Seis años, dos meses y 18 días han pasado desde que Juan Carlos Diosa Bolívar retornó al mundo de los vivos, después de estar a punto de encontrar la muerte por culpa del licor.
Mientras mira fijamente su reloj, que marca las diez de la mañana, intenta contabilizar también las horas transcurridas después de que recuperó la alegría y las ganas de salir adelante.
Las mismas sensaciones que lo motivaban en aquellos días en los que el arte, su mayor pasión, lo inspiraban a crear esas obras que captaban la atención de expertos y novatos.
Un luchador, así es este hombre, de 47 años, nacido en Madrid, Cundinamarca, pero paisa de corazón, que ha dedicado la mayor parte de su vida a la labor de escultor, una tarea que cumple desde su terruño, en el municipio de Caldas.
Nace una pasión
Cuenta Juan Carlos, que su interés por la escultura comenzó cuando tenía 21 años.
En aquella época, su padre, quien trabajaba haciendo moldes para cerámica, le enseñó las bases del oficio.
Su curiosidad se encargó del resto. Más adelante, empezó a hacer modelos de escultura, a los cuales imprimía su toque personal agregándoles nuevas formas.
Una afición que fue convirtiéndose en una verdadera profesión alrededor de la cual erigió gran parte de los sueños que, con el paso de los días, se convirtieron en una realidad.
"Siempre quise trabajar con el maestro Rodrigo Arenas Betancourt y lo logré. También hice obras en el Museo El Castillo", recordó con satisfacción. La misma que lo embarga cuando habla de su primera creación, un busto del futbolista Andrés Escobar, que años después, por razones que él mismo desconoce, tiró a la basura.
"Me quedó igualitico. Era una verraquera", comentó entre risas.
Una luz de esperanza
Tras obtener varios logros profesionales, que le auguraban una carrera exitosa, comenzó su verdadera pesadilla.
Deprimido por la muerte de su padre y por sus problemas personales, Juan se refugió en el licor.
Atrás habían quedado los días de gloria en los que el arte ocupaba el primer lugar en su vida.
La adicción al alcohol amenazaba con acabar con las pocas motivaciones que aún guardaba su alma.
En el centro de Caldas, en el parque Santander, desahogaba sus penas con aguardiente.
Y fue precisamente en una de sus borracheras que sufrió una caída a la que sobrevivió de milagro.
Después de varios días en el hospital, con la posibilidad de perder la movilidad y la lucidez mental, Juan se recuperó de forma repentina.
Su existencia tomó un nuevo rumbo, en el que el vicio no tenía cabida.
Una vez en sus cabales, la escultura se convirtió de nuevo en una prioridad.
Después de recrear la figura de su madre, la atención del artista se concentró en devolverle la identidad a la plaza principal de su municipio, en la que 1949, por causa de la violencia, fue destruido el busto de Francisco de Paula Santander.
Fueron días difíciles en los que buscó sin descanso el apoyo de diferentes entidades para poder llevar a cabo la obra, que comenzó en 2007 y que por fin pudo lucir en el parque principal el año pasado.
Ahora, cada vez que mira su creación, reconoce en ella su ideal de superación, aquel que alcanzó gracias al arte.
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