Este año, el Metro ha vivido sus dos primeras grandes parálisis en 18 años de existencia, ambas causadas por deslizamientos en la explanada que separa la línea férrea de las losas de contención del río Medellín. Lo delicado es que ese sistema de transporte masivo metropolitano es, hoy, sin discusión alguna, la médula del servicio público de pasajeros del Valle de Aburrá.
La consecuencia es sencilla y muy grave: si una o varias estaciones del Metro dejan de funcionar, de recoger y descargar pasajeros, el servicio de transporte público entra en caos, igual que la red vial contigua a las estaciones, donde debe reforzarse la afluencia de buses y taxis para aliviar esa demanda extraordinaria.
En este diario dialogamos ampliamente, hace un mes y medio, con directivos del Metro y del Área Metropolitana, entidades involucradas de manera directa en la superación de estas contingencias. No hay duda de la probidad y calidades profesionales de quienes están al frente de los dos organismos. Además de sensatos para aceptar las críticas y de poner la cara ante los medios y la ciudadanía, han actuado con diligencia para capear y superar las crisis.
Su actuación se relaciona con uno de los activos públicos más queridos e indispensables de la Medellín y la Antioquia contemporáneas: el Metro. A pesar de su corta historia, ese tren ya atraviesa el corazón y las necesidades de la amplia mayoría de nuestros ciudadanos. Si el Metro para, se altera de inmediato el circuito económico y de movilidad, y se afectan las rutas productivas y las rutinas sociales de millones de personas.
Hace poco más de un siglo, al río se le despojó de sus meandros, se le desecaron pantanos y ciénagas, se le cortaron curvas y remansos al cauce, y se le canalizó con losas de cemento en un trazado casi recto. La tarea se hizo bien y el encauzamiento aportó la funcionalidad requerida entonces. Pero esa obra ha sufrido el desgaste previsible en un área urbana con una ocupación de edificaciones y un tráfico vehicular de una densidad y un peso multiplicados, de ayer a hoy, en cientos de veces.
Esa pieza maestra que ya es el Metro bordea el río en el 70 por ciento de su trazado. Un estudio de la Universidad Nacional señala los puntos débiles, vulnerables e incluso críticos de las riberas. Pero están ocurriendo inusuales descargas de agua lluvia que rompen marcas de pluviosidad y que lanzan su fuerza contra aquella muralla desgastada. Caudales con partículas que semejan cizallas o hidrolavadoras, y desmoronan taludes en cuestión de horas.
La ciudad no se puede exponer más a emergencias de tal magnitud. Las pérdidas son millonarias y las afectaciones incontables. El Metro y el río Medellín se deben tratar como un conjunto. El primero está bastante expuesto a los fenómenos erosivos que se dan en el segundo. Es fundamental que no se les descuide un centímetro. O, de lo contrario, ya sabemos el tren de perjuicios que nos va a arrollar.
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