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En Montería vigilan las casas para evitar robos mientras el agua baja

La Gobernación asegura que avanza en la “cuantificación de daños”, y en los barrios anegados de la capital crecen el cansancio, las enfermedades y la sensación de abandono.

  • Los habitantes intentan, de alguna manera, salvar las pertenencias que todavía no se han dañado a causa del agua. Foto: Manuel Saldarriaga.
    Los habitantes intentan, de alguna manera, salvar las pertenencias que todavía no se han dañado a causa del agua. Foto: Manuel Saldarriaga.
  • Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.
    Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.
  • Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.
    Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.
17 de febrero de 2026
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El día de la inundación, Mireya estaba en casa de su mamá celebrando su cumpleaños. “Mireya, se le está entrando el agua a la casa”, escuchó en una nota de voz que le envió una vecina.

“¡Mi casa!”, gritó cuando llegó y se dio cuenta de que no era que el agua estuviera entrando, su vivienda ya estaba inundada. Como pudo, apiló algunos muebles, empacó ropa a la carrera y desconectó los electrodomésticos. Nueve horas después, el agua había subido dos metros y de su casa apenas se alcanzaba a ver el techo. Todo el barrio quedó bajo el agua y, dos semanas después, sigue igual. Alto de Canaán es una de las zonas que permanece sumergida en aguas negras estancadas, atrapada en una especie de embudo al que el agua le entra por todos lados. Mireya al menos tuvo para dónde irse, otros no tuvieron la misma suerte, nadie estaba avisado. Llovió como nadie lo pronosticó.

“Acá no se inundan los ricos, para eso estamos los pobres”, dice molesto un habitante del barrio El Dorado, en Montería. Lleva dos semanas con el agua metida en su casa. Viene de otro intento fallido por entrar pero la altura del agua todavía le impide llegar hasta el final de la cuadra, donde está su vivienda.

“Es esa, la última de allá. Lo perdí todo y ahora ni siquiera puedo entrar. Mire hasta dónde me llega el agua”, dice mientras se señala la cintura.

Como él y Mireya, en Córdoba cerca de 200 mil personas viven hoy el mismo drama.

En Montería están las comunidades más golpeadas. Dos semanas después de la inundación, barrios enteros intentan recuperar algo parecido a la normalidad, pero la hazaña no es solo económica sino emocional. El 6 de febrero hicieron un trasteo que no estaba en sus planes. No pidieron acarreo, ningún camión llegó. En plena madrugada, con el pánico de perderlo todo, cargaron neveras, colchones, ropa y lo que cupiera en sus manos. Salieron hacia las zona sin alertas.

Quienes pudieron se refugiaron en casas de familiares. Los que no, apilaron sus pertenencias unas sobre otras, colgaron hamacas y desde allí vieron pasar el agua por debajo. La inundación en Córdoba es una tragedia cuya salida aún no tiene fecha clara, ni siquiera para la propia Gobernación. Las familias calculan que, con suerte, podrían regresar en dos meses. Y no es solo sacar el agua. Hay que lavar, retirar lodo y escombros, desinfectar, esperar que no vuelva a llover y rogar para que la humedad de paredes y pisos permita habitar de nuevo esos espacios.

Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.
Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.

La cotidianidad cambió por completo. Muchos hacen vigilia día y noche a la orilla del agua, cuidando desde lejos lo poco que quedó en pie. Como si no bastara con la inundación, ahora temen los robos. El drama de esta atípica temporada de lluvias no golpea únicamente a Montería. Afecta al menos a 25 de los 30 municipios de Córdoba. Resulta extraño recorrer esta zona del Caribe colombiano y encontrarla en silencio, no suena el vallenato en las calles, no retumban los parlantes. Donde el agua se desbordó, las calles están desiertas. El agua que expulsó a sus habitantes permanece estancada, oscura, con un olor penetrante. Las plagas comienzan a aparecer y algunas familias sacan serpientes de los pocos bordes secos que quedan.

“Decir que lo perdí todo es repetir lo mismo que dicen mis vecinos. Pero aunque suene repetitivo, es mi dolor, mi casa y mi situación. Lo perdí todo y no es menos trágico por ser repetido. Se dañó la nevera, las camas, los electrodomésticos. No podía cargarlo todo; era escoger entre las cosas materiales o mi vida y la de mis hijos. Me llevé lo único que cabía en mis brazos: mis hijos. Ahora estamos a salvo, en casa de una prima, pero quedamos sin nada. No sé cuándo podremos volver. Mientras haya agua cerca no se puede, los mosquitos no dejan, las serpientes tampoco, y el olor... nadie puede vivir así”, cuenta Emira Martínez.

Infográfico
En Montería vigilan las casas para evitar robos mientras el agua baja

La inundación es apenas el comienzo de una calamidad pública que exige soluciones de largo aliento. Tras el agua viene el riesgo de enfermedades, la tarea de retirar escombros y basura, la putrefacción del lodo mezclado con heces. Hoy el nivel ha bajado en algunas zonas, pero las calles siguen cubiertas de barro y, dentro de las casas, lo que hace dos semanas eran pertenencias ahora es basura. Las familias piden presencia institucional que, según denuncian, ha sido insuficiente.

¿Y las autoridades?

Ante esto, la secretaria de Infraestructura del departamento y directora de Gestión del Riesgo, Celia Tobías Carrascal, respondió que la Gobernación sí ha desplegado asistencia en los municipios afectados.

“Hemos llevado ayuda a los diferentes municipios, a las diferentes comunidades afectadas. Y precisamente estamos convocando a los alcaldes a hacer una articulación para priorizar y focalizar desde la Gobernación de Córdoba las ayudas humanitarias. Han estado muy atentos y recibieron un llamado de nuestro señor gobernador para coordinar las acciones de atención de la emergencia”, explicó a este diario.

Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.
Fotografía tomada desde Montería. Foto: Manuel Saldarriaga.

Según la funcionaria, el trabajo inmediato se concentra en la atención social y humanitaria y en las acciones para controlar y mitigar la emergencia. De manera paralela, se adelanta una ruta técnica desde el territorio para cuantificar las afectaciones y consolidar cifras que permitan estructurar un plan de acción específico. “La idea es canalizar recursos desde los municipios, el departamento y la Nación”, añadió.

Pero mientras las cifras se consolidan y los planes se diseñan, en los barrios anegados se necesitan acciones inmediatas.

“Mi hijo tiene cinco años y tiene neumonía. Desde que ocurrió la inundación le pedí a mi prima que me dejara llevarlo para allá, porque en los albergues no puede estar: el ambiente húmedo afecta sus pulmones. Pero ya llevamos varios días, mi casa sigue llena de agua y mi prima ya está incómoda con nosotros”, le cuenta a EL COLOMBIANO otra afectada.

Hoy por hoy, Montería parece un gran albergue improvisado. En casi todas las casas hay un vínculo directo con la tragedia. Un familiar desplazado, un vecino durmiendo en la sala, un colchón prestado. Las cuadras se transformaron en enormes ollas comunitarias donde se cocina para muchos y se reparte lo poco que hay.

Son más los que quieren ayudar, pero el recelo, dos semanas después de iniciada la calamidad, empieza a sentirse. Los líderes barriales miran con desconfianza la llegada de la prensa y de los políticos. Afirman que su drama terminó convertido en espectáculo mediático, con pocas soluciones concretas. Mucho curioso y poco voluntario, dicen.

“Qué pena, periodista, pero acá no se puede grabar, de nada nos ha servido que vengan con cámaras, hagan videos y tomen fotos, seguimos inundados y nadie ha venido a ayudar, entonces se pueden devolver”, reclama un joven rodeado por otras personas con evidente molestia. ¿Cómo no? Si lo perdieron todo y sabrá Dios cuándo lo recuperen.

Mientras tanto, pasan las horas sentados en las orillas a planear cómo, con baldes o mangueras, podrían drenar lo que inunda barrios enteros. La escena es precaria, pero insistente. Quizá, al final, solo les queda que de verdad la unión haga la fuerza.

“Acá no nos vamos a quedar esperando a que la Alcaldía o la Gobernación lleguen a ayudarnos, porque no lo han hecho en dos semanas. Ni mercados hemos visto”, reclaman en el barrio La Vid.

Qué se iba a imaginar el Joe Arroyo que al final iba a terminar describiendo lo que pasa hoy en Córdoba cuando escribió: “Taba la tortuga bajo del agua, bajo del agua, bajo del agua”. Hoy, como un vestigio divino, terminó convertido en desastre natural.

Lo grave no es lo que pasó, sino lo que viene después, cuando el agua se haya secado.

*Con apoyo de la periodista Laura Juliana López.

Lea también: Lanzan alerta por enfermedades que podrían proliferar tras inundaciones en Córdoba

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