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ESAS CALAVERAS MIRONAS

  • ESAS CALAVERAS MIRONAS |
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17 de septiembre de 2013
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¿Cómo viven los muertos de Colombia, al lado de los sobrevivientes de las guerras de Colombia? ¿Acaso desaparecieron del todo los desaparecidos? ¿Pudieron motosierras, cilindros y balas de dotación expulsar a los muertos, no solo de sus tierras sino de la vida de masacradores, estadistas e incluso de gente de la calle?

La respuesta la entrevió hace 18 años un poeta tácito. Advirtió que esos cientos de miles de muertos habitan con todos, están infiltrados en la cotidianidad de los espejos, se arrugan entre pliegues de sábanas y manteles. Creyeron eliminar su estampa tasajeándolos, quemándolos, tirándolos al río embarazados de graves piedras. Sólo consiguieron agrandar sus presencias herméticas.

Escribió José Manuel Arango, el vate antioqueño aludido, un poema titulado "Hora", en el que un amante susurra al oído de ella: "Sí, tocarte. Pero todos esos muertos rondando. Sus sombras oscurecen los vanos de las puertas. Son una algarabía silenciosa".

Si tienen sombra, estos muertos son materia opuesta a la luz; si rondan y hacen bulla, será que guardan una protesta. "Te desnudas y ellos te miran -sigue la letra-, todas esas calaveras mironas. Te rodean, se apiñan en torno tuyo". Así que aquellas cavidades conservan lucidez y quizá malicia, en todo caso se inmiscuyen aun en lapsos de intimidad ahora transgredida.

"Alzo la mano para acariciarte -detalla Arango-. Y los muertos acuden, manotean sobre tus pechos. Pongo mi mano en tu cintura. Y ya, debajo de la mía, hay otra mano". Pavorosa la imagen del hueso frío que se adelanta al mimo y demuestra que tiene mayor velocidad el crimen que las ansias de la vida. Los acribillados mantienen fuerzas para manotear sobre lo primero que se pudre tras la muerte, los pechos femeninos.

Más adentro no habrían podido penetrar estos finados. Antes se decía como colmo que alguien aparecía ‘hasta en la sopa’. Pues bien, los violentados del último medio siglo se inmiscuyen sin pedir permiso en el destello incompartible del hombre cuando siembra vida sobre la entrega nocturna de su hembra.

"Tantos muertos -reclama el texto, en el cierre-. Y qué hacen aquí, quién los ha invitado". Cada colombiano ha de contestarse por esta invitación. ¿Quién nos sembró de muertos la vida? ¿Por qué no nos dejan hacer el amor sin rondas yertas? ¿Qué gran figura nacional sembró en tantos lechos tanta calavera mirona?.

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