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Murakami, el más occidental de los escritores japoneses, ganó el Princesa de Asturias 2023

Haruki Murakami ama el jazz y el deporte. Sus novelas le han ganado la celebridad en lectores occidentales.

  • Murakami cuenta con el fervor de miles de lectores y despierta la suspicacia de sectores de la crítica. Foto: Getty.
    Murakami cuenta con el fervor de miles de lectores y despierta la suspicacia de sectores de la crítica. Foto: Getty.

En un ensayo de Qué hablo cuando hablo de escribir, Haruki Murakami cuenta que en un momento de su carrera escribió una novela en inglés y luego la tradujo al japonés, para presentarla a una editorial. Escribir en una lengua extranjera le resultó una experiencia similar a la de transitar por un campo minado: debía mantenerse alerta para no caer en las frases y las imágenes pretendidamente literarias, aquellas que su experiencia de lector le enseñó a considerar bellas.

Por varios motivos la anécdota resulta ilustradora. Primero, porque deja en evidencia su deliberada ruptura con las formas de la narrativa japonesa de principio del siglo XX, marcada por las obras de Yasunari Kawabata, Yukio Mishima y Osamu Dazai. Y, segundo, porque demuestra la conexión con los referentes occidentales de la obra galardonada con el Princesa de Asturias 2023, en la modalidad de literatura.

Murakami nació el 12 de enero de 1949, en Kioto. Hijo de profesores de literatura, alternó en su juventud los estudios formales de Literatura y Teatro con las visitas a los bares de jazz de su ciudad. Esa inclinación musical, que se afianzó en el tiempo que trabajó en una tienda de discos, es uno de los elementos que ha permitido que los grandes públicos se sientan atrapados por sus libros.

En ellos hay referencias constantes a las canciones y a las bandas importantes del pop, partiendo del título de la novela que lo llevó a las ligas de los best sellers. En efecto, Norwegian Wood, que es el título de una canción de The Beatles, hizo a Murakami el autor japonés más mediático de su generación. No sobra mencionar que al ser traducida al español la ficción quedó con el título de Tokyo Blues. Además de banda sonora, la música ha sido también un tema de sus libros: ha publicado dos sobre músicos de jazz y uno en el que conversa con Seiji Ozawa, un director de orquesta clásica.

Otro de los asuntos de Murakami ha sido el deporte. En muchas entrevistas ha confesado su pasión por correr kilómetros y kilómetros. Incluso ha publicado un libro en el que reúne los relatos de sus experiencias de atleta. El volumen se titula De qué hablo cuando hablo de correr. Allí compara la escritura de la novela con el entrenamiento necesario para superar las pruebas físicas de las competencias de alto gasto de energía.

Al parecer, al menos en el caso de los libros, el entrenamiento le ha servido al japonés: sus novelas son fenómenos de masas y, a pesar de ciertas reticencias de algunos sectores de la crítica, una voz valorada por los académicos. Esa doble condición de peso pesado en las ventas y artista de renombre se ha traducido en la recepción de los premios Franz Kafka, Hans Christian Andersens, y en su frecuente nominación —al menos en los cálculos de los medios informativos— al nobel de Literatura.

Más allá de las especulaciones sobre los laureles que pueda o no recibir, lo que sí es cierto respecto a Murakami es que está en la encrucijada entre oriente y occidente. En muchos momentos sus libros parecen escritos por un californiano o por un londinense, algo que no habla más de él y sí deja en evidencia una transformación de las nociones nacionales en la literatura.

La acusación de algunos sectores puristas de ser un autor poco japonés lo emparenta con un gigante del arte del siglo XX: con Akira Kurosawa. También al Emperador lo tildaron de artista prooccidental, algo que al director no le molestó en lo más mínimo. La cercanía de Murakami con la estética estadounidense responde, entre otras cosas, a la inserción de Japón en occidente tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial y la ocupación gringa de su territorio.

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Las objeciones a las novelas de Murakami parten del hecho de su distancia con las imágenes pop que se han difundido de la cultura japonesa. En sus historias no hay samuráis ni doncellas en kimono. Sí hay adolescentes perdidos en las calles de la gran ciudad y amantes que se alejan el uno del otro por los laberintos de la incomunicación.

No hay en estos libros mucho color local y sí altas dosis de vivencias compartidas por los habitantes de las grandes ciudades. Y esa característica, en un mundo globalizado, es una virtud para muchos y una falencia para otros. Para sintetizarlo en una imagen, los libros de Murakami están más cercanos artísticamente a Lost in Traslation —la película que Sofía Coppola rodó en Tokio en 2006— que a las postales del monte Fuji y los cerezos en flor.

Con esto en mente se entiende con mayor nitidez el fallo del jurado del Princesa de Asturias, que elogia “la singularidad de su literatura, su alcance universal, su capacidad para conciliar la tradición japonesa y el legado de la cultura occidental en una narrativa ambiciosa e innovadora”.

También el jurado hizo hincapié en la forma en que Murakami ha expresado “algunos de los grandes temas y conflictos de nuestro tiempo: la soledad, la incertidumbre existencial, la deshumanización en las grandes ciudades, el terrorismo, pero también el cuidado del cuerpo o la propia reflexión sobre el quehacer creativo”. Lo ha hecho en novelas voluminosas que se venden en las librerías con la velocidad de la literatura de los aeropuertos.

Seguramente unos meses adelante el nombre de Murakami saldrá de nuevo en las quinielas de los candidatos al nobel. Y, aunque se trate de futurología, de nuevo probablemente no será el escogido por los académicos suecos. Y será así porque es un novelista muy mainstream para los exóticos gustos de los jurados del premio literario más importante del mundo. Algo muy parecido le sucede a Stephen King.

Ángel Castaño Guzmán

Periodista, Magíster en Estudios Literarios. Lector, caminante. Hincha del Deportes Quindío.

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