Hay días en que La Fonda de Toño tiene que decir que no. Las mesas están ocupadas, las reservas se acumulan y hasta algunas solicitudes de la Alcaldía o la Gobernación deben esperar. Para Alcira María Ramírez, esas escenas todavía tienen algo de sorpresa, porque hace dos décadas, el restaurante apenas era una idea que surgió cuando cerraron varios de los pocos lugares donde la gente podía salir a comer. Fue entonces cuando le propuso a su hermano Samuel montar uno. Ella trabajaba en el hospital como auxiliar administrativa y pensaba que, cuando se jubilara, tendría un lugar al que pudiera ir.
La oportunidad se materializó luego de la adquisición de una casa de tapia que terminaron derribando para construir desde cero. La Fonda de Toño comenzó en el primer piso y, unos años después, tuvo que mudarse temporalmente al segundo piso de otro restaurante mientras reunían recursos para levantar el espacio.
Durante estos 20 años, Yaneth Ramírez, otra de las hermanas, ha estado al frente de la fonda, pendiente de la cocina, del personal y de que cada detalle funcione. También es quien preserva la sazón que se convirtió en una de las insignias del lugar. A su lado, el trabajo se repartió entre varios integrantes de la familia: James se encarga de los proveedores y contratistas, mientras Alcira se ocupa de los pagos y la seguridad social. Así, un negocio que comenzó con dos empleados creció hasta reunir a un equipo integrado principalmente por mujeres.
El comienzo exigió paciencia. “En un negocio hay que tener mucha perseverancia y constancia”, dice Alcira. En los primeros meses los ingresos apenas alcanzaban para cubrir los gastos, pero ella tenía claro que no podía depender económicamente del restaurante. La organización y el trabajo constante lo llevaron a crecer.
Ese crecimiento trajo consigo otra responsabilidad para ella: cuidar de quienes hacen posible el funcionamiento del restaurante. Muchas de las mujeres que han pasado por La Fonda de Toño son madres y cabeza de hogar, una realidad que conoce de cerca y que la lleva a acompañarlas también en sus dificultades.
Algunos de los miembros de la familia han aprovechado las capacitaciones de la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia. Alcira reconoce el valor de estos espacios para los comerciantes y destaca que la entidad también funciona como una red para buscar orientación y no sentirse solos.
Después de 20 años, la mayor satisfacción para ella es que la fonda sea un referente. Hay clientes que la visitaban de niños con sus padres y ahora regresan con sus propios hijos. “Siempre hemos sido ese emblema del pueblo y esperamos seguir siéndolo”.
