Vivir el presente porque es lo único que existe. Desprenderse del pasado muerto y no parar mientes en el vaporoso futuro. Sí, pero hay dos maneras de entender esta propuesta tan repetida con inocencia. Una es fetichizar el presente otorgándole poderío que no tiene. Otra, fecundarlo de significado.
Ya lo advierte Mijail Bajtin, teórico ruso del lenguaje: “lo que pertenece únicamente al presente se extingue con él”. Viéndolo bien, nada pertenece únicamente al presente. Es imposible hacer semejante abstracción.
Vuela la flecha, su ímpetu lleva consigo tensión de arco, precisión de cuerda. Todo en ella trepida por la urgencia de acertar al blanco. Si se modifican en un milímetro o segundo esas circunstancias, el acto volador se aturde.
¿En qué queda entonces esa entrega al vaivén de las olas, que pensadores contemporáneos exaltan con la palabra ‘deriva’? Este fluir espontáneo guarda motores y propósitos sutiles, desconocidos por el navegante pero no por ello inexistentes. Las variables premuras de la luna, por ejemplo, agitan surcos que escapan a la manipulación humana.
Sería inteligente entonces sumarse a las corrientes de la deriva para sacar provecho de sus incógnitos sentidos. Por eso el filósofo Séneca advertía que “no hay viento favorable para el que no sabe hacia dónde va”. Esta mínima conciencia de futuro es requisito, pues, para no desperdiciar la favorabilidad de las brisas.
El pasado pide reconocimiento y reverencia. Es preciso admitir los componentes antiguos de las fuerzas de hoy, para dar perspectiva y justicia a las fibras del músculo. Así se evita el engreimiento y se agradece el sudor antepasado.
El futuro representa lucidez frente a la naturaleza propia y al llamado que ella incluye hacia construcciones y solidaridades. Nadie enciende el porvenir sin el tizón pasional. Sueños, fantasía y deseo son sustancia de un presente que haya acomodado con corrección ansias de estrella.
Así opera el tiempo, no como corte transversal abrupto sino como espiral retroalimentado. Cada circuito retoma la cola de serpiente pero en plano superior, si es que el viajante ha apropiado su historia y visualiza un delirio.
Vivir el presente es un arte, no una irresponsabilidad. La existencia es sumatoria de presentes, pero no cualquier presente cuenta para el arqueo general.
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