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Sanidad militar en la ruta libertadora

  • ILUSTRACIÓN Ricardo Macía
    ILUSTRACIÓN Ricardo Macía
Por Erika Constanza Figueroa Pedreros* | Publicado el 02 de agosto de 2019

De este modo fue aplicada la medicina clásica en los hombres que lucharon en nombre de la corona o de la nueva patria.

Durante la campaña libertadora de 1819, se marcó la influencia de dos corrientes médicas: la francesa, basada en la relación paciente-medico, practicada en los ejércitos del rey, y la inglesa, entre los patriotas; ambas con aportes de la medicina clásica hipocrática y galena. Pero no sólo estos últimos ejercieron su profesión, también los prácticos locales usando remedios naturales de los Llanos y de los pueblos de Boyacá. La sanidad militar es un componente base de todo ejército, porque no solo permite mantener el número de tropas de la organización, sino que, además, es la esperanza de vida del combatiente, bajas que pueden marcar la diferencia en la victoria.

Desde el 22 de octubre de 1818, en Angostura, se había nombrado como director general de hospitales al Dr. John Roberton, de las Provincias Libres de la Nueva Granada, cirujano de Edimburgo que publicó tres obras de medicina. Mientras que en Santafé, el virrey ordenó la creación de una escuela de medicina donde los galenos estaban obligados a dar clases para suplir las plazas de la sanidad militar en el ejército del rey, temporalmente asistidos a fuerza, tanto en las ciudades como en los pueblos.

En la Tercera División, al mando de José María Barreiro, no fue concebida la sanidad militar concretamente, sin embargo, el personal médico apoyó la atención en hospitales de campaña y, en ocasiones, recurrían a personal civil de los pueblos del entorno. En tanto las divisiones patriotas, que tuvieron dos hospitales, lograron contar con un médico y un asistente en el Estado Mayor. Se crearon hospitales de campaña, uno en Socha, para recibir a los que cruzaron Pisba, y otro en Socotá, para la Legión Británica. Dos momentos cruciales en la campaña fueron el paso del Páramo de Pisba y la atención posterior a la gran batalla del Pantano de Vargas, por la gran cantidad de heridos.

La medicina patriota fue liderada por los especialistas de la Legión Británica, que se enfrentaban a diagnósticos y curas de disenterías, viruelas, fiebres tifoideas, malaria, problemas respiratorios, hipotermias, “mal de altura” o soroche, asociados al drástico cambio de piso altitudinal, así como la ingesta de agua helada que enfrentó la expedición. Entre los extranjeros puede citarse a los Drs. Charles Moore, Hughes Blair, George Mayres, y Roberton.

El cruce del páramo requirió de medidas extremas para recuperar a los congelados, llegando incluso al uso de zonte para reanimar a los hombres, que incluyeron la flagelación. Un caso médico especial fue el del bravo comandante granadino Juan Galea, de la división de retaguardia, afectado seriamente en su salud. El otro caso emblemático fue la amputación del brazo del jefe de la Legión Británica James Rook, realizada por el médico de Simón Bolívar, Dr. Thomas Foley. Como hospitales se usaron las mejores viviendas de Socha y Socotá, con el apoyo del alcalde, para tratar de recuperar lo más rápido posible esas bajas para la próxima acción militar. Contaban con unas partidas de seguridad y se buscaban sitios un poco alejados de los teatros de operaciones para salvaguardar a los heridos, como el caso de hospital montado en Socotá. También los vecinos acogieron en sus casas a muchos lesionados, donde la medicina tradicional boyacense aportó su cuota, así como su apoyo en el traslado de éstos.

Cayo Peñuela cita que más de 100 hombres de la división de retaguardia quedaron fuera de combate. Antes de las acciones en Boyacá, fue importante la asistencia de religiosos como Fray Ignacio Mariño.

*Historiadora y analista documental, experta en
Gestión y Conservación del Patrimonio Documental, máster en Historia de las Independencias de Iberoamérica y coordinadora de Investigaciones de Departamento de Historia Militar.


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