En los últimos días, se han puesto en boga percepciones y realidades sobre la confrontación armada de Colombia. Al respecto, han circulado cartas públicas dirigidas a comandantes de las fuerzas institucionales para expresar temor por las acciones delictivas de las Farc. En otras oportunidades, se ha rechazado una posición al no coincidir con la actitud de quienes se creen dueños de la verdad en cuanto al ámbito operacional, y hasta se ha insinuado no sacar bandera blanca a los terroristas. Muy bien, adhiero a la ola de las percepciones en seguridad, dando la mía bajo el soporte de la realidad, sin apasionamientos inútiles.
No creo que el mejor camino de coadyuvar a la seguridad sea atacar sistemáticamente las instituciones armadas y descalificar a sus comandantes de turno.
Ante los hechos violentos, el escrutinio nacional y la demanda de seguridad como derecho público es legítimo y necesario, y así lo entienden las Fuerzas Armadas, pero siempre y cuando la demanda de elevar los niveles de seguridad no implique descalificación personal y, menos, agresión a la honra e integridad moral de personas comprometidas con la seguridad de los colombianos.
Tampoco es conveniente mantener un retrovisor inamovible soportado en la añoranza de mejores viejos tiempos, desestimar la evolución y mutación de los actores violentos y, además, considerar la seguridad democrática como el único referente vitalicio que no puede ser ajustado para enfrentar con mayor efectividad los nuevos desafíos de una multicriminalidad dinámica, cambiante y creciente.
Percibo que las Farc de hoy no son las de 2002, y tampoco son más peligrosas que las anteriores. Más bien, las observo golpeadas, en declive, inmersas en una crisis estratégica insostenible, haciendo grandes esfuerzos de supervivencia, intentando una cohesión y un liderazgo cada vez más esquivo a Cano.
Permeadas por el narcotráfico y la corrupción, con 8.900 efectivos, casi el 50% de los que tenían en 2002, en una maniobra estratégica de defensiva activa, con acciones armadas y terroristas de orden táctico y con alto contenido mediático que elevan la voz de preocupados ciudadanos.
No las veo recuperadas ni ganando. Más bien, hablando de "conversar", aunque con el libreto fariano caguanero tan conocido por todos.
No pretendo soslayar cualquier acción que altere la tranquilidad ciudadana, ocasione muertes y daños colaterales. No se puede minimizar su gravedad pero tampoco, irnos al otro extremo y entonces, que cunda el pánico. Es claro que las Farc no están derrotadas ni en desbandada. Aún tienen un despliegue estratégico que les permite una beligerancia armada en algunas regiones del País y desde luego, capacidad de daño. Hay que estar con ojo avizor y la guardia en alto.
Con toda consideración, sugiero reflexionar profundamente sobre el momento actual del conflicto y hacer los ajustes a la estrategia de seguridad que propenda por una mayor efectividad en la neutralización o sometimiento de los violentos.
Con resultados tangibles se debe responder las demandas legítimas de seguridad y analizar sin presión transitiva alguna todas las alternativas, inclusive la posibilidad de una negociación política con las Farc y el Eln, en el marco de un diálogo serio, confiable y sin oportunismos políticos. No es claudicación, sino pragmatismo estratégico.
PAUSA UNO: Si es la hora de las definiciones, acompañemos entonces, al Gobierno Nacional, a nuestras Fuerzas Armadas y el Alto Mando Militar y Policial, con irrestricta fe en una causa noble que nos cabe a todos.
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