A propósito del aniversario, El COLOMBIANO habló con Carlos Mario Aguirre y Cristina Toro, dramaturgos y actores del Águila Descalza.
País Paisa se ha estirado y recogido con el tiempo... ha durado dos horas, tres horas... Ahora que retoman la obra, ¿qué escogen? ¿Qué entra y que no?
Carlos Mario (C.M): “Ahora ha sido especial regresar a País Paisa porque yo estaba muy atormentado con todas esas improvisaciones. Al principio, cuando nosotros planteamos esta obra y la llevamos al escenario existían escenas que eran muy secas, teníamos nuestro parlamento de las brujas, por ejemplo, y éramos muy ceñidos al parlamento, a ciertas cosas. Y después, dentro de la historia de las brujas, empezaron a aparecer subhistorias y las historias se fueron agrandando. Por eso, cuando enfrentamos esta obra yo le dije Cristina, yo quiero que en este País Paisa y en esta celebración de los 40 años, regresemos a esa obra arcaica que teníamos antes, a esos orígenes de País Paisa, porque después sí, hubo muchas risas y muchas historias y las historias se agrandan y cosas por el estilo, pero para mí en alguna medida, perdió la inocencia.
Ya había también una especie de regodeo de mi parte con la obra. Me permitía contar tramos muy extensos en relación con cosas que yo iba inventando y que se iban creciendo como el pandequeso”.
Cristina Toro (C.T): “Claro, es que como la obra crece, entonces va desplazando ciertos fragmentos y ahora que ya uno tiene como esa visión de conjunto de lo que fue en otras épocas, lo que estamos decidiendo es un poco recortar o devolver a su punto original los fragmentos que se extendieron mucho para darle cabida a cosas que ya no estaban y que son muy bonitas y queremos reivindicar”.
C. M: “La historia del niño y la mamá... Hay cosas que las mantendremos y que se fueron creando con el tiempo”.
C. T: “O la Sota de copas, por ejemplo, que se fue y volvió, y es una escena con la que inicialmente cerrábamos la obra porque cuando ya estábamos terminando de montarla para su estreno original y nos faltaba el final, salió en El Mundo un artículo de Ricardo Aricapa contando la historia de la Sota de Copas, que era un cotero de la plaza que apostaba que era capaz de tomarse una botella de aguardiente de un solo trago y si, ganó la apuesta, pero se murió.
Ese era el final simbólico que alude a esa pretensión del paisa, del yo todo lo puedo a toda costa, así me muera. Entonces es como una pregunta mortal ¿de qué le vale esa valentía al paisa? De que le vale ser el putas de Aguadas o Arcesio Calle o todos esos personajes simbólicos que han sido los representantes de la ideología, de la pujanza, del progreso y del poder, de ese ego magnificado ¿Qué sentido tiene? Como dice la canción, Sota de copas, que jugando ganó la apuesta pero perdió el corazón”.
Esta es la obra más conocida de ustedes, por la que mucha gente los conoció y los ha visto, ¿cómo ha sido revisitarla después de tanto tiempo?
C. T: “Bueno, es especial porque fue la comprobación de que nunca se fue, de que siempre estaba ahí. Los textos están intactos y nosotros como unos loros mojados los repetimos como si fuera un rezo, una letanía. Es impresionante. Y a una velocidad que uno dice, qué bueno que uno pudiera estrenar una obra en la madurez en la que está País Paisa, porque es una obra que ha recorrido más tablas que todas las demás. Entonces es muy rico, es muy emocionante, es como volver a la casa”.
C. M: “Sí, se encuentra uno con viejas historias y amigos que nunca se habían ido. De pronto estamos en la casa almorzando y yo empiezo... y no es como si estuviéramos ensayando, sino como que si estuviéramos, como dice Cristina, casi que rezando”.
En esa obra se condensa esa forma de hacer teatro que ustedes se inventaron, con música, con ese humor tan propio...
C. T: “País paisa no solamente reúne una manera de hacer teatro en la que por supuesto Carlos Mario, que era quien tenía toda esa trayectoria como actor que ya había sido formado, desde 1972, cuando empezó a hacer teatro en el colegio y después todo su paso por la escuela de la Universidad de Antioquia, de la cual fue fundador, el taller de Artes, que fue una experiencia muy importante, la fanfarria y otros grupos, más su trabajo como actor independiente y su experiencia como mimo, en fin, ya había un concepto de una manera de hacer teatro, ya eso tenía como un fogueo, tenía una mezcla, tenía un estilo, pero a la vez estaba inscrito en una sociedad que carecía de la costumbre de asistir a teatro.
La gente temía ir al teatro. Buena parte desconocía de que se trataba, pensaban que eso no era para ellos. Había una serie de seguidores del teatro, sobre todo estudiantes y de alguna manera intelectuales, pero la gente de la calle, común y corriente, las amas de casa, no pensaban que tuvieran algo que hacer en un teatro.
Y para eso lo que estaba faltando era una dramaturgia que nos narrara. Entonces poder integrar esa técnica, ese modo de hacer teatro que distaba completamente de la tradición costumbrista que se había conocido y difundido por ahí hasta los años 50, con esa dramaturgia propia logró esa sinergia y se concretó en la construcción de una obra que aludía a la gente del común, pero desde un lenguaje más contemporáneo, reflexivo, profundo, pero a la vez con la comedia como hilo conductor.
La gente en un momento como el 86, cuando la ciudad estaba en un conflicto tan fuerte como el que estaba viviendo, en medio de tantas contradicciones y tantos temores y tantas luchas y tantos problemas, poder ir a reírse era una alternativa, era un bálsamo, era algo necesario.
Todo eso, sumado a la historia de nosotros dos como pareja que llamaba la atención, ver el par de jóvenes que decidían vivir del teatro cuando eso era imposible, la decisión era más bien morir del teatro y se demostró que no, que no nos moríamos.
Pero era la ilusión de una pareja, que es la misma ilusión del Horizontes, el cuadro de Francisco Antonio Cano, que es un símbolo de la obra y es la imagen que presentamos, la réplica nuestra de la parejita que sale del campo y se va para la ciudad y que está señalando un horizonte. Ese horizonte que los paisas han buscado como población y que es un espíritu de búsqueda, del más allá, de ensayar una fortuna y desafiar la adversidad, eso estaba inscrito en la gente que nos empezó a visitar.
Yo creo que por eso la obra fue tan pertinente y por eso la obra arrastró un una oleada de gente que no ha cesado”.
¿Cómo recuerdan esos momentos del estreno de la obra hace 40 años?
C.M: “Es que eso fue una locura. Eso nunca se había visto. Nunca, nunca, jamás en la vida. Ya nosotros habíamos ampliado el teatro de Laureles para hacer Boleros en su ruta, y eso no cabía la gente. Y de ahí en adelante, como por 190 funciones, el teatro no paró, incluso empezamos a hacer funciones dobles”.
C. T: “Fueron 167 funciones en el teatro de Laureles, me acuerdo perfectamente”.
C.M: “A las 2:00 a.m. estaba sonando el teléfono: boletas, boletas. Era impresionante. Nosotros no nos creíamos lo que estaba pasando y así fue en toda parte. Al año siguiente, cuando llegamos al Metropolitano, Cristina reservó tres funciones...”.
C.T: “Y Joaquín Valencia me dijo, ¿estás loca? Cuando yo traigo a Paloma San Basilio o a Serrat, anunció una. Sí, la llenó, anunció la segunda, pero nunca tres... Aún así terminamos haciendo 70 funciones en el Metropolitano”.
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Con esta obra alcanzan un reconocimiento enorme, más allá del teatro. ¿Cómo lidiaron con eso? ¿Y cómo fue escribir la siguiente obra?
C.T: “Salir de País Paisa fue muy difícil. Menos mal 40 años después podemos decir hay otras 40 obras o más escritas, vividas, montadas y triunfadas con el público y que estamos reivindicando ahora con el proyecto de Elencos Águila para que sigan vigentes y para que otros públicos las puedan conocer, porque ya no nos da el tiempo para volverlas a presentar.
Pero nos pudimos haber quedado ahí, por fortuna no fue así, pero también por fortuna podemos volver a eso que ahí está vivo y vigente”.
C. M: “Inclusive después de cinco años de estar haciendo País Paisa nosotros todavía no sabíamos qué era lo que estaba pasando, eso nos pudo a nosotros en ese momento, incluso la gente era enloquecida con País Paisa, no querían sino País Paisa.
El siguiente paso fue Trapitos al sol, ahí pudimos salirnos de esa locura, que fue tan linda, pero tan espantosa y que en un momento nos agobió tanto”.
Las obras de ustedes tienen una particularidad, la gente las siente muy propias, nadie sabe cuándo es realidad, cuándo es ficción...
C.T: “Eso lo dice mucho Carlos Mario, que hablamos por boca de otro más grande que es el pueblo. Lo que hemos hecho es mirar, mirar bien y amar este pueblo y mostrarlo, retratarlo, interiorizarlo y darle valía, porque hay voces que estaban en silencio y acalladas y aquí vuelven y aparecen y se resignifican”.
La obra es como una relación de amor y odio con lo paisa...
C.M: “Sí, porque no se pretendía una apología de los paisas y un regodeo en una visión casi que caricaturesca o edulcorada del paisa de mostrar una tierra, el paisaje magnífico y todo poderoso y capaz.
La obra compromete necesariamente un recusamiento de lo que son múltiples formas de comportamiento terribles de los paisas, formas de actuar machistas, profundamente deleznables, eso lo mostramos en la obra y yo creo que la gente lo entiende y se compromete, sin que nosotros tratemos de dar ningún mensaje al respecto, sino que los personajes los presentamos en su inocente crueldad o en su crueldad sabida y consciente.
Nos interesaba eso, no simplemente hacer un jueguito escénico y una apología de lo paisa por encima de todas las cosas del mundo. Porque además en nuestro trabajo, a todo lo largo y ancho de la obra del Águila Descalza, comprendemos esa dramaturgia como una tragedia del lenguaje.
Lo que estamos haciendo aquí es tragedia, esa es la base fundamental”.
C.T: “La tragedia de vivir en familia, la tragedia de crecer en sociedad...”
C.M: “La tragedia es la base fundamental de la comedia, sabiéndola hacer, porque cuando uno pretende mucho, no llega nada. Y en ese aspecto de la risa, sobre todo si lo que se intenta cuando se escribe, cuando se actúa, es salir a que la gente se ría, puede ser duro y difícil, aunque se puede lograr.
Para mí es muy gratificante que la gente se ría, inclusive llegó un momento en que hicimos muchas reflexiones sobre el humor y cuando es necesaria la risa o cuando no, porque la gente necesita, y nos dicen a veces eso, que necesitan reír, y mucho, como también necesitan llorar.
Pero el propósito fundamental es salir a amar. Amar al espectador. No como frase de cajón, no. Cuando estamos allá metidos y nos decimos firmes y dignos con el cuchillo entre los dientes, sabemos que ahí están, esperando, y que no podemos permitir que ellos vengan a perder su tiempo, que lleguen con una ilusión y despacharlos sin ella”.
C.T: “Creo que esta obra también tiene eso de revivir la emoción del origen, el reencuentro con la raíz y no necesariamente paisa, por eso la obra ha funcionado en entornos latinoamericanos con tanta fluidez y con tanta solvencia, porque todos venimos de una colonización, todos tenemos la mezcla y el mestizaje a cuestas, tenemos el paso de lo rural a lo urbano, que es lo que se representa en esta obra. Finalmente, esta es una obra sobre la migración, sobre querer llegar lejos”.