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HISTÓRICO
Cuando Colombia halló su dorado
Wilson Díaz Sánchez | Publicado el 20 de noviembre de 2010
Después de brillar en el fútbol se hicieron entrenadores, empresarios, negociantes de la minería, trabajadores de la rama judicial y hasta pastores. Dos ya murieron.

Ese fue el destino de los 18 juveniles que en 1985 y bajo la dirección del profesor Luis Alfonso Marroquín encaminaron al balompié colombiano por la ruta del desarrollo, de los triunfos que se prolongaron por varias temporadas y de una identidad que ofreció cientos de alegrías, y de la que hoy queda poco, casi nada... sí recuerdos

Los que sobreviven tienen 45 años o un poco menos. En silencio y el anonimato celebran las bodas de plata (25 años) de su aparición, primero en el Suramericano de Paraguay y luego en el Mundial de la otrora Unión Soviética.

Mientras repasa un álbum con los recortes de prensa de la gesta y al que le puso el titulo de Historia de un sueño hecho realidad, Marroquín deja escapar una sonrisa pasajera y reflexiona: "recordar estos dos hechos me genera alegría y satisfacción, pero me lleno de tristeza al saber que no hemos continuado por el mismo sendero, no aprendimos de esa lección".

Las atajadas de René Higuita y Eduardo Niño; la seguridad de Álvaro Núnez y Jairo Ampudia en la defensa; el temple de Romeiro Hurtado en la mitad; la categoría de James Rodríguez con sus cobros de tiro libre; las gambetas de John Édison Castaño, a quien un piloto de un avión llamó el Maradona colombiano; y los goles de John Jairo Tréllez se quedaron por siempre entre los recuerdos de la afición.


Secretos del éxito
El surgimiento de esa exitosa generación no fue fruto del azar. Luis Alfonso Marroquín, que tuvo como compañeros de trabajo a los preparadores físicos Ricardo Lagoyette y Nelson Abadía -quien no fue al Mundial-, al asistente y preparador de arqueros Hugo Castaño, al médico Winston Tobón y al kinesiólogo y utilero José Montoya, admite que todo confluyó en un momento dado en la Juvenil.

Ellos recogieron un proceso de cuatro años que traían los seleccionados de Antioquia y que orientaba Ramiro Monsalve. Marroquín, que entre 1982 y 1983 había sido asistente de Caimán Sánchez en el equipo nacional de mayores y fue alumno de Carlos Alberto Parreira en el curso Fifa, tomó las riendas de la sub20 en remplazo de Jaime Silva y con una base de seis paisas armó el equipo que fue sensación en la Unión Soviética.

A la técnica innata de sus pupilos, que se foguearon en E.U. y México, le sumó modales y valores. Les enseñó a vestirse mejor, a sentarse adecuadamente y a valorar sus virtudes. Entrenaban a doble jornada y cada uno de los integrantes tenía un riguroso seguimiento deportivo y personal.

Tréllez, ahora dedicado a sus cabañas en Turbo y al manejo de jugadores jóvenes, señala que uno de los secretos para ser protagonistas en el primer Mundial juvenil al que Colombia asistió, "fue el convencimiento que nos metió Marroquín para enfrentar a los adversarios". Y agrega que, a partir de ese año Colombia, fue mirado con otros ojos. En el Mundial, además de ubicarse en un honroso octavo lugar, tras clasificar de tercero en el Suramericano, ganó el premio al Juego Limpio.

James Rodríguez, vinculado a las divisiones menores del Envigado y padre de la última contratación del Oporto de Portugal que lleva su mismo nombre, resalta la unión de ese grupo de embajadores. "Un equipo -añade James- que, a pesar de tanto tiempo, todavía recibe reconocimientos".

La Fifa, en el informe técnico que el estratega conserva como un tesoro, dejó consignados conceptos que fueron, son y serán motivo de orgullo: "la mayoría de los jugadores de Colombia poseía una técnica superior al promedio... Así, con sus regates sorprendentes y sus tretas eran peligrosos para cualquier contrario...".

Tanto en el Suramericano como en el Mundial, Colombia solo perdió con Brasil. Una demostración de la calidad que hoy se añora.