Se los llamaba el uribismo rural y el uribismo urbano. Ambos, por supuesto, apoyaron la Seguridad Democrática y para ambos el problema de Colombia son las Farc. Pero al uribismo urbano le importaba sobre todo acabar con los secuestros, regresar a sus fincas de recreo y que fluyera la inversión extranjera. Al uribismo rural en cambio le interesa consolidar sus latifundios y su control político, económico y social de las regiones "apartadas" -o no tan apartadas- del país.
Álvaro Uribe es hacendado de oficio y de mentalidad. Durante su gobierno, la coalición o el "bloque" en el poder estuvo dominado por el ala que podría llamarse "ganadera" o "regional": los más directamente amenazados por las Farc, los más duros y los más impacientes con las trabas del Estado de derecho. Después de tantos años de guerra y después del fracaso del Caguán, la clase alta acabó por delegar en los terratenientes la "solución" del problema guerrillero.
El presidente Juan Manuel es Santos. Tiene finca de recreo pero no es un finquero sino el dueño de un negocio bogotano. Su elección a la sombra de Uribe en realidad significa que el predominio en el bloque de poder pasó o está en proceso de pasar del ala rural al ala urbana del uribismo, es decir, a la clase alta más tradicional.
En casi toda América Latina o en Europa, la tensión principal de la política es entre los que tienen y los que no tienen: oposición y alternación entre una derecha pro-orden y una izquierda pro-cambio. Por eso algunos creen que en Colombia la oposición es el Polo, otros que tal vez los Verdes, y hasta se dijo que el Partido Liberal. Pero no: la existencia de la guerrilla aquí ha servido para demonizar las luchas populares y para que la izquierda no se pueda organizar ni logre despegar.
La política colombiana se debate entonces entre la derecha y la extrema derecha. Bajo el Frente Nacional y hasta Pastrana hijo, la "elite" tradicional dominó el bloque de poder, y la derecha dura estuvo en la segunda fila.
Fueron los años largos del "reformismo progresista", de la política de caballeros, de lo que yo llamaba "el mar de babas", porque los presidentes iban y venían sin hacer fu ni fa.
Pero esa fue la gran ruptura histórica de Uribe: el desespero y el odio general contra las Farc pusieron a la derecha dura en la primera fila del gobierno, y por fin un presidente hizo algo -pelear contra las Farc-, además de pelear con medio mundo por su supuesta complicidad con las Farc.
A Santos le bastó con no nombrar a nadie de la derecha dura. Le bastó sobre todo con dejar de insultar -a Chávez, a Piedad, a la Corte Suprema, a "la opinión internacional"- para tener lo que con cierto exceso de optimismo denomina la "unidad nacional". Era la parte fácil, porque insultar tiene costos a cambio de los cuales no hay ningún beneficio. Tampoco era difícil reunirse con Chávez o las Cortes, o designar ministros de nivel, o prometer que su gobierno creará muchos empleos. Luna de miel y amigos en la prensa, nada más.
Pero Santos ha ido más allá. La Ley de Tierras y el comienzo de las devoluciones que están pisando callos. La Ley de Víctimas que había hundido Uribe. La Ley de Seguridad Ciudadana, que no es contra las Farc. El Ministerio de Justicia para atender a los jueces. El proyecto de Regalías que sacaría plata de "regiones apartadas". Y con el PIN ni pío?
Es un proyecto de país distinto del de Uribe y contra el cual Uribe está empezando a hablar. Por debajo quizá se mueven otras aguas: Vargas cambiando la terna del Fiscal, las chuzadas e Incoder subiendo pierna arriba, Uribe intenta blindarse en Bogotá y en los pasillos del Congreso ya empieza a percibirse el forcejeo.
¿Será que Santos se la juega de verdad?
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