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Especiales

Juan Carlos Mora

Una plataforma digital, la estabilidad de Diana

  • Los ingresos de Diana Marcela González son el sustento de ella y seis miembros de su familia. FOTO EL COLOMBIANO
    Los ingresos de Diana Marcela González son el sustento de ella y seis miembros de su familia. FOTO EL COLOMBIANO
Publicado el 06 de febrero de 2020

“Si Dios me lo permite, y me ilumina, este año compraré casa”. Con esta frase Diana Marcela González López dibuja su rostro con una sonrisa y responde de manera contundente cuál es su próximo proyecto.

Con 33 años y conocimiento escolar hasta primero de primaria, lleva vinculada a Hogaru dos años y medio, empresa que ofrece servicio de limpieza por días a hogares y oficinas y que tiene como diferenciador una plataforma digital para atender estos requerimientos y que opera hace cinco años en Colombia.

Es su primer trabajo formal. Antes también estaba ocupada en servicios para viviendas, con lo que recibía un pago de 150.000 pesos quincenales, y quedaban a su discreción los aportes a salud y pensión. Le pagaban en efectivo por lo que no tenía acceso al sistema financiero ni lo que implica. Vendía arroz con leche, hojuelas, panelitas...

Estabilidad es la palabra con la que define este periodo: recibe un salario mínimo, por su remuneración le consignan cesantías, su aporte para salud y pensión como dice la Ley, y le dan bonificaciones. Por cada año se ve beneficiada con un ingreso adicional; este 2020 son 40.000 pesos, el valor aumenta año a año.

Ese es el reto mayor que propone la plataforma, retener el talento humano en su tránsito a la formalidad, que para algunas trabajadoras se transforma en deserción: “el periodo más crítico son los tres primeros meses”, dijo Nicolás Restrepo, líder de crecimiento de Hogaru.

Por esta razón los beneficios son varios e inician en el primer trimestre con 60.000 pesos como bono de cumplimiento mensual, es decir, si no ha faltado ningún día a trabajar; desde el cuarto mes es de 75.000 pesos, entre otros.

“Esas bonificaciones ayudan mucho”, sostiene Diana Marcela, siendo ella el único integrante de la familia que aporta dinero en su hogar. Con estos recursos alimenta y suple las necesidades de sus padres Nicolás Alberto González y Adriana María López, sus dos hijas, María Salomé Henao y Valentina González, de ocho y 12 años, respectivamente, y dos hermanos.

Es así como el hogar González López es similar al del 33,7 % de los registrados en el país con liderazgo femenino, es decir, 1,46 millones de mujeres que no tienen cónyuge, son jefe de hogar —y es reconocida en su familia como tal— y tienen hijos menores de 18 años, según los datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane).

Hay otro asunto, este trabajo la llevó a ser bancarizada a través de su cuenta de nómina y a obtener su primera tarjeta débito que le permite la consignación quincenal del salario.

La casa nueva, que es para los siete integrantes de este hogar, dejó de ser una idea lejana al conseguir estabilidad económica y el acceso a cesantías (dinero que abona el empleador a las cuentas de cada trabajador por cada año laborado) para ser un sujeto posible para acceder a crédito en el Fondo Nacional del Ahorro; Diana Marcela espera que a finales de febrero inicie el proceso para tener su propio hogar.

Un presente mejor

Gracias al trabajo de Diana Marcela, sus hijas no tuvieron que iniciar labores desde pequeñas. Historia muy distinta a la de ella misma, nacida y criada en el municipio de Andes, en donde aprendió a trabajar con sus padres, quienes estaban vinculados a una finca cafetera, él dedicado a la recolección, y ella, al servicio de la alimentación de trabajadores.

De allí es que la protagonista de esta historia sabe lo que sabe. En 2003, llegó con su familia a Medellín cuando sus padres se desvincularon de su relación patronal y vinieron a la ciudad por idea de su abuela. Estudió en el colegio primero de primaria y por las necesidades de su familia vio que se requería de su trabajo para ayudar al sostenimiento de su hogar.

En ese momento llegaron a vivir en la casa de su “papito”, el abuelo, lo que hizo que 22 personas vivieran en el mismo recinto, del que salió en cuanto pudo para trasladarse a otro en el que vivió siete años, y con el crédito espera poder comprar la casa que arrienda desde hace dos meses en el barrio Loreto—.

El capítulo del rebusque: bolis, tintos, fruta y los recursos inciertos parece haber quedado en el pasado. El reto además de conseguir vivienda es que sus hijas sigan estudiando: la mayor está en el Colegio San Nieves de la Milagrosa y la segunda en la Escuela Santo Tomás, a los que tienen acceso de manera gratuita.

La más pequeña quiere ser cantante y la mayor, médica, dos sueños que ya han cambiado varias veces a su corta edad, pero sin importar eso, lo que tiene claro Diana Marcela es que debe “trabajar duro para que ellas puedan ser alguien en la vida”.

“Mi trabajo no es deshonra, pero sí es duro y quiero que ellas sean profesionales. Ellas deciden qué camino tomar. Yo quería ser azafata y vea, ¿mi sueño dónde quedó? Hoy le doy gracias a Dios por tener a mis hijas y una mamá que me apoya en todo, ella me enseñó a trabajar. Yo les ayudo hasta donde pueda y ahora hay muchas cosas para estudiar”.

¿Y Diana Marcela se va a animar a acabar el colegio? Suelta una carcajada y dice “Sí, ese es el plan para este año. Comprar casa y estudiar. Va a ser durito, pero hay que hacerlo”

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Contexto de la Noticia

Juan Carlos Mora Uribe

Este artículo hace parte de la edición del presidente del Grupo Bancolombia. Director del bloque de Actualidad y Opinión del Aniversario 108 de EL COLOMBIANO.

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