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El preso Carlos García Orjuela

02 de agosto de 2008
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Sigue el proceso de la parapolítica, en el que la Corte Suprema, que quiere arruinar el prestigio del Congreso, está aniquilando el suyo. Sobre el caso de Carlos García, presidente del Partido de la U y ex presidente del Congreso, estamos bien enterados. Por lo menos hasta donde se puede en una causa que se inicia, y en la que solo hay lo que a la Corte más le gusta: la espectacularidad y la humillación de una captura, que ya vale como castigo, como retaliación y como afrenta, y los testimonios consabidos, es decir, los de los bandidos. Como ya no los hay suficientes en dorados refugios extranjeros, como el de Pitirri, hay que bajar a los socavones de las cárceles. La de Picaleña suministró la materia prima de este proceso, compuesta por tres asesinos dispuestos a colaborar. Dicho en castellano, a recibir premios por mentir. Si la Corte pudiera pagar recompensas en dinero, lo haría. Como no lo tiene, paga a los falsarios en su moneda, beneficios en rebaja de penas, protección y quién sabe, si todo marcha a pedir de boca, cómoda ubicación en el exterior. Son tantas las ONG dispuestas a pagar estos servicios, que a lo mejor a los denunciantes les alcanza viaje al exterior. ¡Miren todos si no fue Goethe profundo sicólogo cuando denunció las afinidades electivas!

Localizados los candidatos, lo demás fue preparar el libreto. El encuentro del presidente de la U, entonces presidente del Congreso, con un paramilitar. Era necesario encontrar el jefe de criminales, condición imprescindible. No podía faltar el sitio de la reunión, claro está. Y alguna explicación sobre la llegada del artista y tal vez algo sobre sus acompañantes y la fecha. No era necesario revelar el contenido de la conversación. Porque tampoco se puede pedir todo a los testigos. Algo tiene que hacer la Corte, aquí dispuesta a colaborar con su especialidad, las inferencias lógicas. Si García se encontró con un cabecilla de asesinos, en un lugar del Tolima, en vísperas de elecciones, de allí se infiere que hablaría sobre cómo ganar esas elecciones, por supuesto a punta de fusil.

Con el lugar no anduvieron atinados los pupilos de la Corte. Porque se inventaron uno que no existe. No ha sido posible dar con una finca como la descrita por los maleantes. Agregaron quién era el propietario, para afirmar mejor su dicho. Y qué pena, esa persona, su familia y sus allegados, nunca han tenido un predio por esos contornos. Sobre la llegada no anduvieron mejor los presidiarios declarantes. Dos no reconocieron el helicóptero, y el que pudo identificarlo se embocó en una compañía que certificó que nunca un helicóptero suyo anduvo por los lados del cuento y menos arrendado al senador García. Aquello de la fecha, no lo tenían preciso, ni siquiera cercano. Vaya contrariedad. Y para colmo de males, los vecinos, qué desagrado, se olvidaba que una finca tiene vecinos, jamás vieron llegar al senador, tampoco helicóptero alguno, ni escoltas, ni bandidos. Ah, los escoltas. Otro detalle en el olvido. El presidente del Congreso tiene una pesada escolta, compuesta por policías, el jefe de alta graduación, y por agentes secretos. Todos han dicho que García no iba solo a ninguna parte y que jamás se lo habrían permitido. Para rematar, la contraparte de García en la charla no existe. Los de Picaleña escogieron un muerto, como era de esperar, pero que de vivo no dejó huella en ninguna parte. El muerto es más que un muerto. Es un fantasma.

El abogado de García, y su cliente, han encontrado una mina de oro. Nada menos que la agenda del presidente del Congreso, que contiene, día por día, los compromisos, los desplazamientos, los encuentros del personaje. Todo con testigos, obviamente harto mejores que los que la Corte usa. Por donde aparecerá que no le quedará a la patraña un día para acomodar relatos ni inventar infamias.

Aquí vamos. Y a propósito de confesiones, la nuestra es de malsana curiosidad. ¿Qué se inventará la Corte para mantener preso a Carlos García Orjuela?

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