El Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbás, ha terminado una gira relámpago por Centro y Suramérica, dentro del intenso lobby que viene haciendo para conseguir el apoyo necesario con el objetivo de que su país sea reconocido por la ONU como un Estado independiente y con plenos derechos.
De su paso por El Salvador, Colombia y Venezuela, tal vez era mucho más estratégico para Abbás su reunión con el Presidente Juan Manuel Santos, quien ya había fijado su posición en la Asamblea de Naciones Unidas: sí a un Estado Palestino, pero como resultado de un proceso de paz con Israel.
Ese pronunciamiento de Santos, sumado a las estrechas relaciones que mantiene Colombia con Israel en temas de seguridad y apoyo militar, se convirtieron en un reto adicional para Palestina, como quiera que nuestro país es actualmente uno de los 10 miembros no permanentes dentro del Consejo de Seguridad y su voto resulta decisivo para que Abbás, mínimo, consiga un triunfo político: que la ONU reconozca a Palestina como Estado Observador.
Para que así suceda, se necesitan 9 de los 15 votos en el Consejo de Seguridad. Colombia ha dicho que se abstendrá, mientras Estados Unidos ratificó que impondrá el veto, lo que hace imposible, por ahora, el reconocimiento pleno de Palestina como Estado.
Aún así, el ofrecimiento de Santos de tender puentes de diálogo entre Israel y Palestina es un paso importante, pues no deja de ser relevante que Netanyahu haya hablado con el mandatario colombiano antes de que éste se reuniera el pasado martes con Abbás, quien, de paso, le pidió a Santos insistir en la necesidad de volver a la mesa de negociaciones.
Colombia, pese a que puede ofrecer sus "buenos oficios" para acercar a las partes, está muy lejos de tener la llave que resuelva un conflicto tan complejo y lleno de dificultades como este entre israelíes y palestinos. Lo que sí es cierto es que Abbás ha puesto el tema en el radar de la comunidad internacional.
Y no sólo eso. El acuerdo logrado entre Israel y el movimiento fundamentalista Hamas para que el primero libere no menos de 1.000 presos palestinos a cambio de la entrega del soldado israelí, Gilat Shalit, en poder del grupo desde 2006, no puede verse como un hecho aislado, por fuera del papel que viene cumpliendo Abbás.
La razón: Hamas ha sido quizás el mayor escollo para que Israel decida negociar la paz con Palestina, pues lo acusa de ser un grupo terrorista y una amenaza para la seguridad de la región. Y al negociar con él, Netanyahu ha reconocido que tiene poder y lo considera un interlocutor válido.
Es decir, dos pasos fundamentales para reanudar las negociaciones y motivo suficiente para que ambos países acojan la propuesta presentada por el llamado Cuarteto (Estados Unidos, Rusia, la ONU y la UE) de reiniciar los diálogos dentro de un mes y suscribir un acuerdo de paz en un año.
Para entonces, ojalá Abbás no tenga que ir a la ONU como lo hizo Yasser Arafat, en 1974: con un olivo en una mano y un fusil en la otra. La comunidad internacional debe ayudar a que lo haga con dos olivos.
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