Salvo los fantasmas, que se aparecen hasta en el chirriante ruido de la silla del vecino contra el piso, no queda más que un televisor que habla, pero no escucha. Porque aunque vivir solo sea el sueño fulgurante de la juventud, tiene lo bueno y lo no tanto.
La sociedad antioqueña se ha caracterizado por ser familiar. Hijos que permanecen en casa, sin afán. Y eso hace que no sean tantos los que opten por la soledad. Ahora bien, aunque no es la mayoría (un estudio realizado por Invamer Gallup indica que para diciembre de 2011, el 2 por ciento vive solo, frente al 37, que sigue con sus papás), los estudios cualitativos señalan que vivir solo es una tendencia contemporánea, sobre todo urbana, según explica Carlos Rojas, director de Pigmalión.
"No es que esté cambiando la tradición, sino que hay grupos dentro de la cultura que sí la están revaluando".
Las cifras de Invamer para el país, en ese mismo mes, muestran a un 4 por ciento viviendo solo y a un 52 con sus papás. Los cambios con meses anteriores sube o baja, en muy pequeños porcentajes. También en el país viven más hombres solos que mujeres: 5 por ciento y 2, respectivamente. Aunque ellos viven más con los papás: 61 por ciento, frente al 43 de ellas. El resto se reparte entre vivir con la pareja y los hijos.
Según Rojas, la cifra ha aumentado en los últimos diez años en Antioquia, teniendo en cuenta lo cualitativo. Y se van por condiciones distintas: los adultos jóvenes buscan autonomía. Hay casos de parejas separadas que quieren seguir su vida independiente. "Uno pensaría -agrega él - que la gente se va a vivir sola porque quiere, pero muchos lo hacen porque dependiendo de la época de la vida, les toca": una mamá viuda a la que se le casaron los hijos.
Los que más viven solos, según los datos, son los que están entre 30 y 39 años: 7 por ciento. Y comparten un 5 por ciento los que están entre 20 a 29 años y 40 a 49.
Con cabeza fría
Lo primero que pregunta la mamá, muchas veces, es "mijo, ¿qué le chocó?". Y no es aburrimiento, es autonomía.
Los estratos del 3 al 6 son los que más toman la decisión, porque al hacerlo, se incrementan los gastos. La encuesta muestra las cifras así: 6 por ciento para la alta y un 3 y 3 para la media y baja. Y aquí vale una diferencia, que indica el director de Pigmalión. No es lo mismo irse de la casa solo, que irse a compartir.
Andrés Delgado , un joven escritor, cuenta que "en gastos fijos se van más de millón doscientos. Para mi bolsillo es mucho. Gastos que podría dividir en caso de estar acompañado, pero los asumo porque estoy plenamente consciente de los beneficios: disfruto de la soledad y pago por ella".
Ya no está la mamá que merque ni que tenga lista la comida o la ropa planchada. Todo parte de la responsabilidad propia. Los derechos y, los deberes, vienen con esa tan querida: la independencia. "Vivir solo implica tener un objetivo y unas razones. Hay que prepararse para asumir responsabilidades y conocerse a sí mismo: qué sientes, qué piensas", expresa la psicóloga Carmela Ángel.
Hay que tener claro que se adquiere un compromiso que implica, añade la especialista, "saber que somos dueños de lo que hacemos. Hay que tener una estabilidad mínima".
Estabilidad emocional y económica. Irse sin depender de la plata de los papás, pese a que al principio pueda, por ejemplo, depender de su lavadora. "El primer apartamento que tuve era modesto. Las cosas se van consiguiendo. Rico empezar con todo, pero hay que esperar", dice Elsa Vásquez, quien lleva 17 años sola.
Los miedos existen. El de tener que dar un paso atrás. La soledad. Vivir solo tiene sus fantasmas, pero es de esos riesgos que sólo se entienden cuando se está frente a la nevera y no queda más que una arepa sin mantequilla. Y eso se disfruta.
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