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Marea amarilla para empujar el sueño mundialista de Colombia se tomó a Ciudad de México

La Selección debuta este miércoles (9:00 p.m.) ante Uzbekistán en medio del entusiasmo de sus hinchas.

  • Los aficionados colombianos se tomaron las calles de Ciudad de México para realizar el banderazo para respaldar a la Selección que dirige Néstor Lorenzo en el Mundial de Norteamérica. FOTOS JUAN ANTONIO SÁNCHEZ
    Los aficionados colombianos se tomaron las calles de Ciudad de México para realizar el banderazo para respaldar a la Selección que dirige Néstor Lorenzo en el Mundial de Norteamérica. FOTOS JUAN ANTONIO SÁNCHEZ
  • Marea amarilla para empujar el sueño mundialista de Colombia se tomó a Ciudad de México
hace 1 hora
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La lluvia amenazaba con quedarse durante toda la jornada. Desde temprano, las nubes cubrieron el cielo de Ciudad de México y una neblina ligera se aferró a los edificios, a las avenidas y a los parques de una capital acostumbrada a recibir visitantes de todos los rincones del mundo.

Sin embargo, este martes la ciudad tuvo un color distinto. El gris habitual de la mañana fue cediendo terreno ante una invasión de amarillo, azul y rojo que parecía no tener fin.

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Era el día previo al debut de Colombia frente a Uzbekistán en el Mundial y la capital mexicana comenzó a respirar un ambiente diferente. Bastaba caminar unas pocas cuadras para encontrarse con una camiseta de la Selección Colombia. Luego aparecía otra. Y otra más. Después eran familias enteras, grupos de amigos, parejas, niños cargando banderas y hasta abuelos que, con orgullo, exhibían los colores patrios como si estuvieran recorriendo las calles de Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla.

Pero estaban a miles de kilómetros de casa. Aun así, nadie parecía sentir la distancia.

La fiesta colombiana se apoderó de Ciudad de México. “Qué padre los colombianos”, repetían varios mexicanos al observar el desfile de alegría que acompañaba a los aficionados cafeteros. Algunos se detenían a grabar videos, otros pedían fotografías y muchos terminaban sumándose a los cánticos que surgían espontáneamente en plazas, estaciones de transporte y alrededores del estadio Azteca.

Porque si algo caracteriza al colombiano es su capacidad para convertir cualquier lugar en una celebración. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

Los vendedores ambulantes hacían sonar parlantes con vallenatos y salsa. En las terrazas de los cafés se escuchaban conversaciones sobre alineaciones y pronósticos. Las banderas ondeaban entre la lluvia mientras los hinchas se abrazaban como si se conocieran desde siempre.

El fútbol había logrado lo que siempre consigue en los grandes escenarios: reunir a desconocidos bajo una misma pasión.

Entre la multitud destacaba Paola Guerrero, una joven oriunda de Villavicencio que desde hace algunos años construyó su vida en México. Vestía una camiseta amarilla impecable y llevaba una pequeña bandera colombiana atada a su espalda. Su sonrisa revelaba la emoción de quien sabe que está viviendo un momento especial.

A su lado caminaba su esposo mexicano, quien para la ocasión cambió los tradicionales colores verdes de la selección local por la camiseta de Colombia.

“Vivimos en Ciudad de México y estamos con la esperanza de conseguir una boleta”, contó Paola mientras observaba el movimiento de aficionados cerca del estadio.

Su esposo no tardó en intervenir. ”Ya soy mexicano y colombiano”, dijo entre risas.

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La respuesta provocó carcajadas entre quienes escuchaban la conversación.

Era una escena sencilla, pero representaba perfectamente lo que estaba ocurriendo en la ciudad: dos culturas encontrándose alrededor de un balón.

Como buenos aficionados, ambos también se atrevieron a pronosticar el resultado. Coincidieron sin dudarlo.

-Ganamos 2-0. ¿Los goleadores? -Luis Díaz, los dos.

La confianza era absoluta. Y no eran los únicos.

A lo largo del día se multiplicaban los vaticinios optimistas, alimentados por la ilusión de ver a Colombia iniciar con pie derecho su camino mundialista.

Un poco más adelante aparecía otra historia. José Lorenzo Gil, oriundo de Cota, Cundinamarca, caminaba acompañado por su esposa María Clara Cano y su hijo. Los tres avanzaban despacio mientras observaban el ambiente que rodeaba el escenario deportivo. El viaje había representado un esfuerzo importante. Meses de ahorro. Meses de planificación. Meses de sacrificios.

Parte importante de sus recursos terminó invertida en boletas, vuelos, hospedaje y alimentación. Sin embargo, al hablar de la experiencia, ni una sola palabra reflejaba arrepentimiento. Todo lo contrario. “Estamos felices. Es algo que queríamos vivir como familia”, explicó José Lorenzo.

Sus ojos recorrían la multitud mientras hablaba.

Parecía disfrutar cada detalle. Cada bandera. Cada canción. Cada encuentro con otros colombianos.

“Somos compatibles con los mexicanos y nos causa alegría estar acá compartiendo con ellos”, agregó.

María Clara asintió. Para ella, asistir al Mundial no fue una decisión improvisada. Fue un proyecto familiar. Una meta. Un sueño construido paso a paso.

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“Hace varios meses nos propusimos estar aquí y trabajamos para lograrlo”, contó.

Después habló de México con cariño. “Quiero mucho a los mexicanos por su música y por su gente querida”.

Y es que la conexión entre colombianos y mexicanos resultaba evidente en cada esquina. Los acentos se mezclaban. Los saludos iban y venían. Las fotografías conjuntas se multiplicaban.

Muchos mexicanos se acercaban simplemente para desear suerte.

Marea amarilla para empujar el sueño mundialista de Colombia se tomó a Ciudad de México

Otros confesaban que apoyarían a Colombia durante el torneo. La simpatía parecía mutua. Tal vez porque ambos pueblos comparten algo fundamental: una manera cálida y apasionada de vivir.

Mientras tanto, la presencia colombiana seguía creciendo. Llegaban aficionados desde distintas ciudades del país y desde diferentes lugares del mundo. Algunos viajaron directamente desde Colombia.

Otros aprovecharon que viven en Estados Unidos, Canadá o distintos países latinoamericanos para encontrarse en México. Todos tenían un mismo objetivo. Acompañar a la Tricolor. Incluso quienes no consiguieron entradas para el partido se negaban a considerar la experiencia como una derrota.

Para ellos, el Mundial va mucho más allá de ocupar una silla en el estadio. Se trata de compartir. De sentirse cerca de la Selección. De demostrarle al equipo que no está solo.

Por eso las calles se convirtieron en un escenario alternativo. Un estadio gigantesco sin paredes ni tribunas.

Un espacio donde cada colombiano podía aportar algo. Una canción. Un aplauso. Una bandera. Una palabra de aliento. Y la Selección sintió esa energía.

Cuando el autobús del equipo llegó al la sede del América de México, cercana al estadio tras la rueda de prensa oficial para la última sesión de entrenamiento antes del debut, las imágenes transmitían tranquilidad. A través de las ventanas podían verse rostros sonrientes. Jugadores relajados. Conversaciones animadas. Gestos de complicidad.

Durante la práctica ocurrió algo similar. Los futbolistas se mostraron unidos. Concentrados. Pero también felices. Con la confianza propia de un grupo que ha construido una identidad sólida.

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La sensación era la de una familia que entiende la responsabilidad que tiene entre manos, pero que también disfruta el privilegio de representar a su país en el escenario más importante del fútbol.

Esa unión quedó reflejada también en el impresionante banderazo realizado por los aficionados colombianos en el hotel de concentración.

Decenas de personas llegaron para cantar, ondear banderas y recordarles a los jugadores que detrás de cada convocatoria existe un país entero acompañándolos.

El ruido de los bombos. Los cánticos. Los aplausos. Todo se mezcló en una sola demostración de amor por la camiseta.

La confianza de Néstor Lorenzo

Néstor Lorenzo sabe que el país está con ellos. El entrenador reconoció durante la rueda de prensa que los futbolistas perciben permanentemente ese respaldo. Sin embargo, también explicó que el cuerpo técnico ha trabajado para mantener el foco competitivo. “Hemos evitado que se distraigan en la previa porque es un momento en el que necesitamos máxima concentración. El jugador colombiano se saca todo lo que tiene dentro del campo y se saca todo, pedirles más no se puede”.

Sus palabras reflejaban confianza. Pero también prudencia. Porque en el fútbol ya no existen los rivales sencillos. Y Colombia lo tiene claro. El rival de turno será Uzbekistán. Un equipo que llega con sus propias aspiraciones y que representa el tipo de desafío que puede complicar a cualquier selección si se le subestima. Por eso dentro del grupo no hay espacio para el exceso de confianza. Existe ilusión. Existe optimismo. Pero también respeto.

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