Una de las voces que con mayor propiedad transmitieron la realidad sureña de los Estados Unidos, la de Harper Lee, se silenció ayer: murió, a los 89 años.
Lee era escritora singular. No solo por la calidad narrativa, sino porque fue autora de una obra: Matar un ruiseñor. Está bien que el año pasado, la editorial Harper Collin publicó otra novela, Ven y pon un centinela, pero parece que se trata de manuscritos de Matar un ruiseñor.
A partir de observaciones de la vida familiar y de los vecinos, armó su obra sobre un tema racial. Un hombre negro fue acusado de violar a una mujer blanca. Atticus Finch, abogado, asumió la defensa. Todo dicho desde una mirada infantil.
“La impresión que tengo de Harper Lee —comenta el escritor Darío Ruiz Gómez— es que hizo parte de una generación de escritores que consiguió contar la vida sureña con su atmósfera gótica y detenida, y de un mundo que permanece al margen de cualquier progreso moral. Eso mismo que en nuestro medio llamamos realismo mágico”.
Nacida en Monroeville, Alabama, el 28 de abril de 1926, allí vivió la mayor parte de su vida. En su infancia y juventud fue muy amiga de Truman Capote. Lee también tuvo un papel clave en la investigación para una gran novela de Capote: A sangre fría. En 1959, la autora lo acompañó a Holcombe, Kansas, para trabajar en ese relato.
“Una de las características más contundentes de Harper Lee —considera el escritor Óscar González Hernández— era la del realismo desde el que se hizo narradora. De ese realismo pudo extraer la estructura totalizante de Matar un ruiseñor. Para mí, este es un tratado sobre la vida libremente vivida y como nos incrustamos en la realidad para realizar lo que somos”.
“Jamás me imaginé que tendría algún tipo de éxito con Matar a un ruiseñor”, admitió la escritora a una emisora local.en 1964, en una de las pocas entrevistas que concedió entonces
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