Por Oswaldo Bustamante e.
La última vez que vi a Pambelé fue hace diez años. Estaba sentado en una silla plástica, en medio de un gran jardín. Vestía de bermuda, camiseta y gorra, todo de color azul; tenis grises y medias tobilleras blancas. En su rostro se le veía el paso de los años y una mirada que, a veces, se perdía en el horizonte. Pero no sus brazos que aún se notaban fuertes, tal como su voz ronca.
Era la fundación La Luz, con sede en el barrio El Poblado, a donde había llegado con la intención de someterse a un tratamiento de recuperación integral de su adicción a las drogas. Pambe tenía 62 años y un futuro incierto.
Ese día, el viernes 14 de julio de 2007, me confesó que jamás se había sentido tan bien acompañado. Extraña parecía tal afirmación en un hombre cuya carrera boxística le dio la vuelta al mundo, y que le permitió ser incluido en el Hall de la Fama.
Pero era cierto. Los “amigos”, que cayeron como gallinazos en su época de gloria cuando tenía dinero hasta para botar, y las malas decisiones lo llevaron al despeñadero del alcohol y las drogas. Y lo abandonaron. Se quedó solo con la compañía de su Carlina del alma -esposa-, el afecto de su hijo José Luis -con el que aún vive- y las llamadas, de vez en cuando, de sus otros diez retoños.
Ellos y una fuerza interna que sacó, quién sabe de dónde, le permitieron a Antonio Cervantes Reyes salir a flote. Hoy, cuentan quienes le han visto en estos últimos diez años, es otra persona. Más asentado y alejado de aquel mundo que lo llevó a ser repudiado por todos y a que los medios de comunicación se ensañaran en él como un producto que subía el rating en pantallas y en las ventas de papel.
Pambelé sonreía de vez en cuando y lanzaba al aire sus brazos con los puños cerrados como si estuviera golpeando a un rival imaginario. Pero respondía las preguntas con claridad y sin eludir nada, hasta reconocer sus errores, porque, recuerdo, insistía en un mensaje: “Quiero que la juventud no se pierda en las drogas, un mal que está acabando con la gente”.
La nueva vida
El exboxeador que se retiró en 1983 a la edad de 42 años dejando un increíble récord de 106 pleitos, 91 triunfos (45 por la vía rápida), 12 derrotas y 3 empates, vive en la tranquilidad de su casa finca La Mancandana, ubicada en Turbaco, afueras de Cartagena, al lado de la infaltable Carlina, José Luis y tres nietos.
“Está más lúcido que nunca”, relata Francisco Piña, dirigente del boxeo internacional y amigo de Pambelé. “Hace unos días disfruté una agradable tarde con él y su familia. Tiene una mente intacta, está bien, gracias a Dios y a esa extraordinaria mujer que ha estado con él en las buenas y en las malas”.
Cuarenta y cinco años atrás, el 28 de octubre de 1972, este hombre de tez negra y ancestros africanos había protagonizado la gesta más importante del deporte colombiano: ser el primero en conquistar un título mundial profesional para el país. Casi al filo de la medianoche de ese sábado, noqueó en el décimo asalto al campeón de ese entonces, Alfonso Peppermint Frazer para acreditarse el fajín del peso welter júnior (140 libras) de la Asociación Mundial de Boxeo.
Este hecho siempre está en la memoria de Pambe -como le llaman todos-, el hijo más ilustre de San Basilio de Palenque, un poblado al sur del departamento de Bolívar, enclavado en las faldas de los Montes de María y que rememora el poblado más representativo de la época de la colonia y los esclavos africanos escapados de Cartagena, y donde se hizo boxeador.
Por muchos años, cada vez que se conmemoraba este hecho, Cervantes madrugó, religiosamente, a llamar a sus más cercanos conocidos para recordarles que este día había conquistado la corona, que lo felicitaran.
Tampoco ha olvidado, pese al paso del tiempo, cómo fue el desenlace del combate que inicialmente estaba pactado a 15 rounds en el Gimnasio Nuevo Panamá, de la capital de ese país centroamericano y en el que no era favorito.
El recuerdo de la pelea
“En el octavo round, recuerdo, me pegó dos buenas manos que casi me tiran al suelo. Quedé aturdido pero pude terminar. Así que en el noveno entré con ganas de noquearlo porque no podía esperar más. Le di buenos golpes en la zona media y le rompí la nariz, pero lo salvó la campana. En ese instante me dije: del décimo no pasa”, relata como si estuviera viendo una película.
Así fue. “Salí dispuesto a todo. De entrada, lo cogí con un recto de derecha en la barbilla. El hombre se cayó. Y cuando el árbitro dijo que siguiéramos, le metí otra derecha, esta fue en el hígado y... allá va, otra vez al piso”.
Cuenta que temblaba mientras el árbitro demoraba el conteo, intentando quizás que el campeón pudiera recobrar aire. “Pero, ese bárbaro de Peppermit se paró trastabillando. La gente ya no gritaba. Me le fui encima y le metí un upper en el mentón que lo dejé tendido en la lona por tercera vez. Eso fue algo inolvidable. Oía voces, gritos. Sentí que me alzaron los brazos, ya era campeón”.
El previo al viaje de Cervantes no había sido el mejor. Se instaló en Venezuela, a donde fue a parar porque en Colombia poco creían en sus capacidades, situación que fue aprovechada por el empresario Ramiro Machado para hacerse su apoderado y ponerlo en manos de un zorro adiestrador como Melquiades Tabaquito Sáenz, quienes fueron realmente los que llevaron al colombiano a conquistar el título y a convertirlo en uno de los más ganadores.
Pocos pueden contar con la historia de haber celebrado 18 defensas exitosas en 21 peleas de campeonato mundial.
“Esta dupla formó, profesional e integralmente a Pambelé. Pero lo que realmente hizo que este combate tuviera la importancia y vigencia que hoy mantiene es que estuvo rodeado de un terrible ambiente en que se disputó”, advierte Piña.
Y así fue porque solo había incredulidad en el pueblo colombiano, que no daba nada por un triunfo en la pelea por los comentarios de que todo estaba arreglado para la victoria de Frazer, incluso con la anuencia del general Omar Torrijos, quien en 1968 había encabezado un golpe militar en ese país hasta convertirse en jefe de Estado; el estar en un país ajeno y frente a un escenario abarrotado de panameños y ante un rival de peso.
“Por eso la gente se enloqueció, por eso nos sentimos ganadores por primera vez de manera tan contundente. Él nos mostró que sí se podía ganar”.
Y lo hizo en una caldera, como lo advierte Raúl Porto Cabrales, historiador y hombre del boxeo, quien fue testigo de excepción esa noche de hace 45 años.
“Pambe ganó de puro físico, pues estaba preparado para pelear 20 o más asaltos si fuera necesario. Todo estaba en su contra, hasta el árbitro -Isaac Herrera que era panameño y también puntuaba en la pelea, y un público furioso que apoyó a su ídolo local. Fue una noche con bastante humedad y un calor desesperante en la que Pambelé sabía que si no lo noqueaba, perdía por decisión”.
Nos puso a celebrar
Las manos de Cervantes aún se aprecian fuertes aunque con menos carnes. Con ellas le entregó al país ese golpe de esperanza que el deporte necesitaba en una época en la que primaban las “victorias morales” y la frase de “nos faltó cinco para el peso”.
Y su vida, entre realidades -72 años, próximos a cumplir el 23 de diciembre-, familia y la tranquilidad de su casa finca, relata la historia de un hombre de escasos recursos, de una niñez con carencias, una juventud entre golpes y una brillante carrera profesional que hoy, incluso, pocos campeones del mundo llegan a siquiera la mitad de las peleas que él celebró.
Pambe nos puso a festejar en momentos en los que estaba en pleno apogeo el ciclista cundinamarqués Álvaro Pachón, quien un día después de la hazaña de Pambelé, se proclamó campeón de la 19ª. Vuelta a México y del tenista antioqueño Iván Molina, quien ese mismo día había vencido a una leyenda del deporte blanco: Guillermo Vilas. Y en un año en que Colombia tenía de presidente al conservador Misael Pastrana Borrero y en el que alcanzó tres medallas olímpicas en Barcelona (Helmut Bellingrodt -plata en tiro- Clemente Rojas y Alfonso Pérez -bronces en boxeo-).
Este hombre que 45 años después sigue siendo el más grande de todos, y al que el país le debe un homenaje, sabe que por estos días muchos recordarán esa hazaña, cultivada a punta de golpes... ¡Salud, viejo Pambe! n
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