, conspiraciones y amenazas. Cuatro años después, el cambio prometido terminó eclipsado por el relato que construyó sobre su propio gobierno.

  • Gustavo Petro en uno de sus últimos consejos de ministros. Foto: Captura de video
    Gustavo Petro en uno de sus últimos consejos de ministros. Foto: Captura de video
hace 4 horas
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Gustavo Petro pasó una servilleta por su nariz veces antes de arrancar el que sería uno de sus últimos consejos de ministros. Parecía enfermo. Frente a él ya no estaban muchos de los rostros con los que llegó al poder hace cuatro años. Algunos habían renunciado, otros fueron destituidos y unos cuantos terminaron convertidos en contradictores. En sus reemplazos había funcionarios que para buena parte del país son unos completos desconocidos.

Es la fotografía más precisa del final de un gobierno que empezó prometiendo cambiarlo todo y terminó cambiándolo casi todo... incluso a quienes se sientan alrededor de la mesa. La rotación terminó siendo parte de la historia. ¿Cómo será recordado Petro? Seguro, no como él lo planeaba.

Ni en sus últimos días de gobierno habló de su gestión. En cambio, arremetió contra un gobierno que todavía no existe. O, al menos, no oficialmente. Prefirió dedicar buena parte de su intervención a denunciar que el presidente electo ya estaba actuando como si hubiera asumido el poder.

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“Este puede ser el último o penúltimo consejo de ministros”, dijo para saludar y apenas siete segundos después criticó las actividades de trabajo del nuevo Gobierno.

“Están haciendo consejo ministras, ministros ilícitos, particulares que no han tomado ni juramento ni posesión, queriendo imitar que ya son gobierno. De eso tenemos que cuidarnos porque trae varias consecuencias. Simular que es un gobierno es un delito, Y todo funcionario local o distrital o nacional que se preste a eso, yo mismo tengo que denunciarlo, porque es mi deber, porque hay una norma que dice que si un funcionario público se entera de un delito, inmediatamente denuncie”, afirmó.

Fue entonces cuando habló de un supuesto “retorno del paramilitarismo”. De “mafias” que, según él, habían permanecido escondidas durante los últimos cuatro años y ahora pretendían recuperar el poder. También denunció allanamientos a haciendas entregadas a campesinos y les pidió a la Policía y a las Fuerzas Militares proteger esas tierras hasta el último día de su gobierno.

Desde que perdió las elecciones, el pasado 21 de junio, Petro ha repetido tantas veces como ha querido que se irá el 6 de agosto a las 12 de la noche, cuando termina su mandato. Lo dice una y otra vez. Parece un recordatorio para él mismo, un acto de dignidad o una invitación al rechazo para quien llega. Perdió en las urnas, en un país democrático cuyas autoridades ya declararon legal la elección de su reemplazo.

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Ahora habla de invitaciones para convertirse en dictador. “Yo termino mi mandato el 6 a las 12. Mucha gente pide que me vuelva dictador, pero yo no voy a poner a los soldados y policías, patrulleros, a los que les elevé el salario, a luchar contra ellos mismos y contra el pueblo, porque habría un estallido social. Millones sí votaron por De la Espriella”, dijo.

Su último Consejo de Ministros quizá ya no tuvo tanta audiencia como en episodios pasados. Petro habló durante 1 hora y 28 minutos. Mientras tanto, sus ministros permanecían en silencio. El gabinete ya no se parece al que asumió en 2022. Quedan Guillermo Jaramillo, uno de los pocos sobrevivientes del primer equipo; Armando Benedetti, que se mueve de cargo en cargo; por ahí también están Irene Vélez y Luz María Múnera.

A Gustavo Petro siempre le gustó gobernar con metáforas. Habló de poesía cuando otros pedían cifras, apeló a la literatura cuando estallaban las crisis y, en más de una ocasión, recurrió a la prosa para adornar el desorden.

Si su vida política fuera una novela, tendría mucho de Don Quijote. No porque compartiera el mismo destino, sino porque, como el hidalgo de Cervantes, pasó buena parte de su travesía convencido de que libraba una batalla histórica contra gigantes. Sus adversarios eran el establecimiento, las élites, los poderes económicos o los fantasmas de un pasado que nunca dejó de invocar. Ahora es Abelardo, su sucesor.

Ya anticipó que no asistirá a la ceremonia de transmisión de mando, una tradición que durante décadas ha dejado la imagen del presidente saliente imponiéndole la banda presidencial a quien llega a la Casa de Nariño. Esta vez, Petro no estará allí.

”No iré el 7 de agosto para que la población colombiana sepa por qué estamos diciendo que hubo un fraude. Yo no reconozco ese presidente y no tengo que darle la mano, eso no me preocupa. Lo único que tengo que cumplir es con mi mandato, que me dio el pueblo, nadie más. No se lo pedí regalado a nadie. Ese no es mi gobierno, porque no fue elegido por el pueblo”, dijo.

Al final, como Don Quijote, el personaje que quiso cambiarlo todo terminó atrapado en su propio relato. Y como ocurre con los grandes protagonistas de la literatura, quizá la historia no lo recuerde tanto por las metáforas, sino por la distancia entre lo que prometió y lo que dejó.

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