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Me importa un comino

  • Me importa un comino
Publicado el 08 de febrero de 2016

A la entrada de la finca está su comino crespo favorito. Uno al que le saca 100 palitos cada ocho meses. Joyas que brotan de un árbol casi extinto, de entrañas doradas, que valen lo que vale el oro. Vaya ironía resulta para él y los visitantes ver ese ejemplar frondoso y bien cuidado, con una de las maderas más apreciadas del mundo, delante de una casa que estaba a punto de caerse y cuyos canceles están hechos con tablas baratas.

Hoy Rodrigo de Jesús Tobón se dedica a reproducir los cominos crespos que hace medio siglo rodeaban su finca y que estuvieron cerca de desaparecer, no solo allí sino en toda Antioquia. Aquellos árboles de cavidades atigradas que conoció un día junto a su padre Joaquín Tobón, su madre Sixta Tamayo y sus hermanos.

“Los conocí hace 50 años, por mi papá -cuenta Rodrigo, que tiene 68 de edad-. Ese palito lo iba a aserrar para sacarle platica y así fue. Cuando regresé a la finca, 20 años después, estaba mochado pero tenía tres retoños que estaban grandes. Le corté dos y uno engrosó y vea ese lujo que es ahora. Ese palo es el recuerdo para toda la vida hasta que me muera”.

Este padre del comino crespo tiene cuatro árboles de 5, 9, 19 y 50 años. Tres a solo 20 metros de su finca, donde vive junto a sus dos hermanas y dos perros que lo acompañan a todos lados. “Los cominos nacieron en la orilla de esta vía que comunica a Jericó y Támesis, exactamente en la vereda La Mama, del sector de Vallecitos”. Luego señala un cuarto árbol rodeado por un cafetal a unos 100 metros de su casa.

“Ese árbol fue con el que comencé. Vea cómo es la vida, ese árbol nació gracias a los pájaros que llevaron sus frutos debajo de los palos de café haciendo un semillero. Por comerse la cascarita, dejaron ahí la semilla. Cortando la maleza encontré esos palitos, me los llevé pero dejé uno hace 20 años y vea”. Y mira ese árbol decorado con hojas verdes, amarillas y frutos que parecen uvas, en el cafetal que aún es de su propiedad.

El currucutú, una especie de búho muy común en esta región, la gallina ciega y el murciélago se encargan de repoblar las montañas de Antioquia con comino crespo, un árbol de madera resistente al comején, que se encuentra amenazado por la tala en Colombia, uno de los países de la Amazonía donde todavía se conserva. Su nombre es Aniba perutilis que significa en latín “muy útil”, lo llaman también el “oro vegetal” por los destellos dorados que da su madera después de tallada, y que pesa y es compacta como el metal.

El comino es un árbol peculiar: en su primera fase puede parecerse a una planta de coca, pero en su etapa de maduración, después de los 25 años, crece más de 20 metros. De su tronco gris se desprenden bejucos hermosos por los que caen hojas color verde y amarillo, que parecen flores. Sus frutos se parecen a ciruelas o lucecitas que decoran los árboles de navidad. Su sabor es amargo y su olor es el de un bosque de pinos.

“El comino crespo es el palo más hermoso que puede haber, el más fino. Usted clava un palo en la tierra y le puede durar ahí 100 años -explica Rodrigo-. Pero está muy escaso, la mayoría los acabaron. Hay en tres o cuatro departamentos, nada más”. Solo se encuentra en Antioquia, Valle del Cauca, Magdalena y Amazonas.

Según Corantioquia, en el departamento hay comino crespo en los municipios de Andes, Jericó, Támesis, Jardín, Sonsón, Liborina, Caldas, Barbosa, Anorí, San Carlos, San Luis, Urrao y Mutatá. El libro rojo de plantas de Colombia lo ubicó en la categoría de especies en “peligro crítico” por la tala de bosques y por ser una especie de largo tiempo de cosecha. El comino puede tardar hasta 50 años para producir madera de uso comercial, por eso en Antioquia es prohibido el “aprovechamiento y vedada su explotación bajo cualquier modalidad”, reza el documento oficial.

“Parte precisamente de la escasez de este árbol es que tiene unos ciclos de vida muy largos. Mientras nace, florece y tiene semilla es un proceso larguísimo. Eso hace que entre sembrar un árbol y su maduración pase mucho tiempo. Pensamos en la posibilidad de multiplicarlo para tener grandes cantidades en corto tiempo y eso nos llevó a estudiarlo”, afirma Rodrigo Hoyos, doctor en biología de la Universidad de Michigan y coordinador del grupo de investigación del comino crespo en la Universidad Nacional de Medellín.

18 años lleva Rodrigo de Jesús Tamayo Tobón cuidando un árbol casi extinto.
18 años lleva Rodrigo de Jesús Tamayo Tobón cuidando un árbol casi extinto.
La casa del comino

La casa donde vive Rodrigo con sus cuatro cominos tiene 100 años, y es de madera mitad roja y mitad blanca. Tiene cinco habitaciones y está al borde de una carretera destapada, rodeada por montañas y árboles gigantes y melenudos. En la entrada tiene dos piedras que sirven de sillas y una banca para las visitas. Tiene diez plantas de flores metidas en ollas, baldes de pintura y galones de gasolina. Se llaman “Alegría, Rosa pequeña, Novia y Novio rosa y violeta”, dice su hermana Marina.

La finca tiene 7.000 palos de café, que riegan con el agua de la montaña que les trae la quebrada La Mona, y que les dan seis arrobas cada mes, unos 400.000 pesos. Además tienen 200 matas de maíz y plátano para el consumo en su hogar.

Rodrigo abandonó su finca durante 20 años, rodó por Santa Bárbara, Fredonia, Valparaíso, Ciudad Bolívar, Andes, Betania y Jardín. Recogía café y jornaleaba. Al volver, halló una finca que se caía a pedazos. “La casa tiene cuatro cuadras y es de 15 hijos. Imagínese lo que me toca a mí”, explica Rodrigo, que viste pinta dominguera: camisa a cuadros, zapatos empolvados y unos pantalones amarrados con una correa artesanal de cuero de vaca de Jericó.

Con las semillas cultiva las plántulas que vende a 8.000 pesos. Ha vendido y regalado más de 5.000 árboles. Desde el exalcalde de Jericó hasta el bisnieto del fundador del municipio le han comprado cominos.

“Cada 8 meses salen 100 palitos. Los vendía a 3.000 pero después de la fiesta que me hizo Corantioquia, en Medellín, lo subimos a 8.000 y no me dejan parar palito. Es que si hubieran 2.000, esos se vendían. Lo que falta es con quién trabajar”. Rodrigo recibió la Distinción de vida 2014, reconocimiento de Corantioquia por su trabajo como guardián del comino crespo.

“La semilla se vuelve morada como la uva y se cae. La recojo, la pelo y ahí mismo la siembro y comienza a salir el retoñito”, cuenta sobre el proceso que sigue hace 18 años, cuando redescubrió esa madera que sirvió para entrerrieles de ferrocarril y vigas de industrias.

“Me enamoré del comino porque estaba descontinuado y era buena madera. Al ver que ese árbol botaba las frutas y se perdían lo comencé a sembrar. Se siente mucha alegría cuando alguien me dice que mis cominos están grandes y hermosos. Mi sueño es ver el comino crespo por toda Colombia, hasta en las selvas. Ver ese recuerdo de mi persona. Porque esos arbolitos son como hijos míos”.

Pero el arte de Rodrigo puede desaparecer. El “padre del comino” no tiene hijos que sigan su labor. Ha debido, además, trabajar muy solo, sin apoyo oficial o algún inversionista que alcance a apreciar la historia suya y la de una madera tan mítica y tan antioqueña como los mismos arrieros y colonos que la gastaron sin pensar que tanto brillo y finura hoy valen oro..

Contexto de la Noticia

Juan Luis Mejía Arango

Este artículo se publicó en el aniversario 104 de EL COLOMBIANO, con Juan Luis Mejía como director invitado.

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