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Adiós al astro del fútbol mundial

  • Diego Armando Maradona falleció a los 60 años. FOTO AFP
    Diego Armando Maradona falleció a los 60 años. FOTO AFP
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Juan Diego Quiceno Mesa | Publicado el 25 de noviembre de 2020

Banderas a media asta, tres días de luto y una pandemia que hace de taco en la garganta. Argentina no sabe qué hacer, el mundo apunta hacia allí esperando algún gesto, de esos tan argentinos, que describa la parálisis en la que la muerte de Diego Maradona nos mantiene. El rumor corría por las redes. Los periodistas en vivo buscaban razones de la salud del astro. A las 11: 35 de la mañana, la albiceleste confirmó el deceso.

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El tiempo transcurrió desde allí a paso lento. El hoy, y cualquier atisbo de mañana, se plegaron al pasado. Este fue el gol de Maradona; esta fue la frase de Maradona; así fue la relación de Maradona con... Todo se redujo a ese ayer glorioso en el que el mundo era el lugar en donde vivía Maradona.

Su muerte se convirtió, igual que él, en un mito. De vez en cuando asustaba, con sus entradas esporádicas y peligrosas a las clínicas. Horas después se alejaba, con la sonrisa despreocupada de Diego, a veces en silla de ruedas, otras tantas caminando, como si no hubiera tenido al filo de un abismo al mundo. Como si su halo de divinidad fuera capaz de sostener eternamente el cansancio de su cuerpo humano.

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Así pareció ser el pasado 3 de noviembre, cuando se informó de su ingreso a una clínica de Buenos Aires. Nada preocupante, intentaron calmar los doctores. “Está emocionalmente mal”. Las pruebas los desmintieron esa misma noche, cuando revelaron que El Pelusa tenía un hematoma subdural por el cual seria intervenido. La vida de Diego se sumió, a partir de allí, en un poco común hermetismo.

La perspectiva podría decir que allí se torció la historia. Los días transcurrieron y de Maradona no se supo nada. La abstinencia de sus conocidas adicciones lo atacó y su ánimo no mejoró. La pandemia lo encerró en casa, como lo hizo con la mayoría de su generación, alejándolo de su pueblo, ese que lo amó, lo admiró, y también odió y desdeñó.

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Ya Eduardo Galeano, el escritor uruguayo, lo definió con belleza: “Diego Armando Maradona fue adorado no sólo por sus prodigiosos malabarismos, sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses”.

Se encaramó al cielo cuando en sus piernas Argentina encontró el grito de victoria que una guerra con Inglaterra le negó. 90 minutos se redujeron a 5, los que tardó en marcar el gol más polémico de la historia del fútbol y poco después, eludiendo a 6 ingleses en una carrera interminable, el llamado gol del siglo. Argentina le ganó 2-1 a Inglaterra en el Mundial México 1986 y predestinó que levantaría la Copa.

Supo a revancha. “Gracias por haber existido”, tuiteó el presidente de Argentina Alberto Fernández. Pocos seguirán hablado de la pandemia en ese país, de sus casi 2 millones de contagios y sus más de 37 mil muertes. Separar al dios de su cuerpo humano fue una tarea imposible para el mundo. Tal vez incluso para él.

La tarde de este 25 de noviembre los medios reportaron la llegada de ambulancias a la casa de Diego Maradona en Buenos Aires. Un paro cardiaco dejó al mundo sin su 10. Las banderas ondean a media asta; la Plaza de Mayo espera, ansiosa, ofrecer el último adiós. Los estadios, la iglesia en la que tanto predicó, permanecen vacíos y en silencio, tal como está hoy el fútbol sin Diego.

Juan Diego Quiceno Mesa

Periodista de la Universidad de Antioquia con estudios en escritura de guión de ficción y no ficción.


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